Él se va, la guerra no

En lo que va del 2012 y hasta el 31 de marzo, según se reporta en la prensa, en México ha habido 2,940 muertes atribuidas al conflicto entre grupos del crimen organizado o entre estos y las fuerzas del Estado. Esa cifra trimestral ya es superior a la registrada en todo 2007, el “año uno” de la campaña del calderonismo contra los carteles de la droga. De mantenerse la tendencia, al final de 2012 la macabra cifra podría rondar los 12 mil muertos, número apenas inferior al del año anterior, (datos del “Ejecutómetro” publicado por Reforma). Tomando las muertes como indicador, se puede concluir que en los últimos dos años la intensidad de esta lucha no ha variado. Así, lo que Felipe Calderón asumió desde el inicio como la tarea central de su ejercicio del poder, se queda como capítulo abierto, sin visos de cuándo y cómo finalizará.

La Cara Brillante. En la inesperada evaluación de su sexenio que Calderón hizo el 28 de marzo ante un auditorio formado por 10 mil empleados públicos que no laboraron para ir a escucharlo en el Auditorio Nacional, puso como el primero de los dieciocho logros sustantivos de su gobierno -gobierno al que calificó de humanista aunque sin definir el concepto-, la lucha contra el crimen organizado. De acuerdo con Calderón, al asumir el poder en diciembre del 2006 la situación de la seguridad en México era muy grave, pues los delincuentes ya se habían hecho con el control de varias regiones. De no haber lanzado en contra de esos delincuentes a todas las fuerzas armadas del Estado -Ejército, Armada y Policía Federal-, la sociedad mexicana estaría hoy “arrodillada frente a los criminales”. Prueba de lo adecuado de esa decisión y de su implementación es que de los 37 criminales más buscados en 2009, 22 ya están muertos o en prisión y adicionalmente han caído dos centenares de cabecillas locales. Finalmente, la débil Policía Federal del 2006 -esa que apenas contaba con seis mil efectivos- ya es fuerte en 37 mil efectivos, un aumento del 616%. Además, estos nuevos policías son cualitativamente distintos de sus antecesores, pues según el informe, ahora responden a “rigurosos estándares internacionales” de calidad. El corolario de todo lo anterior es que el siguiente gobierno ya podrá hacer planes para regresar la paz a las calles y campos de México y el Ejército a los cuarteles. En suma, desde “Los Pinos”, el panorama de la seguridad luce hoy francamente alentador, al punto de que casi se puede exclamar: “misión cumplida”.

Contraparte. El discurso sobre el legado no consideró necesario examinar la otra cara de la moneda, pese a que cada uno de sus puntos tiene una contraparte indispensable para el balance final. De entrada, Calderón no mencionó el costo en sangre de su estrategia, descrita y defendida como la única posible. Nada dijo de los caídos en fuego cruzado o confundidos con criminales; no se mencionaron las violaciones a los derechos humanos, tampoco se mencionó que cuando cae un capo surgen otros ni que tan sólo en 2011 cerraron 160 mil negocios como resultado de la violencia, (cálculo de Coparmex, Reforma, 4 de abril), tampoco que el número de carteles no ha disminuido sino aumentado y que dos de ellos -el de Sinaloa y los Zetas- son hoy más fuertes que antes. Al respecto, el Centro de Inteligencia sobre Drogas del Departamento de Justicia de Estados Unidos, publicó un reporte en 2010 (National Drug Threat Assessment) donde se señala que “la influencia de las organizaciones de narcotraficantes mexicanas, que ya son dominantes en la venta de drogas al mayoreo en Estados Unidos, sigue aumentando, básicamente a costa de las organizaciones colombianas”, (p. 9). Finalmente, y pese a las acciones del Gobierno, México es hoy el líder en la producción de anfetaminas en el hemisferio (El Universal, 31 de marzo).

El Mercado. El resultado de la estrategia calderonista en la lucha contra las organizaciones de narcotraficantes se debe juzgar no solo por los capos y sus colaboradores eliminados, sino por su efecto final y resulta que aquí las cifras no corresponden al triunfalismo que dominó en el Auditorio Nacional. En el World Drug Report 2011 de la Oficina de Naciones Unidas sobre Drogas y Crimen (Nueva York, 2011) se ofrecen una serie de datos y gráficas que muestran que entre los últimos años del siglo pasado y la primera década del actual, el número de consumidores de drogas a nivel mundial -los cálculos fluctúan entre 149 y 272 millones de personas- se mantiene estable. Y al examinar las cifras de producción de drogas -opio, cocaína, marihuana, metanfetaminas- se llega a la misma conclusión: el mercado se mantiene estable (pp. 13-22). Entonces, si todo permanece más o menos igual en el mercado, ¿cuál ha sido el efecto práctico del esfuerzo supuestamente desplegado por México en la lucha contra el narcotráfico?

Si el mundo externo se muestra inmune al empeño calderonista, ¿qué decir del mercado interno? Según la Encuesta Nacional de Adicciones de 2008 publicada por la Secretaría de Salud y que midió las adicciones entre los mexicanos de 12 a 65 años de edad, había 429 mil personas que se podían considerar adictos a una o más de las drogas declaradas ilícitas, pero los consumidores esporádicos casi llegaban a los cuatro millones (pp.89 y 93). Los resultados de la última encuesta, la levantada el año pasado, no están disponibles, pero en su informe Calderón aseguró que las cifras seguían casi sin variación, justo como las tendencias mundiales. ¿Sin variación la producción y el consumo externo e interno a pesar de que ya para 2010 los gastos en seguridad habían aumentado en siete veces respecto del sexenio anterior para casi llegar a los 200,000 millones de pesos? (México Evalúa, Centro de Análisis de Políticas Públicas, “El gasto en seguridad”, 2011, pp. 4-5, México, junio, 2011). Entonces, ¿mucho ruido y pocas nueces?

En el discurso del 28 de marzo, se señaló que en este sexenio se había invertido dos veces más que en el sexenio de Vicente Fox en prevenir y tratar las adicciones a las drogas y que se habían creado “casi 330 Centros Nueva Vida” en todo el país. Ahora bien, comparado este incremento del gasto público con el que se ha efectuado en los aparatos de seguridad, no es gran cosa. Y es que si dividimos esos centros entre el número de consumidores ya adictos a las drogas, el promedio es de un centro por cada 1,300 adictos, y si a esa cifra se le añade una fracción de los cuatro millones de consumidores esporádicos, entonces se ve que la parte no violenta de la lucha contra el narco no es, ni de lejos, lo que debería o podría ser. Ahora bien, las mejores armas contra la drogadicción no son los centros de tratamiento sino las medidas que ayudan a prevenirla, es decir, educación y empleo de calidad. Y en esas dos arenas no se han hecho grandes avances.

El “Factor Americano”. Como si no fueran suficientemente complejas las aristas internas del problema, hay que añadir otra: la del “factor americano”. Y este no sólo consiste en la imposibilidad de México para actuar sobre las causas de la demanda de drogas en Estados Unidos o de la facilidad con que los narcotraficantes de aquí se hacen de armas allá, sino que la incapacidad de las autoridades mexicanas para mantener la seguridad interna hace de este problema un tema de la agenda norteamericana. Ejemplo de lo anterior lo ofrece un artículo de Robert D. Kaplan, aparecido justo cuando Calderón dio su discurso en el Auditorio Nacional. Ese día, en el sitio web de Stratfor, la empresa norteamericana especializada en estudios de inteligencia, publicó Mientras la atención se centra en Siria, México arde (With the focus on Syria, Mexico burns). La tesis de Kaplan es simple: el Gobierno y la sociedad norteamericanos están obsesionados por los acontecimientos en Siria, pero justo al lado, en México, la violencia crece, la estrategia del Calderón no está dando resultados y los intereses geopolíticos norteamericanos en el país vecino son mucho más importantes que los que están en juego en Siria. En realidad, afirma Kaplan, “ayudar a México a estabilizarse… es más urgente para el interés nacional [estadounidense] que estabilizar a las sociedades del Gran Medio Oriente”. Cuando lo que sucede en México deviene elemento “urgente” para el interés nacional de Estados Unidos, la soberanía de nuestro país, siempre relativa, se torna aún más vulnerable.

La lucha inconclusa contra el narcotráfico va a ser una de las peores herencias que deje el Gobierno que acaba al que venga. Y pese a lo dicho por Calderón, en materia de seguridad México no está mejor que hace seis años.