Juventud con compromiso comunitario

Jonathan Contreras trabaja por los derechos de los inmigrantes

DETROIT, Michigan – Jonathan Contreras cruzó la frontera en 1985 estando todavía en el vientre materno. Como muchos inmigrantes, los padres del joven carecían de instrucción completa y de oportunidades.

“Lo hicieron por sus hijos, no tenían papeles y se arriesgaron para darnos una vida mejor”, dice Jonathan, quien en la actualidad se desempeña como organizador comunitario en la Alliance for Immigrants Rights & Reform.

“Tuvimos que vivir en la casa de un tío que tenía seis hijos, en una casa de tres habitaciones y dormíamos en el cuarto de la lavandería. Eran los tiempos en que mi padre ganaba 3.50 dólares la hora como lavaplatos en un restaurante mexicano”, relata Contreras.

La amnistía para los inmigrantes otorgada por el gobierno de Ronald Reagan favoreció a su familia como a muchos otros inmigrantes.

La nueva situación mejoró la economía del hogar y Jonathan y su hermana menor pudieron ir a la universidad. “Eso es algo que no se había logrado ni entre los Contreras ni entre los Morales, mi familia paterna y materna, y estoy orgulloso de eso”, dijo Contreras, quien se graduó de sicólogo de la Universidad de Michigan en Dearborn.

“Muchas veces me dio por rendirme, me demoré seis años para terminar mi bachiller [licenciatura] porque no tenía modelos en mi familia. Todos trabajaban en la ‘yarda’, en las fábricas y mi papá fue carnicero por 16 años”, dijo Contreras.

Hijo de ministros bautistas, Jonathan tuvo que adaptarse a los cambios que le exigía la misión de sus padres. De Grand Rapids se mudaron a un suburbio de Detroit, aunque su vida diaria giraba en torno al ministerio de su padre que se desarrollaba en la ciudad.

“Viviendo en las afueras de Detroit me tocó sufrir no el hostigamiento pero sí el ser estereotipado por un segmento blanco que lo hacía más por ignorancia que por deseo de hacerme daño”, dijo Jonathan.

“Me preguntaban: ‘¿vendes droga?’. ‘¿me vas a apuñalar?’, ‘¿hablas mexicano?’…”, recuerda Jonathan con una sonrisa en el rostro.

Al terminar la secundaria, el joven decidió mudarse a la ciudad de Detroit e ingresar a la fuerza laboral, desde donde pudo percibir de primera mano la injusticia que azota al trabajador, especialmente al inmigrante indocumentado.

“En mi primer día trabajé 18 horas y ni siquiera me avisaron, los demás obreros estaban contentos, pero al finalizar la semana nos robaban el salario. Si trabajaba 60 horas sólo nos pagaban 40”, recuerda Contreras.

Para el joven todavía está fresco en su memoria un incidente en el cual el transporte que conducía a los trabajadores a la fabrica chocó, estando una mujer embarazada a bordo.

“Recuerdo que los que no estaban heridos corrían en plena vía expresa y se escondían entre los árboles antes que llegara la policía”, dijo Jonathan.

Todas esas experiencias de vida lo motivaron a hacer su internado en la Alliance for Immigrants Rights & Reform.

“Empecé a hacer reuniones comunitarias y talleres de ‘Conozca sus Derechos’, hasta que fui contratado como organizador comunitario”, refiere Contreras.

Dándole forma al futuro

Según Contreras hay un segmento de jóvenes latinos que no nacieron en Estados Unidos y que llegaron a temprana edad y se rehúsan hablar en español. También hay padres que quieren que sus hijos se olviden de sus raíces.

“Sin embargo hay otro tipo de jóvenes que están comprometidos con la lucha por el Dream Act, por ejemplo. Es el caso de la organización One Michigan”.

Jonathan también transitó el tortuoso camino de la búsqueda de su identidad, y como muchos jóvenes la descubrió y la abrazó y se aferra a ella para seguir luchando por lo que considera justo, para que otros jóvenes tengan la oportunidad de superarse.

Sin embargo, reconoce que esa lucha tuvo un pico y que ahora se encuentra en declive.”Es como si se hubieran cansado”, dijo.

“Aquí lo que se ha podido lograr es tener conexiones con las universidades para lograr lo que ha pasado en California y en Illinois. Aquí sería muy difícil porque la Legislatura está controlada por los republicanos. Se está tratando de hacer las conexiones directamente con las universidades”, señalo.

Mientras tanto, la comunidad organizada avanza lentamente hacia la obtención de logros que garanticen un mejor trato a los inmigrantes, situación que, según Contreras, ha mejorado en la ciudad de Detroit pero no así en sus suburbios.

El propio Contreras fue detenido en una carretera en las afueras de la ciudad, según él, “porque me vieron hispano”.

“Mi detención fue arbitraria, me negaron el derecho a una llamada telefónica, me retuvieron toda la noche y no les permitieron a mis colegas que pagaran la fianza mientras yo veía salir a vendedores de drogas y prostitutas de la cárcel”, narró Contreras.

Las memorias de una noche en la fría celda de un suburbio de Detroit lo devuelven a la realidad de un presente en el que el hostigamiento al inmigrante indocumentado parece no tener fin. Pero los nombres de personas reales garabateados en la sucia pared de esa cárcel le recuerdan cada día que la lucha por la justicia continúa y que su decisión de seguir adelante es su aporte para cambiar esa realidad.