Poniendo vida a la vida

Hernán Gómez, un alumno mío en la Universidad de Houston, me pidió hace un año que hablara de “las etapas del proceso de envejecimiento (así lo llamó) y de los problemas que lo acompañan”, agregando una pregunta: “¿Cuándo se empieza a ser viejo, que se siente y se piensa?”

Le dije a Hernán que intentaría contestarle vía esta columna pero, la verdad, no tenía deseos de hacerlo.

Fue ayer, al cumplir 93 años (sí, cumplí 93), que decidí tratar de hacerlo pese a que dudo que Hernán lo llegue a leer; terminó sus estudios y está de vuelta en San Salvador.

Sé que la edad siempre ha sido un tema sensible para muchos, pero como estoy sumando días a los muchos que tengo y he pasado por todas las edades, creo poder hablar del tema.

Las preguntas de Hernán no tienen una respuesta concreta porque si bien la edad cronológica es una realidad, no todo gira alrededor del paso del tiempo.

La edad se siente, se vive y se piensa solo al ritmo de un calendario, a pesar de que los resultados de todas las posibles combinaciones de tiempo y otros factores son absolutamente personales.

Hay personas de pocos años que se sienten viejas, y lo son, hay otras que cargan muchos años que se sienten jóvenes y lo son, claro, con sus limitaciones físicas.

En la primera etapa, la niñez, existe un deseo de “ser grande” y grande, para un niño, es tener 15 años. No sé por que, solo sé que eso quería yo.

Y a los 15 el fenómeno se repite: Queremos ser más grandes, tener más de 20 años.

Tenemos “nuestras” razones para ello; lo deseamos por la libertad que pensamos esa edad nos va a dar, por las experiencias que nos imaginamos nos esperan, por la impaciencia de que se nos entreguen las llaves del mundo y mil cosas más.

A esa edad la máxima aspiración es llegar a la madurez juvenil, entre 25 y 35, en la que, aun no teniendo nada, si hay salud se tiene todo.

Esa euforia dura hasta el momento, también distinto en cada persona, en que empezamos a desear volver a ser jóvenes; que es indicativo de que creemos ya no serlo.

Y aunque eso puede ocurrir a cualquier edad, generalmente se presenta después de los 35, en que nos acercamos al fantasma de los cuarentas.

Mi recién publicada novela Los Farsantes empieza cuando el personaje central cumple los 40 años y describo lo que siente y piensa al cumplirlos; está tontamente abrumado.

A partir de los cuarenta se está maduro y estarlo es glorioso; presumimos de nuestras primeras canas, pero en el fondo tenemos miedo; por cada día que pasa… queda uno menos.

La vida comienza a los cuarenta, inventó alguien, y no es cierto. La vida empieza todos los días. Lo primero lo escribió una persona para tranquilizarse, lo segundo lo escribo yo que soy un viejo que se empeña en pensar joven.

Y después de los cincuentas viene la etapa en que se enfrentan el pasado y un escaso futuro e incorporamos los recuerdos a nuestro presente.

Los recuerdos no nos envejecen, esos son bellos. Es la añoranza de algo perdido, de algo vivido, de algo que pudimos haber hecho y no hicimos; son actitudes, emociones e ideas las que dan la medida de la edad que esa persona cree y siente tener; es su edad mental.

Por supuesto que existe una correlación entre esta y la edad cronológica, solo que no la podemos medir ni establecer métodos para hacerlo; además es distinta en cada uno.

Y se presentan fenómenos curiosos: Una persona no parecía vieja hasta ayer y ahora lo es. De él decimos: “Se le vinieron los años encima”, como si no los hubiera venido cargando; se cansó de llevarlos a cuestas… Se declaró ser viejo; renunció a creer que ya no lo era…”

Con los años va disminuyendo la capacidad física de las personas, pero aumenta su percepción para colocar personas y hechos en otra dimensión. Los chismes, los maldecires y tantas otras cosas se ven con claridad y con pena; después de los setentas las acciones de las gentes se vuelven transparentes, solo que algunos les cultivamos la idea de que les creemos.

¡Juego de viejos!

El vivir hasta la vejez con una mente joven requiere dominar el difícil arte de vivir, de ser feliz, de saber optimizar los minutos agradables, arte que algunos han aprendido, otros nacieron llevándolo en sus genes y muchos mueren sin haberlo vivido.

¿Cómo se aprende?

¡Poniéndole vida a la vida!

Yo, cuando por motivo de mi trabajo me tengo que levantar muy temprano compenso mi esfuerzo de saltar de la cama contemplando la salida del sol esa mañana -una más en mi vida- y lo disfruto como si fuera el último; trabajo mucho y lo disfruto; y cuando vuelvo a casa lo disfruto y cuando, como hoy, escribo, lo disfruto y cuando no hago nada, lo disfruto; y cuando estoy con mis amigos lo disfruto y más que nada, disfruto la compañía de mi Lucila.

Las cosas desagradables las voy dejando en el camino y… hay muchísimas regadas por ahí.

¿Qué es difícil hacerlo?

Claro que lo es pero es más agradable no andarlas cargando!

Tirarlas permite sumarle años a los años…