El oro de Fruitvale

Cuidado en la calle; la policía previene sobre ladrones de joyas en Oakland

OAKLAND.- La función de la joyería es ser mostrada; el único propósito de quien usa una cadena o unos aretes es adornarse. En el este de Oakland, el nivel de crimen es tal, que esta verdad histórica ha sido cancelada.

El departamento de Policía circula por estos días un “aviso de seguridad”, en inglés y español, sobre el “aumento de robos de cadenas de oro en las calles”. Previene que esto sucede con más frecuencia en “el distrito comercial de Fruitvale y alrededor de la estación del BART”.

“Los sospechosos atacan a mujeres que llevan puestas cadenas de oro”, refiere el aviso. El 16 de septiembre, en la avenida Bancroft y la avenida 47, la víctima de un robo de este tipo fue una niña de dos años, quien también perdió cuatro anillos.

En octubre 5, Raúl Maya y otros comerciantes del área, el representante del distrito ante el cabildo, Ignacio De La Fuente, así como cuatro oficiales de policía ofrecieron una conferencia de prensa para alentar las visitas a Fruitvale.

La conferencia fue también para refutar al periódico The New York Times, que la última semana de septiembre publicó una nota sobre cómo algunos comerciantes de Fruitvale han preferido armarse para no estar a expensas de los ladrones.

“Hay que mirar lo positivo, no solo lo negativo”, clamó en esa conferencia Shelly Garza, asociada con La Placita, que maneja su madre, Emilia Otero; La Placita es una organización que asesora y promueve pequeños negocios, básicamente, vendedores callejeros de frutas.

“Los comerciantes no somos vigilantes”, agregó Garza -empleó el término “vigilante” con el sentido que en inglés tiene la palabra: ser un grupo parapolicial, una patrulla ciudadana.

No se mencionó en esa conferencia de prensa, celebrada en el restaurante El Huarache Azteca, que en la siguiente puerta, al sur sobre el boulevard International, en el edificio que alberga al restaurante Otaez, se dispone ya de un espacio para contener un centro de operación policiaca, que cuando se inaugure llevará el nombre del extinto dueño de la finca, Jesús “Chuy” Campos, asesinado el 8 de abril cuando se disponía a abrir su negocio -sin más información sobre el caso, se sigue especulando que se trató de un intento de asalto.

Ese centro de operaciones será el cuarto de control de las 30 cámaras de vigilancia que se instalarán en el área comercial de Fruitvale, un plan largamente anunciado -en julio, tras años de mera verborrea, se informó que la ciudad invertiría 35,000 dólares en el proyecto-; pero hasta este día sigue sin concretarse.

Las cámaras de vigilancia son una de las estrategias a largo plazo de la alcaldesa, Jean Quan, para prevenir y reducir el crimen. En el corto plazo, según anunció a finales de agosto, tendrían que verse más policías rondando el área, ocupados en reducir los suministros de armas y drogas para los criminales.

Pero es ya conocida la historia que Oakland no tiene recursos para contratar más policías, y que de hecho tiene, en números redondos, 200 menos de los requeridos para patrullar sus calles. En unos días, faltará uno más, el jefe, tras anunciar Anthony Batts su renuncia.

La información es oro molido, pero el informante se resiste, duro como diamante, a revelar su nombre. Así que lo llamaremos Alejandro.

Desde hace ocho años Alejandro mantiene un negocio en el área de Fruitvale, a unos pasos del boulevard International. Ha retirado de sus vitrinas todas las joyas, relojes, cadenas, aretes, anillos que vende -de nueva cuenta, el contrasentido: las joyas, hechas para lucirse, se ocultan.

A través de la ventana frontal, el propietario observa a los clientes que llegan hasta su puerta. Si no los percibe peligrosos, abre para ellos la puerta metálica, mediante un mecanismo electrónico. La tienda ha sido asaltada al menos una vez, refiere Alejandro.

Lo que mantiene el negocio estos días son las reparaciones. Las compras de joyas las realiza, dice, solo a clientes conocidos. Y la venta, aunque escasa, procede tras preguntarse por alguna joya en específico. Hasta entonces es que Alejandro muestra la mercancía que, de lo contrario, permanece resguardada y oculta.

Refiere que para él es común que la policía lo visite. A veces piden ver las joyas que repara, en un intento por identificar piezas robadas.

Alejandro asegura que ha reducido al máximo la compra de oro. Son problemas, sentencia. A la vez, hace notar cuántos otros establecimientos, sin importar su ramo, anuncian que compran oro; es cierto, se han multiplicado los carteles en las vitrinas del boulevard International. Ese es el mercado negro, explica.

En tanto a usted, para evitar que su preciada cadena con el dije de la Macarena llegue a ese mercado negro, la policía de Oakland le recomienda:

-Cuando camine por la calle, esté alerta; no se distraiga con aparatos electrónicos o celulares.

-Si usa joyería de oro, llévela debajo de la ropa hasta que llegue a su destino.

-Programe su número de celular con el número de emergencia: 510-777-3211

-Participe en la junta comunitaria, el tercer miércoles de cada mes. Comuníquese con Ana Martínez al 510-535-5689.