Conoce al inmigrante mexicano que, cargado de sueños, fundó La Opinión

Noventa años después, el sueño y misión de Ignacio E. Lozano continúa vivo y expandiéndose

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Conoce al inmigrante mexicano que, cargado de sueños, fundó La Opinión
El busto de Ignacio E. Lozano es develado en el Parque de México en el año 2001.

Cruzó la frontera con México cargado de sueños, como tantos miles de inmigrantes.

Se asentó en San Antonio, Texas, con su madre y hermanas. Trabajó duro y ahorró. Cuando juntó $1,200, y a la tierna edad de 27 años, fundó en 1913 La Prensa, su primer periódico. Temiendo el eventual cierre de su diario en Texas por la caída de lectores, a los 40 años de edad, ese inmigrante mexicano fundó La Opinión en Los Angeles, el 16 de septiembre de 1926.

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Ese inmigrante mexicano fue Ignacio E. Lozano, y La Opinión fue la realización de un sueño, meticulosamente bosquejado y planeado “en libretas amarillas de papel”, como lo recordará su secretario personal, Horacio Martínez.

Fue un sueño con un arraigado sentido de misión: “servir los intereses de los lectores” y “defender las causas nobles de los mexicanos”.

Nació y creció como un periódico popular e independiente. Ese fue el sello de identidad de La Opinión y esa es su esencia: el sueño de un inmigrante mexicano con una profunda y sincera vocación y misión de servicio. Un sueño y una misión que, como antorcha, sigue vivo y vigente, gracias a las generaciones familiares de este inmigrante.

En sus primeras etapas, así lucían los ejemplares de La Opinión.
En sus primeras etapas, así lucían los ejemplares de La Opinión.

El fundador estableció y sentó cimientos profundos de su nueva empresa con la realización de un periodismo informativo y de servicio de primer orden. Su equipo editorial fue fuerte. Sus colaboradores fueron la crema y nata de la intelectualidad mexicana de la época. Su éxito fue rápido, pero pronto se topó con los bruscos vaivenes económicos que llegaron a finales de 1920 y 1930 —la Gran Depresión, cuyos violentos zarandeos hundieron a miles de negocios en el país.

Lozano se vio obligado a vender bienes; solicitó préstamos a amigos acaudalados; pidió paciencia a sus empleados con el retraso en el pago de sus sueldos; hizo a un lado su anhelado viaje a Europa, paseo que nunca llegó a tomar, para salvar a sus periódicos de las garras de la depresión económica. Y así, lo logró.

Ambos diarios sobrevivieron ese histórico estrujón económico que marca un capítulo negro en la historia del país más rico del mundo.

Tras su fallecimiento en 1953, Ignacio E. Lozano Jr., hijo del fundador, tomó las riendas de La Opinión, transformándolo en un periódico local, preocupado no tanto por lo que ocurre en México, sino por lo que pasa en Los Angeles y en el resto del país. Enfrentó las crisis propias por las que atraviesa la industria periodística de la época, como el advenimiento del offset y otras tecnologías modernas para hacer periódicos. Había que sacar los linotipos y las calderas de fundición de plomo de los talleres y reemplazarlos con computadoras e impresoras. Pero lo más difícil de reemplazar fueron los linotipistas con jóvenes “perforadoras” de cintas en las que se codificaban los artículos del periódico para su ulterior impresión.

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(Foto: Archivo/La Opinión)

Muchos periódicos cerraron sus puertas debido a la crisis suscitada por la llegada del offset. El diario angelino sobrevivió y el abanderado del sueño en turno llevó a éste a los centros de poder corporativo, al igual que a las esferas gubernamentales de este país. El señor Lozano fue embajador de Estados Unidos en El Salvador y miembro de la mesa de directores de compañías como Bank of America, Pacific Light, Disney Co. y otras. Y a través de la Sociedad Interamericana de Prensa, asociación de la que fue presidente, veló y defendió la libertad de expresión en el continente.

En 1977, la tercera generación de la familia Lozano comenzó a entrar en escena con fuerza, con la participación de Leticia E. Lozano y su hermano José. Ambos recomendaron la compra de una moderna prensa de la marca Goss, para substituir a “la milagrosa”, como llamaban los prensistas de la época a la vieja prensa, “porque era una pila de fierros viejos que milagrosamente imprimía diariamente La Opinión”. El cambio fue obvio y aparente en la impresión del periódico: más limpio, más claro, más moderno.

Leticia ingresó en 1982 la computadora en la sala de redacción, substituyendo las viejas máquinas de escribir por modernas computadoras. Se registró otro cambio en la impresión del diario. En 1985, Leticia fue nombrada editora, convirtiéndose así en la segunda mujer en ocupar ese puesto en un gran diario en Estados Unidos.

En 1986, José tomó las riendas de La Opinión, convirtiéndose en el director general de un diario más joven en el país y pusó al periódico al servicio de toda la comunidad latina, no sólo la mexicana, propiciando un enorme aumento en la circulación y su consecuente crecimiento publicitario, que le ofreció las bases para crear más secciones en el diario.

En esa misma época, se integró Mónica, quien colaboró con su hermano en la conducción del diario, y se involucró en un sinnúmero de organizaciones comunitarias y, al igual que su padre, eventualmente llevó al diario a las altas esferas corporativas y diferentes círculos gubernamentales y políticos del país. El menor de la tercera generación Lozano, Francisco, incursionó en la venta de publicidad y en la búsqueda de más recursos económicos para la solidificación y crecimiento de la empresa.

Y es de esta forma que el sueño y misión de un inmigrante mexicano continúa vivo y expandiéndose a través del trabajo de las generaciones de la familia Lozano y sus nuevos directivos.

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