Risas de coctel

Si un extraterrestre irrumpiera de repente en algún coctel -por ejemplo, los que siguen a la adjudicación de los premios Óscar- concluiría que en la aldea global “vivimos en el mejor de los mundos”, a juzgar por las sonrisas de oreja a oreja de los asistentes.

Domingo ficticio, diciembre inventado, Disneylandia fugaz, paseo de día entero, hoguera de vanidades. Todos son sinónimos de esta vieja costumbre de la civilización llamada coctel al que asistimos en compañía de nuestro argentino ego.

El coctel es un baño sauna o turco en traje de parada. Allí, un prestigio masculino o femenino dura lo que dura una flor.

¿Qué tal grabar las dispersas y atropelladas conversaciones de

los cocteles y después proyectarlas en el desastre del guayabo? (= malestar que sigue a los excesos etílicos). El mundo sería una onza mejor.

En el coctel todo el mundo es inteligente, bello, rico, elegante. Todos hablan al tiempo, nadie entiende, todos tienen la razón. Los une el cordón umbilical de la carcajada, el sarcasmo, la ironía, la irresponsabilidad. Un coctel vale por cinco sesiones donde el siquiatra.

En ese etílico escenario todos se celebran los chistes. No sólo los del sagrado anfitrión que siempre tiene la razón. Si el homenajeado de turno tiene capacidad de nombramiento y remoción en altos cargos, ni se diga. Seguirá siendo el rey antes y después de la tenida etílica. El arribismo siempre está a la orden del día.

Como el anonimato no es el fuerte de los cocteleros, a la hora de la foto todos se despelucan para no quedar por fuera. Y gritan “whisky”, mágica palabra que alborota aquellos músculos de la cara que hablan de la alegría, la prosperidad. Corren a darle al fotógrafo el nombre correcto para que lo publique en el diario.

Así como hay gente que no se muere si la noticia no aparece en el periódico local, tampoco hay coctel si la foto del protagonista, trago en mano, no lo proclama “urbi et orbi”.

Una recomendación mínima: en los cocteles, muévase. Si se quedó sembrado en un rincón, está perdido. Le tocará hablar sólo, leer el directorio telefónico, charlar con el Ángel de la Guarda si todavía está sobrio.

Los másteres en “coctelología” rotan de grupo en grupo con su sonrisa y su espléndido ingenio. Y siempre con la copa rebosante. Claro, al llegar han deslizado una robusta propina en el bolsillo del mesero que no los despintará toda la noche.

Como conocen a todo el mundo, halagan aquí, mienten allá, repiten el mismo apunte contra el gobierno, si les tocó hibernar en la oposición. La oposición con whisky gratis es más llevadera.

Si el coctel es gobiernista, la conversación girará alrededor de la última encuesta favorable al César de turno.

Es posible que salgan con el chorro de babas de que hace poco jugaron póquer con “mi amigo” el presidente y que la Primera Dama les sirvió caviar, estuvo atenta al hielo y les pidió el taxi para el regreso seguro a casa.

Pero llega el momento en que la pequeña farsa termina. Entonces toca guardar la sonrisa mentirosa, el ingenio verdadero o falso, y regresar al inevitable anonimato de nuestro rancho, donde no nos comen cuento, pues conocen nuestra vida doble de Jekill y Mr. Hide, es decir, de pobres diablos.

En casa quedamos en la compañía de nuestras nada minúsculas pequeñeces. Y víctimas de un guayabo tan mayúsculo que provoca marcar el celular de los AAbstemios.