Género mal tallado

La igualdad no es una propiedad lingüística. ¿Por qué, si no, en “los niños” se incluye a “los niños” y “las niñas” pero en “los toros” no a “los toros” y “las vacas”? El asunto viene a cuento de la preocupación por hacer explícita la presencia de la mujer en circunstancias en que aparentemente esto no pasa: “¿Por qué en “los padres” tienen que estar representadas también “las madres”?”, se preguntan muchos, y muchas. ¿Qué tiene una “vaca” que no tenga una “mujer”? O una gallina, porque en “los gallos” tampoco se incluye a “las gallinas”.

La sociedad no comprende bien la formación del género de las palabras porque ni es sencillo ni se enseña. Lo que heredamos en nuestra lengua no es, por poner un caso común, “niñ” sino “niño”. La naturaleza del español requiere de un acabado con “a”, “o”, “e” o “consonante”. Palabras como “ahora” y “niña” son ejemplo de palabras construidas con el formante de palabra “a”. De ahí a interpretar la “a” como símbolo exclusivo femenino hay mucho trecho. Con el primer ejemplo ni lo intente: es un adverbio. No hay que obsesionarse con las terminaciones.

En la frase “los niños están ahora mejor preparados”, “las niñas” sobreentendidas en “niños” -si las hubiere- NO tienen presencia física: irrefutable. Están en la inclusa. “Los niños” tampoco las tienen todas consigo, porque, si no, no diríamos “los niños varones duermen más”. Con la exactitud necesaria de “varones” se cubre la falta de explicitud de “niños”. Así es, los varones están casi tan precariamente representados como las féminas.

Si coordinamos “el niño y la joven” no podremos obtener “los niños”, mientras que si “niño y niña” pueden ser “niños” es que comparten su matriz: “los niños” es síntesis de un acto de indiferenciación. Lo de añadir “os” es solo el procedimiento técnico.

La redundancia no es una propiedad lingüística. Pero los humanos pueden hacer uso de ella mientras aguante el temperamento, y el gusto: unos más que otros y más unas que otras. Entre las propiedades de la lengua, la de oficiar de vitrina de la vida es de las más importantes. Así sabemos que detrás de la metáfora “visibilidad de la mujer” permea tufillo anglosajón. Ya no hará falta esforzarse por entender la determinación precisa de las cosas, bastará simplemente con “hacerlas visibles”. Nos dice bastante de la sociedad en que vivimos y de lo mucho y mal que se lee en inglés.

La buena explicitud se aparta de la mala educación: se apoya en hacer lo justo, de justicia y de justeza; por ello, si quisiéramos acelerar el discurrir de la lengua, habría que hacerlo ganando y cediendo en algo. Desterrar el “visible” plural “trabajadoras”, aunque sorprenda, sería una buena acción porque “trabajadores” se desmarcaría del (falso) problema genérico de “niños”. Bastaría con “las trabajadores” ya que no hay “trabajadoros”. Problema y solución están claros. Decirlo es gratuito; practicarlo, absurdo.

Vayamos a los toros. Si “las vacas” no caben en “los toros” habría que prohibirlos. Ofende -siempre comparar es odioso- que “las mujeres” sí tengan que caber en “los hombres”. Y la diferencia no puede deberse a cuernos ni a ubres. ¿Por qué “las mujeres” no pueden ser como “las vacas”? Que me lo expliquen. Esto es lo que la sociedad demanda, y esto es lo que la RAE no contesta, ni entiende.

Para tener razón hace falta algo más que querer tenerla o creer tenerla. “Las vacas” no son como “las mujeres” por razones que aquí no vamos a explicar. A ver si lo averiguan.