Sobrevivientes relatan su reclusión de hace 70 años

Museo japonés recogerá memorias de los campos de internamiento

Bill Shishima cuenta cómo se unió a los Boy Scouts cuando tenía 12 años mientras se encontraba en un campo de reclusión para japoneses-estadounidenses rodeado por alambres de púa, o cómo debía trabajar en un criadero de conejos como forma de ganarse la vida, ya que sus padres no podían cubrir los gastos para mudar a la familia a California después de la Segunda Guerra Mundial.

El maestro jubilado de 81 años contesta las preguntas que desean formularle los grupos escolares, los periodistas de noticias y a veces incluso sus hijos y su nieta de 14 años, pero nunca se sentó a dejar constancia de su historia o la de sus padres, ya fallecidos, quienes perdieron la tienda y el hotel de la familia al ser enviados al campo de reclusión Heart Mountain en Wyoming.

“Mis padres lo toleraron”, dijo. “Nunca hablaron de ello”.

Como ocurre con muchos supervivientes, a Shishima se le ha pedido que escriba sus memorias como a miles de otras personas, antes de que se pierdan con el tiempo.

Setenta años después de que el gobierno de EEUU obligara a más de 110,000 personas a abandonar sus hogares y los enviara a campos de estilo militar ubicados en zonas remotas, el Museo Nacional de Japoneses-Estadounidenses en Los Ángeles comenzó un proyecto de tres años cuyo objetivo es reclutar supervivientes y sus descendientes para que compartan sus historias y fotografías en un sitio en Internet como forma de rescatar este período de la historia.

Existen muchos proyectos que han recolectado historias orales en profundidad sobre las experiencias de los internos en el campo de reclusión. Pero muchos japoneses-estadounidenses han sido reacios a dar un paso adelante y contar sus historias ya que no recuerdan los detalles de la vida en dichos campos o no consideran que esas experiencias tengan peso histórico.

“Los últimos supervivientes están muriendo”, dice Chris Komai, portavoz del museo. “Se trata de hacer este último esfuerzo antes de que todos se hayan ido”.

El gobierno de EEUU emitió una disculpa formal por la existencia de dichos campos, más de 40 años después de la guerra, y promulgó una ley que incluyó compensación a los supervivientes.

En las últimas décadas se ha hecho un gran esfuerzo por conservar las historias de los supervivientes para las generaciones futuras. En Seattle, la organización sin fines de lucro Densho grabó en video más de 600 historias orales de ex internos en campos de reclusión, desde que comenzó con el proyecto hace 16 años. En Hawai, Oregon e Illinois, otros grupos han llevado a cabo proyectos semejantes.

“Cada región tiene una organización u organizaciones que intentan hacer esto”, dice Tom Ikeda, director ejecutivo de Densho. “Se ha realizado y se continúa realizando mucha recolección sobre este tema y existen colecciones increíbles, pero no son muchas las personas que las conocen”.

El museo de Los Ángeles, que se inauguró en 1992 en el barrio de Little Tokyo, tiene unas 300 historias orales. Pero todavía no han sido digitalizadas.

Ese es otro motivo por el cual las autoridades del museo comenzaron con el Remembrance Project (Proyecto Recuerdo), esperando que los hijos y nietos de los internos, con buen dominio de la tecnología, dejaran registro de sus historias en Internet para poder compartirlas.

“Lo principal es que rindamos homenaje para no olvidar nunca”, señala George Takei, actor que protagonizó a Hikaru Sulu en la serie Star Trek, quien es miembro del consejo del museo.

Franklin Odo, exdirector del programa Asian Pacific American del Smithsonian Institution, señaló que siempre se están revelando aspectos nuevos de la vida en el campo de reclusión, citando un reciente documental sobre internos que se escapaban a pescar en las montañas de California.

“Es como el material del Holocausto, de la Guerra de Secesión o de cualquier otra experiencia grande”, señaló Odo. “Cuando pensamos que ya agotamos esas historias, nos damos cuenta que no es así”.

Eso es lo que le ocurrió a Masako Murakami, que tenía siete años cuando su familia fue enviada a un campo de reclusión en Arizona y luego a un centro de segregación en Tule Lake, California porque su padre había indicado en un cuestionario del gobierno que se negaba a jurar lealtad a los Estados Unidos y prestar servicios en el combate militar.

Murakami siempre pensó que las respuestas de su padre, nacido en EEUU, se debían a los vínculos que su familia tenía con Japón. Años más tarde, después de hablar con él, supo que sus respuestas habían sido una forma de protesta.

Su padre murió hace 10 años. Su madre, modista de profesión, murió el año pasado, y entonces, Murakami y su hermana se sintieron obligadas a dejar por escrito lo que recordaban de las experiencias de la familia y las compartieron en Internet.

“En ese momento me di cuenta de que ya ambos no estaban. Sentí que debíamos decir algo, incluso para que mis hijos pudieran conocer la historia, , señaló Murakami, que vive en Monterrey Park y es voluntaria en el museo.