Burdeles latinos: el negocio invisible

Poca comunicación entre latinos y la policía afecta la denuncia de actividad ílicita
Burdeles latinos: el negocio invisible

Nueva York – A cuatro cuadras de la estación de Policía de Riverhead –un tranquilo pueblo en Suffolk, Long Island– una sencilla casa blanca pasa por una residencia más. Pero desde hace unos tres años su puerta de madera corroída da entrada a un burdel que funciona los siete días de la semana.

Operado por salvadoreños y guatemaltecos, al escondido prostíbulo sólo entran “personas de confianza”, según explicó un cliente frecuente que habló en condición de anonimato.

Esta no es la única “casa de citas” operada por latinos en el área. Líderes comunitarios de Suffolk aseguraron que las actividades de prostitución han proliferado en el condado.

Según residentes, al menos tres burdeles han abierto en los últimos años: uno en la carretera County Route 104, muy cerca de la estación de la policía estatal; otro en los alrededores de Old Quogue Road; y otro en Hampton Bays.

Carlos Ramos, quien dirige la sucursal en Long Island de la organización de defensa a inmigrantes Se Hace Camino Nueva York, dijo que las casas de prostitución en áreas como Riverhead son un secreto a voces.

Según Ramos, los clientes son en su mayoría jóvenes trabajadores indocumentados que laboran en granjas cercanas.

“Es realmente preocupante”, dijo Ramos. “Podríamos enfrentar una epidemia de enfermedades de transmisión sexual. Además de las implicaciones sociales, hay que considerar las repercusiones en salud pública”, acotó.

El problema, que de acuerdo con Ramos “creció conjuntamente con la población hispana”, es pasado por alto por la autoridades debido a la segregación de latinos pobres e indocumentados, y a la incapacidad de los policías de entenderlos y comunicarse con ellos.

Martha Maffei, directora de SEPA Mujer, una organización que por 18 años ha velado por los derechos de latinas inmigrantes en esa comunidad, opinó que parte del problema es que algunos hispanos temen denunciar actividades clandestinas a las autoridades.

“La prostitución es un problema del que no se habla oficialmente, sólo la comunidad sabe lo que pasa y guarda silencio. Es una forma de tolerarlo”, explicó Maffei.

El pasado jueves, la Policía de Suffolk culminó una investigación de ocho meses que condujo al arresto de 41 personas que ejercían o promovían la prostitución en salas de masaje ilegales. Los sitios eran operados por proxenetas asiáticos.

La Policía de Suffolk declinó informar si existe alguna investigación acerca de burdeles controlados por latinos.

Luis Montes, asistente adjunto del Ejecutivo del Condado de Suffolk, explicó que su oficina no ha recibido ninguna queja acerca de prostíbulos, sin que esto signifique que no existan en el área.

A través de un cliente frecuente logramos acceso al prostíbulo de Riverhead. Un salvadoreño de unos 35 años, al que apodan El Primo, nos dio la bienvenida.

Nuestro informante explicó que El Primo trabaja para una red que controla varias casas de prostitución en Long Island y Queens. En esta casa, sin embargo, parece ejercer la función de anfitrión.

El Primo no le abre la puerta a cualquiera, sólo aquellos que vienen acompañados por clientes conocidos o recomendados. A un hombre que tocó la puerta durante nuestra visita, El Primo le respondió que esa era una casa de familia.

Más tarde un vecino del área explicaría: “Si no te conocen te dicen que es una casa de familia, pero si saben quién eres hasta te recomiendan otros lugares aquí cerca”.

De acuerdo con clientes, en otros burdeles de Riverhead se necesitan contraseñas como “puerta” o “camarón a la vista” para entrar.

El informante justificó mi presencia diciendo que soy una prima que acaba de cruzar la frontera y que busco entrar al negocio, y de paso hace un comentario ágil para saber si tiene chicas nuevas.

“Cada lunes cambiamos de muchachas. Nos llevamos a las que están y traemos otras nuevitas. Esta semana nos vinieron unas muy sequitas (delgadas)”, replicó El Primo, en tono de vendedor que defiende la calidad de su negocio.

Distinto a la idea televisiva de un burdel, este lugar luce desordenado y pobre. Hay restos de comida, botellas vacías de cerveza y polvo para exterminar chinches esparcido en las esquinas.

Pese a las condiciones insalubres, el lugar recibe decenas de clientes al día. En el momento de esta visita habían seis hombres. Algunos pasaban con las chicas a pequeños cuartos en el segundo piso de la casa, otros esperaban su turno en la sala del lugar, mientras veían televisión y conversaban con El Primo.

En un sillón desgastado ubicado en un rincón de la casa estaba reclinada una mujer de unos 25 años que dijo ser de Ecuador. Vestía una red roja que permitía ver su cuerpo. Otra joven de unos 20 años la acompañaba. Esta última dijo ser mexicana, lucía tímida e insegura, contrario a su compañera.

“Pruébanos a las dos. Paga por nosotras. Somos cariñosas”, dijo a un cliente la joven ecuatoriana.

Al preguntar por los términos del trabajo como prostituta y si es rentable, El Primo informó que las chicas cobran $30 por quince minutos, pero si la relación sexual se practica sin condón, el precio es mayor.

“Se gana bien. A veces las chicas atienden hasta 50 hombres al día. Es mejor en fin de semana”, apuntó, agregando que 50% de las ganancias son para la casa.