Huellas de la violencia intrafamiliar

La violencia es un acto de poder y control de una persona sobre otro, y se aprende.
Huellas de la violencia intrafamiliar
En Oakland Mujeres Unidas contra la violencia doméstica. Foto Juan Data/El Mensajero

Los recuerdos que Mónica tiene de su infancia, son completamente distintos a los que puede guardar la mayoría de los niños.

Su etapa preescolar en la que convenientemente ella debería traer a su mente con alegría, son sus primeros encuentros con el estrés, con el temor de no cumplir con las expectativas que su madre se había planteado y desatara su ira con palabras hirientes, golpes y desacreditación por su “incapacidad de ser excelente para mantenerse al frente de la escolta escolar”; eso era lo que le reprochó su mamá cuando la destituyeron por haber bajado el promedio de sus calificaciones.

Este ambiente es el que siempre la rodeo y en la medida que creció, éste adquirió un matiz cada vez más violento. A los 16 años recibió la noticia de que tendría una hermanita, cuyo arribo se convirtió en un canal para comprometer la ya de por sí complicada vida de Mónica, y adquirir el papel en esta historia de provocadora de conflictos.

La doctora Nohemí Díaz Marroquín, catedrática de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México, señala que la violencia es un acto de poder y control de una persona sobre otro: “para que haya violencia el agresor debe sentir que tiene mayor poder y fuerza física, y de una manera simbólica, en el ámbito emocional siente que tiene el derecho de que la obedezcan, mientras que el efecto en la víctima es que cree que no puede oponerse a los deseos del otro”.

Preguntarnos qué es lo que impulsa a alguien a convertirse en agresor, tiene una respuesta contundente por parte de la especialista: la violencia es aprendida. Todos tenemos un nivel de ella que es la que nos ayuda a enfrentarnos a los retos, sin embargo, existen culturas que favorecen esta expresión sometiendo a los demás. Los hombres y las mujeres tenemos roles sociales que nos han enseñado, nos dicen cómo debemos ser y qué se espera de nosotros.

La violencia psicológica es quizá la más complicada de identificar y, quién pensaría que esas miradas que usualmente las mamás dirigen a sus hijos para controlarlos, son una manifestación de ésta. “La violencia sutil es más amplia, es la manera en que se devalúa o humilla a alguien, la propia indiferencia lo es y lo que hace es que disminuye el poder y el equilibrio de la persona que la recibe. En cualquier tipo de agresión lo que se pretende es ejercer control sobre el otro y si no se detiene a tiempo, su intensidad irá en aumento”.

Prácticamente dice, su madre no le permitía tener amistades, el mensaje que ella le transmitía era que la amistad no existía y que la gente siempre traiciona, por eso Mónica no se atrevía a llevar a nadie a su casa, en toda su adolescencia no tuvo novio por temor a provocar un disgusto.

La doctora Nohemí Díaz, explica que este comportamiento es muy común en las personas que ejercen violencia, porque mientras menos soporte afectivo tenga la víctima mayor es la posibilidad que tienen de lastimarla. Sobre todo como ocurre en el caso de los hijos, que nunca se da la oportunidad de que quien la sufre pueda establecer límites en la forma en que se llevará la relación.

“La violencia se detiene cuando desde la primera expresión la persona que la recibe pone un alto y muestra su inconformidad, es en este punto en el que se establecen las reglas de cómo se llevará una relación. Generalmente este problema se vive en cascada, es decir, cuando un papá violenta a sus hijos, lo hace porque a su vez viene de un ambiente así, entonces descargan su irá y frustración en los hijos, los enseñan a obedecer sin respetar su individualidad y la disciplina se convierte en un pretexto para la violencia”, afirma la experta.

Hoy Mónica trata de reconstruirse a sí misma: Ha considerado buscar un ascenso laboral y al mismo tiempo estudiará una maestría para actualizarse, quiere enamorarse y vivir tranquila.

Confiesa con una tímida risa que ya se preocupa más por su apariencia física, perdió peso, y hasta es capaz de mirarse al espejo, no obstante, las cicatrices no terminan de cerrar. Si bien lo que ganó en su construcción personal fue su naturaleza noble, aún no puede dejar de pensar en el miedo que su mamá le produce: “La he visto a lo lejos alguna vez en el centro comercial y termino huyendo. Creo que cuando sea capaz de verla de frente y experimentar tranquilidad, estaré aliviada por completo”, concluye.

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