Queremos mucho a Quino

Che, Joaquín Salvador, salud. Tremendo despelote se armó estos días en la aldea global: que si yo, Mafaldita, cumplo 50 años en marzo; que no, que la champaña déjenla enfriando en la nevera dos años más. ¡Pavadas!

En todo caso, no se pierden los años que le quitan, o se quita una mujer. Los que yo me quitaba iban a dar donde Susanita, la deliciosa arribista que me hacía la segunda. Y pretendía ocultarme el sol.

Te cuento, Quinito, que el mundo sigue dándose contra las paredes. Vive en un eterno tas-tas, como se dice en el juego de billar.

Este año es una fotocopia del de hace 39 junios cuando te negaste a pintarme más. El mundo, y el hombre, su principal inquilino, siguen siendo un lamentable lapsus. El “bobo sapiens” está sin inventar del todo, como los celulares, desconocidos para nosotros.

Reconocen en la calle que le mejoraste el genio a la humanidad. Le enseñaste a pensar a través de nosotros. Le dibujaste una sonrisa a un mundo que cojea de todos sus puntos cardinales. Podés dar un decrépito parte de misión cumplida.

No te lo había confesado, pero cuando colgaste el pincel me sentí abandonada al pie del altar, ese “mueble” donde millones de viejas pronuncian dos esclavizantes letras: ¡Sí!

¡Pobre liberación femenina en la que la mujer sigue tomándose el poder, pero se niega a salir de la cocina! Repica y anda en la procesión. No aprendemos. El varón domado nos tiene por su cuenta.

Celebro haber nacido de la costilla de un electrodoméstico Mansfield. Me fue mejor que a mi colega Eva hecha por Dios de una prosaica costilla de Adán, un tipo sin glamour al que no le daría ni la hora de ayer. Era imprescindible porque era lo único disponible en el mercado. Con razón era fiel.

A veces me despierto con ganas de darte las gracias por hacerme más famosa que a Borges, Evita Perón y Maradona juntos. Otras veces asumo que deberías darme las gracias.

Como en el cuento del cronopio Cortázar, tu alma es una casa tomada por todos nosotros. A propósito: ¿por qué todos los argentinos no somos iguales al gran Julio?

Si te queda algún ocio disponible en París, contame cómo te has sentido sin tu otro yo, o sea, sin mí. Yo la he pasado fenómeno. Y ahora que editaron “Toda Mafalda” la gente me lee de corrido, como si fuera una novela porno. Algunos opinan que eran mejores tus caricaturas que lo que decíamos. Tomalo como el mejor piropo. (Me asilo en este paréntesis para hacerte una confesión: Padecía angustia existencial cuando los demás pibes decían cosas más ingeniosas que yo. Aunque la gente sigue poniendo en mi boca cosas que nunca dije. Eso nos garantiza la inmortalidad).

Antes de despedirme, me alegra saber que nunca fuimos peligrosos para la salud, como Homero Simpson y sus desadaptados. Por esto nada más valió la pena vivir. Si nos encontramos en la calle, no cambies de acera, che.