¿Te preocupa demasiado que los demás te miren?

Los seres humanos se pasaban la vida subiendo una escalera para darse cuenta al llegar arriba de todo, de que estaba apoyada en la pared equivocada

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¿Te preocupa demasiado que los demás te miren?

Tan pronto entré a la cancha me sentí extraño, como cuando uno se encuentra con un antiguo amor. ¿Cómo es posible que habiendo estado desnudos, fusionados en cuerpo y alma, ahora seamos dos desconocidos?

Cerré la puerta de vidrio y empecé a pelotear solo. El ruido de la pelota al golpear el frontón, despertaba todo tipo de sentimientos. ¿Cómo podría ser de otra forma si durante diez años ese deporte había sido mi gran amor? También con él había estado fusionado en cuerpo y alma.

Apenas logré un poco de confianza observé que mi atención se posaba en ver si alguien me estaba mirando. Las pocas personas que había en el club hacían otras cosas. ¿Acaso yo no le importaba a nadie?

Por el rabillo del ojo y sin dejar de practicar, percibí que alguien se había acercado a mirar mi juego. En mi interior, empecé a encenderme como un árbol de Navidad. La antigua droga de mis tiempos de jugador profesional estaba de regreso. ¿Tan fácil eran las recaídas?

A partir de entonces, lo más importante fue impresionar a ese espectador. La mitad de mi concentración estaba puesta en jugar bien. La otra mitad, en que él se diera cuenta de eso.

Otra espectador se sumó y yo ya me sentía como un pavo real con toda su cola desplegada. Nada más placentero que gente que no me conocía, sorprendida por la calidad de mi juego, sintiera la imperiosa necesidad de averiguar quién era yo. Y luego, comprendiendo todo, se maravillara.

Para ese entonces mi concentración ya no se partía más por mitades; lo único que me importaba era impresionar a mis admiradores. Hacía 25 años que había dejado el juego y sin embargo, mi adicción estaba intacta.

Tomé conciencia de que toda mi carrera había estado marcada por la mirada de los otros. Cada golpe, movimiento, pequeño gesto que hacía, estaban condicionados; el objetivo central era impresionar a los demás. Había anhelado que me vieran como alguien increíble, espectacular.

¿Qué hubiera pasado si en vez de estar tan pendiente de eso, hubiera puesto toda esa energía al servicio del juego? Seguramente hubiera sido uno de los mejores jugadores del mundo. ¿Era evitable, o acaso era nuestro pecado original, con el incesante deseo de sentirnos como dioses?

Ráfagas de imágenes atravesaban mi mente.

Recordé el último año de colegio cuando antes de la clase de gimnasia, apretaba bien fuerte el torso y los brazos durante doce o quince minutos. Pretendía que al cambiarme en el vestuario todos vieran mis músculos fuertes y marcados. Varios minutos de entumecimiento y calambres para unos pocos segundos de apariencia.

Igual que un amigo de la adolescencia que era físicoculturista. Un día, en los instantes previos a una pelea callejera, descubrí que él estaba muerto de miedo. Temblaba como una hoja. Muchas horas diarias levantando grandes pesos, tomando aminoácidos y esteroides, tenían una única finalidad: mostrarles a los demás que era mejor no meterse con él. Y sin embargo, a la hora de la verdad no servía para nada. Debajo del disfraz de Rambo, había un flacucho aterrorizado. El coraje no se entrenaba con pesas.

Finalmente las dos personas que me observaban se fueron. Algo decepcionado, seguí practicando como si el hecho me resultara indiferente. Sin embargo, ya nada era igual. La resaca de mi adicción pasaba la factura y me sentí vacío. Salí de la cancha, pedí un jugo y me senté.

Mis dos casuales observadores regresaron, dirigiéndose hacia mí. Me encendí nuevamente. La cola del pavo real se desplegaba espléndida. Pero el entusiasmo fue efímero porque ambos pasaron de largo hacia el bar. ¿Podía ser tan tonto? ¿Cuándo fue que había decidido entregarle mi estado de ánimo a los demás?

Recordé a Anthony de Mello, que decía que los seres humanos se pasaban la vida subiendo una escalera, para darse cuenta al llegar arriba de todo, de que estaba apoyada en la pared equivocada.

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