Mujeres, unidas, jamás serán vencidas

Enfundada en un traje negro, sobrio y elegante, la mexicana Irene Castillo, 48, asumió su nuevo rol y las responsabilidades que a él vienen ligadas. "Soy vicepresidenta", señala "y eso requiere un gran compromiso, tiempo y energía".

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Mujeres, unidas, jamás serán vencidas
Irene Castillo es parte de Pasos Dorados, una cooperativa de mujeres que cuidan a personas mayores, junto a las reglas que deben seguir las integrantes: 'Ser solidarias con las personas y sus ideas. Honestidad y no al chisme', entre otras.
Foto: Silvina Sterin

Enfundada en un traje negro, sobrio y elegante, la mexicana Irene Castillo, 48, asumió su nuevo rol y las responsabilidades que a él vienen ligadas. “Soy vicepresidenta”, señala “y eso requiere un gran compromiso, tiempo y energía”.

Irene se refiere a su cargo en Golden Steps, una Cooperativa –formada únicamente por mujeres inmigrantes– que acaba de crear el Center for Family Life para ofrecer servicios de acompañante a personas mayores.

La poblana –quien, en una de las primeras reuniones, dio con el nombre Pasos Dorados– acaba de asumir su posición luego que la Presidenta se retirara por no disponer del tiempo necesario para atender las múltiples cuestiones en la gestación de este proyecto. “Hay que tener paciencia”, acota Irene, “muchas de las mujeres creen que esto les va a dar trabajo ya y no es así. Primero debemos establecer los cimientos de la organización. Por eso comenzamos siendo unas 30 y ahora somos 20”.

Dividida en Comités –al igual que las otras cooperativas que funcionan hace ya varios años en el Centro, una que agrupa a empleadas de limpieza y otra a niñeras– Golden Steps tiene una estructura democrática pero normada.

Hay mucho por hacer hasta que la cooperativa arranque y algunas tareas requieren habilidades empresariales y organizacionales –como cuando Irene, parte del Comité de entrenamiento, logró conseguir que una experta en nutrición de la Universidad de Cornell les diera charlas a las miembros sobre la dieta que debe seguirse en la tercera edad– y otras arremangarse y poner manos a la obra.

“Nosotras, las mujeres, somos las encargadas de todo,” acota, “de tomar las decisiones y también de ejecutarlas”.

En una de las reuniones semanales que mantienen en la sede del Centro para la Vida Familiar en Sunset Park –el vecindario de Brooklyn donde reside la mayoría de las integrantes de la cooperativa– las mujeres acordaron uno de los primeros pasos de mercadeo: la distribución de 800 folletos diseñados por ellas mismas. “Es éste”, dice desdoblando un tríptico sumamente profesional.

“Aquí explicamos ‘who we are; what we do y how we work”, agrega en perfecto inglés –idioma en el que deben manejarse dado que apuntan a una clientela diversa y no exclusivamente latina. Un día hace no tanto, Irene se sacó el traje, se puso ropa cómoda y tenis y recorrió las zonas y barrios que le asignaron. “Me dieron el área del Verrazano, Bay Ridge y gran parte de la 18 avenida”.

Las medidas adoptadas por las mujeres no son al azar y cada iniciativa se basa en estudios realizados por profesionales a los que ellas mismas pagan sacando dinero de un fondo común al que todas aportan mes a mes.

“Los folletos los repartieron por zonas con códigos postales donde hay muchos vecinos de la tercera edad, aquí en Brooklyn y tambien en Far Rockaway”, explica Vanessa Bransburg, coordinadora de las cooperativas en el Centro.

“Ahora estamos intentando llegar a los hijos que necesitan acompañantes para que cuiden de sus padres; aquellos de 50 y pico que tienen a su padre o madre de 80 y quieren alguien profesional y cálido que les lea un libro, el diario o les converse en una plaza”.

En Izúcar de Matamoros, Irene, una enfermera certificada, trabajaba en el hospital Los Angeles del Pedregal. Aquí en Nueva York, ciudad a la que llegó hace 20 años, se ha dedicado a cuidar ancianos, haciéndose cargo de los viejitos como si fueran su familia.

“Cuidé a un señor mexicano que terminó regresándose para morir allí en su tierra”. Mientras espera que le llegue su próximo trabajo –a través de la Cooperativa– se gana la vida limpiando casas. “Sé que es temporal porque ya ha llamado gente interesada para consultar por Golden Steps”, afirma esperanzada.

Con una sonrisa, Yadira Fragoso, 30, una chilanga extrovertida miembro de Sí Se Puede, –la primera Cooperativa que vio nacer el Centro en 2008– le dice a su colega que no claudique, que siempre hay una espera y que luego los trabajos llegan.

“Limpio unas 8 casas y por ahora no puedo tomar más clientes”, dice la muchacha. “Formar parte de una Cooperativa te recompensa todo el esfuerzo”, agrega, “porque profesionaliza nuestro oficio y te protege”. Como ejemplo, Yadira cita que si alguna de las miembros de su cooperativa rompe algún objeto en una casa y el cliente exige pago; son todas las que lo pagan con el fondo común.

Irene y sus compañeras también se nutren de los consejos y la experiencia de las niñeras de la Cooperativa Beyond Care. “Podemos servirles de guía porque nos establecimos hace bastante y porque la dinámica de trabajo es la misma.

Las muchachas de limpieza pueden tomar múltiples trabajos, nosotras las niñeras y las acompañantes sólo uno o quizás dos”, asegura Susana Peralta, veterana de la cooperativa a la que se sumó después de renunciar a un empleo como cajera de un supermercado donde estaba parada durante más de 12 horas y donde cuenta, que “hacía un frío abominable por las neveras”.

La entrevista prosigue y cada cual aporta sus anécdotas pero todas coinciden en el amparo que les brindan las cooperativas y en que, en definitiva, la unión hace la fuerza.

Más informes CFV: (718) 633-4823.