Imagen marcada para siempre

Las imágenes de Los Ángeles ardiendo en llamas, saqueada, devastada, sin control, le dieron la vuelta al mundo
Imagen marcada para siempre
La portada de 'La Opinión' del 30 de abril de 1992 da fe del sorprendente veredicto y de la reacción inmediata.
Foto: Archivo / La Opinión

El 29 de abril de 1992, Los Ángeles explotó en furia. Dos horas después que un jurado absolvió a los cuatro policías que fueron filmados cuando propinaban una brutal paliza al motorista afroamericano Rodney King, el sur de la ciudad se convirtió en un campo de guerra. Por tres días reinó el caos.

Las imágenes de una metrópoli ardiendo en llamas, saqueada, devastada, sin control, le dieron la vuelta al mundo. La Meca del Cine se volvió escenario de uno de los peores disturbios en la historia del país, dejando un trágico saldo: 55 muertos, cientos de heridos, miles de arrestados y daños materiales calculados en 1,000 millones de dólares.

Hubo más de 3,500 incendios. Fue necesaria la intervención de la Guardia Nacional para restaurar el orden, algo que a punta de pistola intentó hacer un grupo de comerciantes asiáticos.

Veinte años después la herida no ha cicatrizado del todo. Los Ángeles aún trata de sacudirse el estigma de ciudad violenta, plagada de pandilleros, con una Policía que hostiga a las minorías y un pueblo que, sufriendo las mismas desigualdades sociales de aquel entonces, vive en tensa calma.

Y es que la golpiza que recibió King no fue el único detonador de los disturbios. La pobreza, el alto nivel de desempleo, los constantes abusos policíacos, el bajo nivel académico, la inseguridad y otros problemas que predominan en el Sur de Los Ángeles encendieron la mecha en 1992, coinciden expertos.

“Ya no vemos los incendios por toda la ciudad, sino que hay un fuego controlado en nuestra comunidad”, afirma el concejal Eric Garcetti, en referencia a la crisis económica que ha golpeado con fuerza esa zona de Los Ángeles. “Cuando conmemoramos 20 años de los disturbios, tenemos que reconocer que 20 años después tenemos más de 100 mil empleos menos y que tenemos 700 mil residentes más”.

Aquel 29 de abril de 1992 la gota que derramó el vaso fue el veredicto de un jurado integrado mayormente por blancos, que declaró inocentes a los agentes que golpearon salvajemente a King un año antes, luego de una persecusión en carretera a alta velocidad. King, un delincuente bajo libertad condicional y que conducía bajo los efectos del alcohol, se negó a detenerse.

Horas más tarde, la violencia empezó a asomarse en la esquina de las avenidas Florence y Normandie, donde un chofer blanco, Reginald Denny, fue agredido sin piedad por un grupo de jóvenes negros. El ataque también fue grabado en video, desde el helicóptero de un canal de televisión.

Denny, quien fue rescatado por un vecino negro, se convirtió en la víctima más famosa de los disturbios.

Al día siguiente, cuadras enteras ardían por incendios provocados; mientras el pillaje, los ataques a peatones inocentes y balaceras elevaba el desorden. La Policía, criticada por responder tarde a la revuelta, optó -rebasada por la multitud- por proteger a los camiones de bomberos que luchaban por sofocar los múltiples fuegos.

“¿Podemos llevarnos bien todos?”, pedía King con voz temblorosa en el tercer día de disturbios, cuando prevalecía la Ley de la Selva en la ciudad, obligando a la cancelación de eventos deportivos y musicales.

Al cuarto día, con la presencia de cuatro mil efectivos de la Guardia Nacional, todo volvió paulatinamente a la normalidad. El Departamento de Justicia inició una investigación sobre el caso King.

De los negocios reducidos a cenizas en la revuelta de 1992, actualmente en el Sur de Los Ángeles, se observan locales abandonados por la debacle financiera y calles debastadas por el déficit municipal.

“Ustedes pueden ver la cantidad de inversión que se hace en esta zona”, comentaba con sarcasmo una joven que esta semana guió un recorrido por los vecindarios destruidos hace dos décadas, cuando una caravana de 10 autobuses pasaba por la fracturada avenida Vermont, una de las áreas donde más se registraron fuegos y rapiña.

“A décadas de esos difíciles días de abril, Los Ángeles cambió de vida? es una ciudad diferente, mejor”, aseguró por su parte el alcalde Antonio Villaraigosa, resaltando una caída del 70% en crímenes violentos de 1992 a 2012, un cambio de rostro y actitud de la Policía angelina, y la construcción de 30 escuelas que han permitido reducir la superpoblación en las aulas.

“La violencia que brotó entonces nos dice que no podemos cumplir las promesas como ciudad si dejamos atrás a los vecindarios, si las comunidades sienten que la prosperidad y las oportunidades no se pueden alcanzar”, continuó el funcionario.

Pero residentes y analistas no han notado tanto esas mejorías, más allá del abrumador crecimiento de los hispanos en los barrios que renacieron al consumirse las llamas (ahora conforman dos tercios de la población; en la década de 1990 los negros representaban la mitad de los habitantes).

“Lo que no ha cambiado es la pobreza extrema, la falta de oportunidades educativas, no hay trabajos”, menciona el escritor de origen salvadoreño Randy Jurado.

En el vecindario de Harvard Park, por ejemplo, la mayoría de las familias sobreviven con 20 mil dólares anuales o menos, por debajo del nivel federal de pobreza; al tiempo que gran parte de sus residentes (casi 2,700 personas) no concluyeron sus estudios de preparatoria.

“Te tienes que ir del surcentro para encontrar empleo, es poco lo que ha mejorado”, insiste Jurado.

Ese, el fuego de la marginación, es el que sigue ardiendo en el Sur de Los Ángeles.