Petulancia de Mitt Romney

Cuando Romney siente que la inercia de las elecciones preliminares lo lleva al umbral de la nominación de su partido político, él mismo se encarga de poner trabas en su camino.

Sus comentarios son como dardos filosos que hacen mella en el corazón de su campaña política y producen un sesgo de esperanza entre sus enemigos republicanos.

En uno de sus mitines en Michigan, Romney quiso cautivar el alma de los trabajadores de la industria automotriz, pero su mensaje se convirtió en follaje seco para sus críticos.

“…Me gusta el hecho de que la mayoría de los autos que veo son fabricados en Detroit. Tengo un Mustang, una camioneta Chevy,… Ann [mi esposa] maneja dos Cadillacs…”, dijo.

Los dos Cadillacs son modelos de SRX. El primero fue fabricado en 2007. El precio en el mercado, sin inclusión de intereses y seguros, es alrededor de $40,000. El segundo es un modelo 2010. Su valor en el mercado es más de $50,000.

En los tiempos de la bonanza de los autos norteamericanos, la marca Cadillac era símbolo de riqueza. Para demostrar su poder, algunos millonarios utilizaban sus excedentes económicos para comprar uno o dos Cadillacs. Este auto era el auto preferido de los Rockefeller, de los Onassis y de aquellas familias riquillas neoyorquinas que frecuentaban los restaurantes más exclusivos de la ciudad.

Un Cadillac o un Rolls-Royce es como un reloj Patek Philippe o una de esas bolsas exuberantes marca Hermes o Louis Vuitton o Chanel. Todos ellos condicionan el nivel económico de una persona.

A pesar de que no es muy común entre las estrellas de Hollywood, algunos todavía prefieren un Cadillac. David Beckham tiene un Escalade ESV-1.

No hay nada malo con ser propietario de autos de lujo. Lo malo es cómo se los obtiene y en que condiciones de trabajo de los adquiere.

Para una persona que trabaja en el sector público, un auto de lujo en sus manos da oportunidad a que la sociedad lo juzgue con la lupa en la mano. El conocido manager de la Ciudad de Bell, Robert Rizzo, no simplemente ostentaba sus autos caros, sino que vivía como un rey en Huntington Beach y gastaba el dinero del pueblo a su antojo.

La situación de Romney es, por supuesto, diferente. Su dinero lo ganó con el “sudor de su frente” en Wall Street. Lo malo es que se jacte y haga público su petulancia.

No es la primera vez que Romney comete este tipo de errores. Anteriormente dijo que $370,000 de honorarios por sus discursos eran poca cosa. En uno de los debates retó a Rick Perry con una apuesta de $10,000. Después de su victoria de Florida, dijo que no le “preocupaba la situación de los pobres”.

Son palabras que tocan el alma de una población que siente el rigor de la crisis. A una persona millonaria la humildad no le quita su valentía.