Es Gustavo, ‘The Great’

La Filarmónica de Los Ángeles da inicio a nueva temporada con un concierto histórico

Muchas veces, cuando se leen las palabras ‘música clásica’, ‘sala de conciertos’, ‘gala’ o ‘esmoquin’, la reacción de muchos es: “¡qué aburrimiento!”.

Gustavo Dudamel, o como lo llamó Deborah Borda, la presidente de la Filarmónica de Los Ángeles, “Gustavo The Great [El Grande]”, ha cambiado radicalmente esa percepción.

Y si el lector no lo cree, lo mejor es experimentarlo por sí mismo.

Porque el concierto -¿o habría que llamarlo show, como se hace con cualquier estrella o grupo de pop/rock?- que llevó a cabo el martes en la gala de inauguración de la nueva temporada de la Sala de Conciertos Walt Disney en el Downtown de la ciudad, fue no solo histórico -por su palpitante homenaje a George Gershwin-, sino extraordinariamente entretenido, visceral y apoteósico.

Dudamel, director musical de la Filarmónica -con solo 30 años-, lideró una velada llamada apropiadamente Rhapsody in Blue, o Rapsodia en azul, que contó con excelsas interpretaciones de los clásicos de George Gershwin Cuban Overture, An American in Paris y, especialmente, Rhapsody in Blue.

En medio de todo ello, el invitado especial, el músico de jazz Herbie Hancock -ejecutivo creativo de Jazz de la Filarmónica-, deleitó a los presentes con rendiciones propias de obras de Gershwin, como Someone to Watch Over Me que, en sus prodigiosas manos (y dedos) fue mucho más allá de las convenciones propias de la melodía para reinterpretar una canción clásica y darle nueva vida.

El concierto fue dominado por la energética presencia de Gustavo Dudamel, algo que se ha convertido en un ritual en LA.

Al concluir el programa, y durante la cena posterior que tuvo lugar bajo una carpa decorada en homenaje a los años 20 y a las estrellas del Hollywood clásico, los asistentes (que donaron una cifra récord de 3.2 millones de dólares para los programas musicales y sociales de la Filarmónica) repetían una y otra vez lo maravilloso que es el artista venezolano. ¿Y cuál era la característica que brillaba en todos ellos?: una inmensa sonrisa.

Porque Dudamel no solo fue capaz de deleitar a los aficionados a la música con su electrificante presencia. Incluso en los instantes donde dejó la música en manos de Hancock, su pasión por las melodías que surgían del piano recorría su cuerpo: sus pies no podían dejar de escapar el ritmo de Rhapsody in Blue, su mirada de admiración hacia el músico de jazz era más que obvia, su sonrisa pícara cuando este improvisó notas y silencios fue contagiosa, y la posición de su cuerpo -entre atenta y hiperactiva- cautivó a todos los presentes.

El primer tema de la noche fue Cuban Overture, que George Gerwhsin compuso en 1932 con el título inicial de Rumba. Para el compositor y pianista neoyorquino, nacido en 1898 (y que falleció a la temprana edad de 38 años), Cuban Overture “es una obertura sinfónica que personifica la esencia del baile cubano”.

Y así fue la forma como Dudamel condujo a la Filarmónica, con una percusión que rivalizó con la siempre impresionante sección de cuerda y la no menos vibrante sección de viento.

Pero todo ello tomó un giró sublime cuando le tocó el turno a An American in Paris y, sobretodo, a Rhapsody in Blue, estrenada en 1924.

Las primeras notas del clarinete que anuncia esta composición -y que tan bien empleó Woody Allen en el inicio de su clásico Manhattan—, abren un mundo sonoro y, por qué no, también visual, que de hecho es, tal y como definió el director de publicaciones de la Filarmónica, Orrin Howard, un “caleidoscopio de América [EEUU]”.

Los músicos de la orquesta se dejaron llevar por su elegante melodía, su fortaleza sonora y su apasionante ritmo.

La explosión final de cuerda, viento, percusión y, por supuesto, piano -agarrado por Herbie Hancock como si fuera un apéndice de su cuerpo- fue memorable.

Para aquellos que conocen a Dudamel y la Filarmónica, poco más hay que decir sobre la gala y la nueva temporada de la Sala de Conciertos Walt Disney.

Para los que aún necesitan ser convencidos de que la experiencia de ver al conductor venezolano es indispensable, simplemente recomendar a gritos, si hace falta, el descubrimiento de un lugar, un escenario, una orquesta y, por supuesto, un ídolo musical, Gustavo Dudamel, que, con suerte, definirá Los Ángeles durante mucho tiempo.

¿”Gustavo el Grande”? Yo más bien diría “Gustavo el Inmenso”.