ZONA DE JUEGO: El burro hablando de orejas

Habla de moralidad, de ser justo, de no engañar, de no excederse, de no tomar ventaja del prójimo.

Su doctrina pareciera estar basada en la moralidad absoluta, y los valores que quiere infundir entre su séquito rayan en el puritanismo.

“No a las trampas”, dijo hace poco.

En un apasionado discurso, explicó que la persona que quiera pertenecer a su institución se debe de apegar a los lineamientos de honorabilidad que, según dice él, profesa y practica.

El líder moral del equipo de futbol más popular de México, de un club al que la devoción de sus seguidores se compara sólo con la entrega de feligreses a una religión, quiere hacerse pasar como un santo, pero está lejos de serlo.

Cuando el delantero del Guadalajara, Érik Torres, fingió una falta para que el árbitro cobrara un penalti a su favor, el dueño del cuadro tapatío enfureció.

El propietario de las Chivas sintió que el alma se le salía del cuerpo cuando el entrenador de su equipo, Ignacio “Nacho” Ambriz, felicitó a Torres porque su acto de picardía le dio la victoria.

Desde entonces el jerarca del Rebaño Sagrado, Jorge Vergara, se la ha pasado dándose golpes de pecho.

Ya me lo imagino decir: “Mea culpa… mea culpa“, mientras pide al Todo Misericordioso que perdone los pecados de sus chavos.

Peor se puso el asunto cuando, hace unos días, Vergara se enteró que sus súbditos osaron subir al autobús del equipo una docena de cervezas.

Pecado capital, inmoralidad imperdonable… ¡y zas! que le corta la cabeza a su jefe de Seguridad por permitir tan terrible indisciplina, aun cuando los muchachos actuaron con autorización del cuerpo técnico.

Jorge Vergara fustiga a aquellos que hacen trampa, que no siguen las reglas, que no se ajustan al orden lógico de una normatividad establecida.

¡Ah!, pero él sí puede ser tramposo y alevoso con los aficionados de Chivas.

Aprovechando el Súper Clásico contra las Águilas del América que se jugará el domingo en el Estadio Omnilife, Vergara duplicó el costo de las entradas.

Eso sí es ser tramposo.

Los precios establecidos no pueden fluctuar al gusto y libre albedrío del señor Vergara.

En Estados Unidos, cuando inician las temporadas de beisbol, de futbol americano, de basquetbol, los precios de los boletos se mantienen igual durante toda la temporada, independientemente de cuál sea el rival en turno.

Subir los precios para explotar la ansiedad de los aficionados por ver un Clásico entre Chivas y América es un acto de rapiña en contra de un pueblo que hace inmensos sacrificios para distraer parte de su presupuesto semanal en comprar un boleto para asistir al estadio.

Aprovecharse de esta manera de la clientela no sólo conlleva el calificativo de tramposo, más allá de eso, se trata de un acto de deslealtad en contra de aquellos que tienen poco, de aquellos para los que asistir a un partido de futbol equivale a darse un lujo.

Subir el precio de los boletos aprovechando el hambre de ver el Clásico es sinónimo de trampa, pillaje y deslealtad.

Tirarse dentro del área para buscar un penalti a favor es sólo eso: un acto de picardía.