Steve Jobs, la biografía

Las contradicciones de un genio que cambió nuestras vidas
Steve Jobs, la biografía
La biografía de Steve Jobs en español.
Foto: Archivo

Si usted está considerando comprar la biografía de Steve Jobs escrita por Walter Isaacson y puede leer en inglés, la recomendación es que elija este libro en el idioma original. La traducción al español que se vende en las librerías estadounidenses está hecha en la madre patria y (salvo que usted sea de España) le puede resultar un tanto castiza para el gusto latinoamericano.

Además, muchos de los términos usados en computación o de la jerga empresarial nos suenan más familiares en inglés a quienes llevamos un buen rato en este país, y pueden resultar confusos al ser traducidos (“consejero delegado” por C.E.O., por ejemplo).

Hecha esta salvedad, es necesario decir que el autor tuvo un acceso privilegiado y excepcional a la vida, pasión y muerte del hombre que nos cambió la vida a la mayoría de los demás humanos. Porque el mismo protagonista se la dio.

A petición de Jobs

Cuenta Isaacson que Jobs le pidió que escribiera su biografía dos veces. Para convencerlo, en la segunda oportunidad le confesó que tenía cáncer. Pero también le dijo que no se iba a “meter” en su trabajo, y que hasta tenía sus dudas acerca de la posibilidad de leerla él mismo.

El resultado es poderoso, porque lejos de ser uno de esos mamotretos en los que los lambiscones del reino ensalzan a los soberanos, “Steve Jobs” (título del libro) muestra —sin piedad— que un tipo, de inteligencia superior, carismático, visionario, que hace avanzar siglos a la tecnología en unos pocos años y que se ve a sí mismo como surgido de cierta contracultura sesentista, puede ser a la vez un buen hijo, un mal padre, un mago que hace millonarios en un sólo día a decenas de sus empleados y amigos, y que otro día parece disfrutar insultando, denigrando o corriendo a la calle a alguno de ellos sin la menor contemplación ni culpa.

Isaacson, que fue jefe de redacción (managing editor) de TIME y director ejecutivo de CNN, entrevistó a Jobs muchas veces en los dos últimos años de la vida del cofundador de Apple. Y también se sentó a hablar de él con amigos, familia, colegas, enemigos y competidores. Es un trabajo periodístico exquisito y equilibrado sobre la intimidad y la vida pública de una figura que —por envidia, por resentimiento, porque parece que de verdad el señor era un tirano— hubiera sido fácil destrozar, aún después de su muerte tan temprana.

Quien busque revelaciones, las encontrará. Por ejemplo, el encuentro de Jobs con su hermana carnal, ya adultos los dos. Y su relación posterior, cálida a veces, distante otras según los humores de Steve. La extraña manera en la que conoció a su padre biológico: cuando le dicen que su progenitor común era gerente en un restaurante de San José, Jobs recuerda haber comido algunas veces allí, y además, haber estrechado la mano de “un señor árabe” encargado del lugar (su papá, el sirio Abdulfattah “John” Jandali, de y con quien nunca quiso saber absolutamente nada).

¿Quién era Steve?

¿Steve Jobs era un iluminado que sin saber tanto de ingeniería adelantó el reloj tecnológico de la especie humana, o nada más que un vendedor de chucherías con talento inigualable para empaquetarlas?

¿Era un hippie orgulloso que odiaba los productos chapuceros de las corporaciones cibercapitalistas —y la idea misma de su existencia— o era el Maquiavelo de su propia bestia corporativa, vendiéndole a la gente espejitos de colores, productos brillantes, creativos, hermosos pero innecesarios?

¿Inventó todo lo que dicen que inventó o fue un hábil ladrón de ideas, más apto para comercializarlas que los padres de las criaturas? ¿Es verdad que era llorón en público, caprichoso, mentiroso crónico, ventajero, arrogante, poco generoso, horrible progenitor? Parece que sí.

Pero si esto nos queda en la memoria y al lado se balancea con el testimonio de lo tremendamente positivo que creó o hizo crear Jobs en su corta vida, junto a su pasión enfermiza por la creatividad y la sencillez, junto al ejemplo y la inspiración (a veces involuntarios) que dejó, es porque Walter Isaacson sabe hacer su trabajo de periodista. En suma, ¿qué es una vida humana —aún la de un genio incomparable como Jobs— sino una permanente tragicomedia de contradicciones?