La alegría de leer

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Como puede ser de buen agüero hablar de libros a principios de año, respondo parcialmente una encuesta que me hizo llegar un amigo:

Un libro que te hayas robado (Yo, Groucho, de Groucho Marx. Y no lo devuelvo. Eso está decidido. Busco el libro Habla, Harpo, del hermano de Groucho, para robármelo también).

Uno que te hayan robado. (Busco para apretarle las clavijas al ladrón de El escándalo Watergate, primera edición en español).

Una autobiografía. (Autobiografía de un yogi, de Paramahansa Yogananda. No tiene presa mala, como la colombiana Sofía Verga, la mujer más sexi de la aldea global, según ha publicado la prensa. Yogananda se encargó de llevar la fiebre del yoga a occidente).

Libro que de todos modos te llevarías a una isla desierta. (Con Vida y destino, del ruso Vasili Grossman, sería el perfecto Robinson. Bueno, incluido Viernes, el perro, más fiel que Nipper, el perrito de la Víctor).

Un epistolario. (Cartas a los Jonquières, de Cortázar. La mamacita para quien no lo lea).

Uno que te gustaría ver filmado como película. (En el desierto no hay atascos, del tuareg Moussa Ag Assarid. Nada tan próximo a la felicidad como la lectura del libro de Moussa quien se inició en la lectura con El Principito).

Uno que habrías querido que el autor te dedicase. (Tengo dedicatoria (“Para Óscar, con amistad”) del polaco Kapuscinski, autor de Ébano. Incluida foto lagarta de este negro, mirando a la cámara).

El que más te gusta de tu escritora preferida. (Memorias de Adriano, de misiá Margarita Yourcenar).

Uno que sólo te gusta a ti dentro de tu círculo de amigos y familiares. (Cartas a Estanislao, del brujo de Otraparte, Fernando González. Claro que tampoco les presto mi vieja edición. En 1954, González fue propuesto al Nobel de la Paz por un grupo de intelectuales europeos encabezados por Jean Paul Sartre).

Uno que le regalarías a la persona deseada en silencio, para que lo supiese. (Fanny Hill, memorias de una cortesana…, porno duro. Lo encontré en casa de mi abuela centenaria. No creo que lo haya leído. No sé por qué un libro de esos estaba en su pequeña biblioteca).

Uno de un autor africano no blanco. (Que sea blanco: Confesiones, de san Agustín, quien dice por ahí: “Hazme casto, Señor, por todavía no”. Y Dios lo escuchó)

Uno de un autor asiático. (Si Japón queda en Asia, me quedo con La casa de las bellas durmientes. Cuando lo releo sufro ataque parcial de soledad).

El que más te gustó de los leídos en su idioma original, distinto del español. (Le Petit Prince, de un tal Antoine de Saint-Exupéry. Bueno, más que leerlo, peleo con la traducción).

Una antología de cuentos. (¿Cómo le va en la otra vida, señor Borges? O también los Doce cuentos peregrinos, de García Márquez, padre del director de cine, Rodrigo García Barcha, residente en Los Ángeles).

Una antología poética. (Leopoldo Lugones, quien se suicidó disparándose un soneto en el corazón).

Uno que compraste en un mercado de pulgas. (45 años de humor, de Klim, Lucas Caballero Calderón, un colombiano que escribía en clave de humor, como los dioses. Esa alegría de leer me costó el equivalente a un dólar).

Uno que te hubiera gustado escribir (Cenizas de Ángela, porque es mi propia vida, aunque en Aranjuez, mi barrio de infancia en Medellín. Claro, sin las penurias de los McCourt y sin taita que se gastara la platica en trago).