La increíble experiencia de la mujer que se salvó de un tsunami… buceando

Faye Wachs estaba en Tailandia en 2004 cuando ocurrió el fenómeno natural que causó 230 mil muertes

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La increíble experiencia de la mujer que se salvó de un tsunami… buceando
Faye Wachs se salvó porque al momento del impacto del tsunami, estaba buceando.
Foto: LA NACION

Faye Wachs tenía 34 años cuando se encontraba en Ko Phi Phi, Tailandia, y el tsunami golpeó la isla. En ese instante, ella buceaba junto con su ahora exmarido, Eugene Kim. La ola les pasó, literalmente, “por arriba”. Y fue justamente eso lo que hizo que ambos se salvaran.

Fue un momento “aterrador”, según sus propias palabras, ya que fue súbitamente empujada hacia las profundidades por la inmensa masa de agua que se desplazó tras el sismo de 9.1 grados en la escala de Richter.

Wachs, norteamericana, profesora de Sociología en la Universidad California State Polytechnic, en Pomona, tiene ahora 45 años, se divorció y volvió a casar. Asegura que muchas de las terribles imágenes de destrucción que vio entonces, con cientos de muertos, escenarios de tierra arrasada a cada paso y el dolor de familias despedazadas, la acompañarán por siempre, y que a partir de lo vivido ese fin de año de 2004 considera que cada día “es un regalo”. No es para menos: el terremoto y posterior tsunami dejaron 230 mil víctimas fatales en 14 países. Y ella puede contarlo. Como ahora.

Mucha gente que salva su vida en una catástrofe natural devastadora siente un constante remordimiento, preguntándose porqué la suerte les tocó a ellos y no a otros. ¿Sentiste en algún momento lo que se llama “culpa del sobreviviente”?

-Curiosamente no. Fui directo a terapia porque habíamos visto algunas cosas muy schockeantes, y la psicóloga me comentó que yo estaba reaccionando mejor que otros porque conscientemente desvié mis ojos de la experiencia de la muerte y porque yo veía que la mayor parte de lo que me sucedió luego, como las pesadillas o los flashbacks, como algo normal, con lo que tenía que lidiar, en lugar de preguntarme: ¿por qué me sucedió esto a mí? En realidad lo que me siento es afortunada. Y ahora, cuando sucede algo malo, me recuerdo a mí misma la suerte que tuve. Desde entonces, todos los días son un regalo.

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Faye Wachs estaba con su marido en Ko Phi Phi, Tailandia cuando el tsunami golpeó la isla. LA NACION

¿Compartiste en algún momento experiencias con otros sobrevivientes del tsunami o de otras catástrofes?

-Sí, y es muy importante, porque me recuerdan precisamente eso, el valor de la compasión y de rechazar toda guerra. Siempre he sido un poco pacifista, pero la idea de que este tipo de muerte y destrucción puede ser intencional ahora me enferma.

Faye viajó a Tailandia de vacaciones y para festejar su cumpleaños, que es el 29 de diciembre. Con Eugene visitaron Bangkok, Chang Mai y el Triángulo Dorado. Parte de la diversión era también bucear. A pesar de no ser súper experimentados, ya habían hecho entre cuatro y ocho inmersiones anuales desde 1999, año en que recibieron su certificación. Como la isla de Ko Phi Phi es un punto muy atractivo para esa actividad, planearon aprovecharlo. “Llegamos el día anterior, nos sumergimos esa misma tarde y fue una de las experiencia más maravillosas que he vivido”, recuerda.

¿A qué profundidad estaban cuando golpeó el tsunami?

-Estábamos a 18 metros, recorriendo con mi marido los restos de un naufragio.

¿Qué sentiste en ese momento?

-En realidad no nos dimos cuenta de lo que pasaba, justamente por la profundidad en la que buceábamos, y lo alejados que estábamos de la costa, más de 13 kilómetros. Al principio el agua se puso blanca por la arena que se sacude, y la visibilidad se reduce rápidamente a cero. En ese punto el instructor me tomó del brazo e hizo la seña de ascenso de emergencia. Comenzamos a hacerlo, pero cuando miramos nuestros indicadores de presión nos dimos cuenta que en realidad aún estábamos descendiendo. Caímos unos 60 metros más, lo que fue aterrador. Luego la situación comenzó a calmarse y por fin comenzamos a subir. Cuando llegamos a la superficie estábamos a unos 500 metros de donde nos habíamos zambullido. Mi marido pudo agarrarse a una cadena que colgaba del barco naufragado que estábamos explorando y eso hizo que fuera rescatado primero por la gente de nuestro bote. Alrededor nuestro había muchos botes y muchos buceadores.

“Caímos unos 60 metros más, lo que fue aterrador.”

¿En algún momento dudaste que podrías subir?

-Cuando estábamos dentro de la ola era imposible. Inflamos completamente nuestros dispositivos BCD, de control de flotabilidad, algo que normalmente nunca se hace bajo el agua, y aún así seguíamos bajando…  ya estábamos preparados para dejar caer los cinturones de peso cuando el torbellino pasó y pudimos ascender.

¿Qué viste cuando llegaste a la superficie?

-Aún no teníamos idea de lo que había pasado, así que fuimos a otro lugar para hacer otra inmersión, pero notamos que algo claramente estaba mal. Los peces habían enloquecido. Los que usualmente no se desplazan en cardumen lo estaban haciendo, en grupos apretados y actuando de una manera extraña. Entonces decidimos regresar a la isla. Vimos una gran cantidad de objetos extrañísimos flotando en el agua. Al principio parecía sólo basura, pero luego aparecieron televisores, armarios, fuentes con alimentos aún encima, valijas. estábamos anonadados, y nuestro primer pensamiento fue que un crucero de gran envergadura se había hundido cerca. Tratamos de comunicarnos por radio, celular o mensajes de texto, pero la mayoría de los lugares a donde llamábamos habían desaparecido. Finalmente, el otro buceador de nuestro grupo, que integraban además dos instructores, se pudo comunicar con su esposa, que había alcanzado el punto más alto de la isla en ese momento. Su primer SMS decía “catástrofe”, y el segundo,”tsunami”.

Wachs todavía recuerda con dolor las escenas de horror que dejó el tsunami. Foto: LA NACION
Wachs todavía recuerda con dolor las escenas de horror que dejó el tsunami. Foto: LA NACION

¿Qué hicieron entonces?

-Nos dirigimos a la costa lo más rápidamente posible. A medida que nos acercábamos pudimos ver cadáveres y más objetos en el agua. Empezamos a atar cadáveres detrás de nuestro bote, porque los tailandeses no permiten subirlos a bordo. Fue una escena terrible, macabra, ver a los botes arrastrar a los cuerpos hacia la orilla.

¿Cuál era la situación en la isla?

– La isla parecía haber sido arrasada por un bombardeo. Sólo dos edificios bastante grandes permanecieron en pie. Había basura por todos lados. Vimos helicópteros de rescate que se dirigían hacia una zona y fuimos hasta allí para ofrecer nuestra ayuda. Pasamos las 36 horas siguientes tratando de rescatar gente y llevarla a ese sitio, para que pudieran ser evacuadas por aire. En cuanto a lo que vimos. es difícil de explicar. Recuerdo imágenes, como instantáneas: un bote dado vuelta sobre una palmera, nueve metros encima de nuestras cabezas; un herido grave que llevamos con una puerta que usamos de camilla y que nos dijo, mientras caían escombros alrededor nuestro, que había visto morir a su novia. Me veo a mí misma abriendo paso para que pudieran llevar a un hombre que había estado casi 12 horas bajo los escombros antes de ser rescatado, y que mientras lo llevábamos nos agradecía una y otra vez por no haberlo dejado morir. Y recuerdo a médicos que habían ido de vacaciones trabajando a destajo porque eran los únicos disponibles, y que tuvieron que elegir a quién llevar en el helicóptero, porque había espacio para seis u ocho personas y poco tiempo. No puedo imaginarme a mí misma tomando esa decisión.

“La isla parecía haber sido arrasada por un bombardeo”

Difícil procesar todo eso al mismo tiempo.

Sí, es verdad. Vi a dos médicos revisando a un herido y sigilosamente mover sus cabezas en señal de que no iba a sobrevivir lo suficiente como para ser trasladado al hospital, y que deberían darle ese lugar a alguien que sí pudiera sobrevivir… escenas muy fuertes. En determinado momento me puse a buscar zapatos entre la basura, porque llevaba puestas sólo unas ojotas, y encontré un par bajo los escombros, con los pies todavía adentro.Y recuerdo ver restos humanos mezclados con maniquíes en una tienda destruida, una imagen tan perturbadora que a mi cerebro le costó bastante procesar lo que estaba viendo.

Ella todavía recuerda las escenas de horror que dejó el tsunami. Foto: LA NACION
Ella todavía recuerda las escenas de horror que dejó el tsunami. Foto: LA NACION

¿Qué tipo de ayuda recibieron? Ustedes perdieron todo.

-Primero pensamos que habíamos sido increíblemente afortunados, estábamos vivos y sanos. Después de esas 36 horas que trabajamos de rescatistas, y una vez que llegó la ayuda real, pudimos tomar un ferry a Krabi. El gobierno tailandés se comportó maravillosamente. Nos alimentaron, nos pusieron en un vuelo a Bangkok, consiguieron una habitación de hotel y nos dieron un voucher para un taxi para que nos llevara a la embajada norteamericana al día siguiente. Nuestro propio gobierno se desentendió absolutamente. El personal diplomático estadounidense se había establecido en el lounge VIP del aeropuerto sin ningún cartel identificador, en lugar de esperarnos en la puerta de salida del avión, como hicieron otras embajadas. No había carteles ni representantes. Deambulamos por el aeropuerto durante horas buscándolos, y jamás se nos ocurrió ignorar el cartel de “no admisión” que había en el salón VIP, donde ellos estaban. Y se fueron sin que los pudiéramos encontrar. Gracias a Dios el gobierno tailandés se comportó tan bien.

¿Qué recordás del reencuentro con familiares y amigos?

-Fue surrealista. Yo le había enviado a mi familia un mensaje detallado de lo que nos había pasado, y aparentemente fue uno de los primeros informes que llegó a los Estados Unidos de sobrevivientes norteamericanos. Mi cuñado lo reenvió a un medio de prensa porque se estaba informando que todos los buceadores en la zona afectada habían muerto, lo cual era falso. Como mi nombre es bastante inusual y soy profesora, fui fácil de rastrear. Cuando bajamos del avión nos vimos envueltos en una nube de periodistas y tuvimos que hacer una improvisada conferencia de prensa. Fue extraordinario ver a nuestra familia nuevamente. ¡Y nuestro perro estaba tan contento de vernos! Éstoy segura de que él sabía que todos estaban muy preocupados, y su bienvenida fue genial.

¿Qué fue lo más duro que experimentaste durante la tragedia? ¿hay algo que aún no te podés sacar de la mente?

-Bueno, ahora que tengo un hijo lo que me persigue es la idea de que algo como esto pueda pasarle en cualquier momento y alejarlo de mí, y que yo no pueda hacer nada al respecto. Pero lo que no puedo borrar de mi mente es el dolor de la gente que sobrevivió pero perdió a sus familias.Vi mucha gente desesperada: un hombre buscando a sus padres y a sus hijos que estaban en la playa cuando llegó la ola, una madre que lloraba desconsoladamente mientras acurrucaba el cuerpo de su hijo, rodeada de otros cuerpos que esperaban que otras madres llorasen por ellos. Esta última imagen aún hoy me hace llorar. Aún puedo escuchar su sollozo, sentir su dolor. Eso nunca me va a abandonar. Pero también se aferran a mí esas imágenes que me hicieron suspirar de alivio: la enfermera que no sabía si su hija estaba viva y que salió corriendo a abrazarla cuando la vio caminando cerca de donde ella estaba; el hombre que me ayudó a llevar a una mujer con la pierna rota que me dijo en Krabi que su esposa había sido hallada con vida flotando sobre una madera, también con la pierna rota. Por eso agradezco la suerte que tuve, y valoro cada día.

Por Patricio Bernabe, La Nación

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