¿Dónde están los niños genios de México?

Conoce a algunos jóvenes que han ganado olimpiadas del conocimiento

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¿Dónde están los niños genios de México?
Alef Pineda en la Facultad de Ciencias de la UNAM.
Foto: Gardenia Mendoza

MÉXICO –  Nada extraordinario asoma a primera vista entre los bulliciosos pasillos de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México más allá de una peculiar multitud vestida de manera informal con zapatos deportivos, mezclilla y chamarras oscuras que habla de números, algoritmos y cálculos diferenciados.

Al fondo, en un pequeño salón, cinco muchachos que no llegan a los 20 años -o apenas los rebasan- cocinan la prueba de la próxima Olimpiada Nacional de Matemáticas (ONM) del país. Todos son voluntarios y tienen uno o dos estudios de posgrado. Todos son cerebros de las ciencias exactas y todos quieren lo mismo: encontrar a los genios del país del futuro, los cerebros que sacarán a México del tercer mundo.

Otros Mario Molina que le den al país más premios Nobel de Química, de Medicina, de Física, de Biología…

No es tarea fácil. Se calcula que en México hay alrededor de un millón de jóvenes sobredotados (como se le dice ahora a los niños genio) y sólo se sabe dónde está el cinco por ciento: alrededor de 50,000.

Jóvenes diseñan la prueba de la Olimpiada Nacional de Matemáticas.
Jóvenes diseñan la prueba de la Olimpiada Nacional de Matemáticas.

Rogelio Valdéz, presidente de la ONM, quien encabeza al grupo de jóvenes, cree que este ejercicio que se hace anualmente en el país desde hace 30 años es una catapulta de las ciencias pero hace falta mucho esfuerzo, voluntad social y política.

“La Olimpiada ya está dando frutos: las recientes generaciones se interesan más por la ciencia (la facultad está llena hasta el tope) pero hace falta mucho más”, precisa.

“Debería ser un ejercicio que se aplique de manera general en todas las escuelas desde nivel primaria porque hasta ahora sólo participan en la ONM quienes quieren inscribirse una vez que sale la convocatoria”.

Aún así actualmente los mexicanos que van a las Olimpiadas Internacionales de Matemáticas se encuentran entre los 20 mejores países del mundo con picos victoriosos muy alentadores: en 2013, por ejemplo, le ganaron a todos los europeos, excepto a Inglaterra, y en algunas competencias ya superaron  a Japón y otros asiáticos que dominan el campo.

Dafne Almazán, en las instalaciones de Cedat
Dafne Almazán, en las instalaciones de Cedat

“Ahora estamos al nivel de Francia y Alemania”, detalla.

Esto implica que a los mexicanos los engancharon las ciencias y con un poco de método el número se puede multiplicar como ya se ve en las aulas universitarias.

Alef Pineda

A sus 17 años, este joven estudiante de preparatoria es un veterano de las Olimpiadas de Matemáticas con varias medallas de plata y bronce en Europa, Latinoamérica y Asia. Con toda la experiencia, aún se emociona cada vez que se acerca la prueba que le permitirá convivir con otros jóvenes como él durante una semana en que se preparan.

“Pasamos ocho horas resolviendo problemas matemáticos que posteriormente resolverán cualquier problema en la vida”, dice.

Al intentar explicar de qué sirven las matemáticas, Alef se apoya en la relación con su padre José Alfredo, un ingeniero electrónico con maestría en robótica. “Por ejemplo: yo podría diseñar el algoritmo detrás de cada movimiento de un robot que él diseñe”.

Al fondo, Alexa Donadiev y Fernando Aldana juegan en el patio de su escuela en Cedat.
Al fondo, Alexa Donadiev y Fernando Aldana juegan en el patio de su escuela en Cedat.

El interés por los números que hoy tiene este muchacho oriundo de la capital mexicana tomó rumbo cuando su madre leyó en una revista sobre la Olimpiada y lo inscribió. “Me cambió la vida porque ahí vi que hay más de una forma de resolver los problemas y si no me hubiera gustado tanto no sé que hubiera querido estudiar, pero hoy no tengo dudas”.

NIÑOS SUPERDOTADOS

Desde otra trinchera que arrancó en 2010 con el no gubernamental Centro de Atención al Talento (Cedat), Andrew Almazán hace  su propio esfuerzo por detectar a niños sobredotados en el país aunque con otro estilo: a través de pruebas que revelan un coeficiente intelectual arriba de 130 y a partir de características previamente detectadas.

Un niño genio –precisa la Organización Mundial de la Salud- generalmente es hiperactivo, distraído, gusta de conversar con gente mayor que él, es muy sensible emocionalmente, le interesan nuevos conocimientos, convence a otros para que trabajen con él, es arriesgado y especulativo y se aburre en un tema.

Al fondo, de azul claro, Rogeio Valdez, presidente de la Olimipiada Nacional de Matemáticas con uno de sus estudiantes
Al fondo, de azul claro, Rogeio Valdez, presidente de la Olimipiada Nacional de Matemáticas con uno de sus estudiantes

“Hasta ahora hemos detectado 2,500 casos, pero aún dependemos de que los padres o profesores los remitan con nosotros: lo ideal sería que se aplicaran pruebas científicas en todas las escuelas del país”, comenta.

“Una vez que los detectamos les ofrecemos que se inscriban de tiempo completo en Cedat (como unos 300 inscritos actualmente) para que convivan con otros niños igual que ellos, no sufran bulliyng y avancen a su ritmo o que vayan a escuelas regulares y aquí por las tardes o el fin de semana”.

Andrew fundó el Centro de Atención al Talento a partir de su propia experiencia: cuando era niño le diagnosticaron hiperactividad y los médicos ordenaron medicarlo para controlarlo. Por suerte, sus padres no hicieron caso y buscaron opciones para que pudiera adelantar materias. Hoy, con 22 años, es médico cirujano, maestro en psicología, doctor en educación especial con certificación en Harvard.

“Tenemos que quitar muchos prejuicios para poder encontrar a todos los talentos en México”, dice.

El primer prejuicio es el estereotipo: los niños genio no son los chicos de lentes ni los ratones de biblioteca. El segundo es la manera de detectarlos: debe ser a través de pruebas científicas no a ojo de buen cubero de los profesores que muchas veces enviaban al más popular de la escuela a hacer la prueba. El tercero es el erróneo apoyo gubernamental: debe quitar trabas burocráticas para que los niños genio avancen sus estudios estén donde estén.

Andrew Almazán, fundador de Cedat.
Andrew Almazán, fundador de Cedat.

Maestra a los 15

Dafne Almazán apenas va a cumplir 15 años y nunca ha tenido novio por convicción. “Cuando tenga una relación va a ser para casarme y para toda la vida”, dice con la seguridad de quien ha tenido otras prioridades como aprovechar su alto coeficiente intelectual que ya le dio una maestría en educación por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey.

“Siempre he estudiado en casa y en Cedat o de manera semipresencial: nunca he añorado el sistema tradicional porque he tenido amigos de mi edad igual que yo y he podido lograr mis objetivos más rápido”.

Sus objetivos –dice- es lograr que los talentos jóvenes que salen a estudiar al extranjero (como ella) vuelvan a México a verter y aplicar lo aprendido. “¿De qué otra forma vamos a ser mejores?”.

Las promesas

Alexa Donadiev y Fernando Aldana, de nueve y 10 años respectivamente, están a un paso de cursar la secundaria de tiempo completo como dos promesas de niño superdotados detectados por el Cedat. Ninguno de los dos se sentía a gusto en sus escuelas: eran simplemente “los incomprendidos”.

A Aldana, sus compañeros no lo querían porque siempre quería responder y a la maestra también le fastidiaba. “Siempre le daba la palabra a otros niños que no eran serios, que respondían cosas falsas”, dice el pequeño todavía con aire de indignación en un pulcro lenguaje mientras piensa en ser médico. “Un médico joven”, dice antes de salir a corretear al patio donde juega igual que todos los niños: con su imaginación.

Donadiev imagina que está en una máquina del tiempo, dice. Lejos de aquella maestra de su vieja escuela que la ponía arreglar el salón cuando terminaba pronto porque su capacidad intelectual daba para más: para estudiar robótica, chino, fracés, mandarín como ahora lo hace en tanto define si quiere ser dentista como su mamá. O algo más.

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