Al libro con amor

Al libro hay que buscarle el punto G., su zona de tolerancia. Como la mujer amada, el libro se deja acariciar, morder la oreja.

Hay que verlo, oírlo, olerlo, gustarlo y palparlo. El libro, como los obstetras, está disponible las 24 horas del día y de la noche.

Un libro nuevo es un amigo que acabamos de conocer. No pise la yerba, ni se la fume: regale un libro, o cámbielo por otro. O déjelo abandonado en algún parque o en el bus para que lo lea otro prójimo. (Yo dejé las Memorias de Adriano que volví a comprar, claro).

Como una mujer difícil, el libro se entrega a cualquier hora. Siempre dice sí. Anda con el colchón debajo del brazo. La expresión no es ajena a su espléndida generosidad.

Dime que lees y te diré de qué color son tus sueños.

Como en toda sede de una feria, por estos días Bogotá es un libro abierto en primera página.

La invitación es a armar paseo y darse su rodadita por la feria internacional, Filbo 25 años, esta vez con el lujurioso y fértil Brasil como invitado de honor.

En la mujer y en el libro se debe reincidir. La página es la piel del libro.Como la mujer fatal, el libro no tiene presa mala: donde se le toque sale –o se lee- un misterio. El libro, como ella, tiene el sexapil regado por todas partes.Para un libro, una feria es como el festival de Cannes para un can.O como un reinado de belleza para una diva de teléfono estético 90-60-90.

En estos eventos los libros se ponen sus mejores galas para “poderse presentar decentes en la escena del mundo”, dicho sea con mi pariente Bécquer (Claudio Domínguez Bastida).

Qué bueno que lo atracaran a uno al revés y le dijeran: “¡Manos arriba. Esto es un regalo!”. Y lo atragantaran de best-sellers.

Los libros, como los buenos amigos, no pasan cuentas de cobro, no dan puñaladas traperas, no dan besos de Judas, no piden que les sirvamos de fiadores para alquilar un apartamento.

No ponen “conejo” (negar la cuenta) como hicieron en Cartagena los gorilas que cuidan al presidente Obama.Los libros se interesan en “desanalfabetizarnos” y sanseacabó. Qué emoción tan amarilla cuando se le mete el diente a un libro. (Por el color amarillo se podría cometer asesinato, dicen que decía Van Gogh).

Quienes me han robado libros tienen todo el tiempo de la feria (solo hasta el 1 de mayo) para que me los devuelvan. Ni un día menos. Los recibiré con abrazo rompecostillas.

Eso sí, no devuelvo libros robados. ¿Cómo devolver los libros de Gay Talese, quien pasó por la feria bogotana con su elegancia de hijo de sastre?

A un buen libro regalado no se le mira el diente. Se lee despacio y con buena letra para que no se acabe pronto el gustico. Y punto.

Si es malo el libro, convirtámoslo en “regalo caminante” y endosémoselo a otro. Como esas licuadoras que van de matrimonio en matrimonio de medio pelo.

Mundo sin libros, rostro sin pecas, cielo sin estrellas.

¿Qué pasaría si alguna vez tomaran vida todos los personajes de los libros que nos acompañan?

Se podría establecer un símil entre el mar y una biblioteca. El mar son gotas tomadas de la mano. Las bibliotecas son lo mismo, pero con libros en el papel de gotas.

Borges decía que valió la pena vivir por libros que leyó, no por los que escribió.