Un pueblo de repatriados intenta rehacer su vida en México

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Un pueblo de repatriados intenta rehacer su vida en México
Manuel Alejandro Ortíz y la familia que formó en Las Vueltas
Foto: Gardenia Mendoza

LAS VUELTAS, México – Durante décadas, los muchachos de esta comunidad ubicada en las faldas del Nevado de Toluca sólo pensaban en terminar la secundaria para irse a Estados Unidos. No era meramente una necesidad económica, sino social, un símbolo de emprendedurismo, gallardía, aventura e inercia que poco a poco vació el lugar hasta convertirlo casi en pueblo fantasma.

El 80% de su población estaba en el extranjero, en Pensilvania, Illinois, Indiana, Florida, Delawere, Texas: unos 1,500 se fueron y unos 300 se quedaron aproximadamente, según documentó un estudio de la Universidad Autónoma del Estado de México. 

“Uno pensaba que si todos se iban era por algo bueno y que uno no se podía quedar atrás”, cuenta Manuel Alejandro Ortiz, un comerciante de abarrotes que retornó para casarse y ya no volvió a Woodstock, Illinois.

“Ya no me quise ir porque  me di cuenta cómo estábamos abandonado las casas y las tierras para pasar a chingar todo aquí dejándolo abandonado”.

Manuel camina en las afueras de su casa ubicada a unos pasos de la iglesia de la Santa Cruz recientemente remodelada con recursos de los migrantes y desde donde se mira el paisaje enmarcado en un cielo de colores morados, naranjas y azules.

Lucía Arias, esposa de ex migrante. Foto Gardenia Mendoza
Lucía Arias, esposa de ex migrante. Foto Gardenia Mendoza

“El único problema es que aquí nada es fácil: no es como en Estados Unidos que ya todo está hecho y ganas bien. Aquí hay que pensar mucho para hacer dinero”.

Su padre le dio una lección sobre cómo se hace una patria: con esfuerzo.

Así, mientras Manuel conocía y se divertía en Illinois, el progenitor trabajó sus tierras en Las Vueltas, municipio de Coatepec Harinas. Compró un tractor, varias camionetas, sembró chícharos, habas, maíz, frijol, aguacate, jitomate y cuando llegó la fiebre de los invernaderos en la zona construyó tres, los mismos que aún conserva y le da de comer a él y a una docena de familias.

Manuel observó esta mejoría en los últimos 10 años desde que regresó: tienen escuelas hasta bachillerato, hospital, drenaje, agua potable. Él es uno de los pocos que retorno por cuenta propia: a la mayoría de los volterenses los han deportado y han tenido que readaptarse como pueden a la vida del campo mexicano donde cualquier decisión del gobierno termina golpeando su vida.

En los últimos meses, por ejemplo, los tiene martirizados el incremento de la gasolina. Si el combustible sube, incrementa el abono, los fertilizantes, los herbicidas, el aceite, el azúcar, el arroz.

También les preocupa que no haya medicamentos ni equipo en el hospital local. “Tardamos muchos años en que quisieran construirlo y ahora la doctora no puede trabajar porque no tiene lo necesario para trabajar”, repiten los pobladores en una queja constante que los remite a recordar (y comparar) su vida en la Unión Americana.

“Esto no pasaba allá: allá siempre nos atendían si íbamos al médico”, dice Catalina Carvajal, de 29 años, mientras tiende su puesto de chicharrones frente al quiosco y sin reparar que en Delawere, donde ella vivió 14 años, tampoco podría ser vendedora ambulante como ninguna de las cuatro mujeres que todas las tardes hacen vendimia en el lugar porque no les gusta trabajar en los invernaderos.

Lo cierto es que ganan lo mismo: 150 pesos al día (alrededor de 10 dólares) sea en trabajo agrícola, en el ambulantaje o como trabajador municipal.

Haciendo sumas y restas Carvajal echa de menos “el dinero abundante” que su esposo ganaba construyendo “yardas”, pero a él lo repatriaron y hoy tiene que arreglárselas como peón de los agricultores locales que venden su mercancía en las centrales de abasto de Toluca y la Ciudad de México. “Allá me podía comprar buena ropa”, dice.

  • Ya no te quejes- la interrumpe Gabriela García, quien también vivió en Chicago y no echa de menos nada. “Allá también se la pasa uno trabajando para pagar la renta y el carro y se la pasa uno encerrado, aburrido. Es mejor aquí: gastas menos y estás con la familia”.

Unas calles arriba de la iglesia, Lucía Arias regresa del trabajo como limpiadora del municipio. Lleva unos jitomates en la mano que cocinará con garbanzos para la cena que esta noche no incluirá carne. La madre de familia quiere ahorrar para cambiar de actividad y ganar más de los 10 dólares diarios con los que hoy cuenta diarios.

“Voy a poner un restaurancito”, asegura muy confiada en que Las Vueltas nuevamente se está poblando con los migrantes retornados y las nuevas generaciones de niño que pasan por su lado retozando de la libertad de vivir en una aldea pequeña donde todos se conocen.

Desde que su marido regresó de Estados en 2011 y murió de un tumor maligno ella se ha hecho cargo de la manutención de sus hijos. “La verdad es que tampoco logramos tanto cuando él se fue allá: la casa ya la teníamos y sólo compramos los muebles”.

Lucía cree más en la familia UNIDA y para ella está bien que los inmigrantes que se fueron y dejaron  a la esposa y los niños ahora estén de vuelta.

“Aquí nadie se muere de hambre: ni siquiera una viuda como yo: mire, ¿para qué me voy a ir?”

Un hombre pasa en un Volkswagen a marcha lenta. Es Fernando Tapia, un ingeniero agrónomo de 23 años recién graduado. Viene buscando trabajadores para sus huertos en el poblado vecino de Chiltepec. “Necesitamos algunos”, habla en plural porque es parte del equipo familiar. “Sabemos que ya no se van tanto para Estados Unidos y por eso vine: también tenemos trabajo”.

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