Crítica de ‘The Iron Lady’: Lección de actuación
Pocas veces en la historia reciente del cine ha existido un tour de force interpretativo como el que Streep lleva a cabo en la cinta de Phyllida Lloyd
Streep en una escena de 'The Iron Lady'. Crédito: The Weinstein Co.
Algo mágico sucede en los primeros dos minutos de The Iron Lady, la biografía cinematográfica que hoy se estrena en Nueva York y Los Ángeles, y en la que se recorre la vida y obra de la que fuera primera ministra británica, Margaret Thatcher.
La presencia de una maquillada Meryl Streep, dando vida a aquella, en sus más recientes años de vida, afectada de demencia, paseando por las calles de un Londres multicultural que poco tiene que ver con el que comandó con mano férrea, pronto se olvida, porque la aclamada actriz de New Jersey logra que inmediatamente aceptemos que delante nuestro esté la Margaret Thatcher real.
Pocas veces en la historia reciente del cine ha existido un tour de force interpretativo como el que Streep lleva a cabo en la cinta de Phyllida Lloyd, quien hace un par de año la dirigió, con menor fortuna, en la olvidable Mamma Mia!
Se piense lo que se piense de Thatcher, lo cierto es que la política inglesa fue una de las mujeres más interesantes, apasionantes y controversiales de la historia del siglo XX. Sino la que más.
The Iron Lady se concentra, primero, en la mujer -esos instantes donde la hoy reclusa mujer mantiene conversaciones con su ya difunto marido, Denis (excelente Jim Broadbent)-, ofrecen un retrato afectuoso de una mujer, simple y llanamente.
Es a partir de esos instantes donde The Iron Lady empieza a recorrer, atrás y adelante en el tiempo, los pormenores del ascenso al trono, por así decirlo, de la que naciera con el nombre de Margaret Roberts. Siempre atraída por el mundo de la política, dado el activismo de su padre, esta inició su romance con Denis al mismo tiempo que su determinación por alcanzar lugares nunca antes logrados por una mujer en el gobierno.
Desde su entrada al Parlamento en 1959 hasta su salto a la posición de primera ministra, en 1980, que desempeñó durante 11 años: todo ello es explicado con notable precisión histórica -especialmente lograda es la narración del conflicto de las Malvinas- y, también, trazando un más que interesante paralelismo con los tiempos actuales -sus teorías económicas, polémicas y no siempre aceptadas, en especial por lo que se refiere a su posición con los sindicatos y la privatización de compañías públicas, son hoy abrazadas por todo tipo de gobiernos-.
Como es previsible en una producción británica, The Iron Lady, clasificada PG-13, es una lección de actuación, liderada, no obstante, por una actriz norteamericana: Meryl Streep hace de la política una mujer, y de la mujer, una bandera de intrepidez, inteligencia y pasión, en una interpretación que debería pasar a los anales de la historia.
Lástima que la realizadora Phyllida Lloyd no fuera la más adecuada para un proyecto de esta envergadura: su puesta en escena es aburrida, con una constante y escasamente original apuesta por el primer plano, solo animada por breves instantes de agilidad visual (la entrada de Thatcher a su nuevo hogar como primera ministra, 10 Downing Street, por ejemplo) y una arrebatadora partitura musical de Thomas Newman (American Beauty).