Zapatos con alas

Las semanas santas de mi infancia me duelen en los dedos de los pies. En esa época estrenábamos de pie a cabeza. En las procesiones, algunas bajo el calor infernal del mediodía, había que domar los zapatos nuevos trepando empinadas faldas.

Los nuestros eran “zapatos con alas para descansar caminando”, pregonaban los creativos publicitarios. Pero una cosa es la publicidad y otra un viacrucis con los dedos estrangulados.

Pero no hay felicidad completa: paralelo al estreno anual, sabíamos que el menú semanasantero incluía pescado salado, puesto a secar al sol como una bandera derrotada. También despachábamos desabridas sardinas enlatadas que naufragaban en un mar de salsa de tomate. Desde entonces, tengo una nada cordial discrepancia con el pescado.

Entonces “no se conocía coca ni morfina”. La fe del carbonero era nuestro maná teológico. Creíamos a pie juntillas y punto. Cero parrandas santas. Nadie pensaba tomar pecaminosas vacaciones. Vivíamos en una deliciosa patria boba espiritual y religiosa.

Nacíamos y ya estábamos sobregirados en pecados cometidos por otros (el dueto Adán-Eva). Desde que me desconozco ando con la culpa a cuestas.

Nos metían a Dios por aire, mar y tierra. No envidiaba al Dios de semana santa porque la pasaba mal: terminaba con el INRI del crucificado. Con el tiempo y un palito me gustaría más el Cristo del Corcovado de Rio que vive en un eterno carnaval. Rico ser Dios así. Prefiero el relajado Cristo carioca al maltrecho de san Cayetano.

Animaba las procesiones el párroco Hernando Barrientos a quien sus adoradores y adoratrices están empeñados en treparlo a los altares.

Barrientos se llevó a la tumba mis monótonos pecadillos que no daban para cinco minutos de purgatorio… Cuando existía, claro, porque algún Papa en buena hora decidió que ese caluroso lugar es una calurosa ficción.

Mis pecados incluían enamorarme de una sonrisa -sin gato- de diez años, quebrar bombillos, juntarme con malas compañías, jugar futbol hasta tarde, pelear con mis hermanas, o asaltar el escaparate materno o la tienda del abuelo para financiar el cine dominical en glorioso blanco y negro, su principal ingrediente.

Sospecho haber dicho -con vestido distinto- que las mujeres, incluidas mi abuela y mi madre, se confesaban con el cura Barrientos para estar cerca de semejante “estampa de hombre”. Era la única infidelidad que se regalaban. De resto fueron fieles al monótono menú sexual doméstico.El párroco sacaba del anonimato los Jueves y Viernes Santos. En el sermón del viernes ponía tanta vehemencia que cuando decía que a la muerte de Jesús el “velo del templo se rompió”, desde la sacristía le daban la razón desatando una orgía de rayos y centellas. Nosotros nos refugiábamos en nuestras madres.

Tremendo actor, Barrientos nos hacía creer que lo mismo había sucedido en tiempos de Jesús. Más de una lágrima rodaba por los castos cachetes de Barrientos. Le poníamos papel carbón a esas nada furtivas lágrimas.

Sentíamos en carne propia los sufrimientos del Galileo. Hasta ganas me daban de remplazarlo para aligerarlo de la pesada cruz. Pero me aguantaba las ganas de ofrecerme. Cobarde de profesión, el dolor no ha sido mi fuerte. No vine a pasarla mal en este acabadero de ropa llamado mundo.

Terminaba la Semana Santa, y a esperar otro año para estrenar y domesticar otros zapatos. Y para comer el detestable pescado seco que nos hacía dudar de la existencia del viento. Y de Dios.