Voto libre

Mi voto no lo amañó nadie ni nadie me presionó. Fui libre de votar por quien quise.

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Voto libre
Foto: Getty Images

Esta semana voté en uno de los centros abiertos para votación anticipada, cerca de mi casa. Adentro del recinto, el ambiente era sobrio, y la única publicidad que había era la que animaba a las personas a votar. El procedimiento fue ordenado y tranquilo; presenté mi identificación, comprobaron, y corroboré, que era yo; me entregaron mi papeleta, la llené y la deposité. En total me tardó no más de veinte minutos cumplir con aquello por lo que tantos han luchado y entregado la vida: la democracia.

Me recordó cuando visité Berlín y atravesé por primera vez la Puerta de Bradenburgo. O cuando, caminando por la ciudad, me topaba con la línea de adoquines que dejaron como huella del lugar por dónde atravesaba el muro. “Un paso”, me decía. Lo que para otros fue motivo de lágrimas eternas, dolor infinito y sufrimiento sin límites, ahora tan solo costaba alzar un pie, pisar del otro lado, y alzar el otro.

Quizá para las nuevas generaciones nacidas en países democráticos, que visiten esa increíble ciudad, aquellos adoquines les parezcan curiosos. De vez en cuando tal vez se topen con un trozo de muro repleto de grafitis de los que dejaron en pequeñísimos tramos, y se pregunten de qué se trata, o tal vez recuerden que en su clase de historia algún profesor les habló del Muro de Berlín. Pero quizá no se imaginen lo que en realidad significó ese monstruo gris en todo su contexto, así como tampoco sabrán lo que significa la opresión, vivir en sistemas que imponen a los dirigentes, que censuran, y hacen todo aquello que es antónimo y va en contravía de la libertad.

Yo tampoco tengo tantos años como para haber vivido cuando, incluso en occidente, votar fue un privilegio de pocos, y más bien lo sé por mis lecturas, o por la clase de historia. Uno de mis hijos, que me acompañó a votar, espero, lo sabrá aún menos que yo. Y digo espero, porque nunca me había parecido tan frágil el sistema democrático como ahora, cuando uno de los candidatos (con reales posibilidades) a la presidencia de los Estados Unidos, dice que solo aceptará los resultados de la elección, si es él quien gana. Un megalómano maniaco que le parece que la única forma de que pierda es haciéndole trampa, puede ser presidente de esta gran nación, cuya democracia es ejemplo del mundo.

¿Ustedes lo han pensado? ¿Han pensado en el favor que ese idiota le está haciendo a los de la calaña de Putin o Maduro, y todos los tiranos que se montan hoy en el poder fingiendo ser ganadores de unas falsas elecciones? “¿Y qué nos va a exigir USA?”, dirán, “si ellos también amañan sus elecciones?”.

Porque lo dijo Donald. Porque lo aseguró Trump. No es de extrañar que sea precisamente ese candidato, el que mencione un muro en sus discursos.

Ya hay casos de condados que están pensando en cerrar las escuelas el día de la elección, por miedo a que haya manifestaciones violentas en caso de que, como hasta ahora predicen todas las encuestas, pierda el candidato republicano. Con que solo lo estén pensando, yo sí les puedo asegurar quién perdió: el país.

Pues aquí lo digo: como ciudadano de los Estados Unidos, esta semana voté para presidente por quien me parece que representa el ejemplo de superación que reivindica para sí esta nación, tiene el temperamento, y sé que será una gran presidenta: Hillary Clinton.

Mi voto no lo amañó nadie ni nadie me presionó. Fui libre de votar por quien quise.

Así que réstate uno, Donald.

Pedro Caviedes es escritor y columnista. Publica una columna semanal de temas políticos y sociales en El Nuevo Herald, colabora con el portal de noticias de Latinoamérica Infobae, el diario El País en su edición para las Américas, la revista literaria Suburbano, El Universal de Cartagena y Voces del Huffington Post.

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