Los disturbios de LA, un parteaguas

Pilar Marrero vivió muy de cerca el momento que cambió a la ciudad de Los Ángeles
Los disturbios de LA, un parteaguas
Dueños de negocios trataban de controlar las llamas de manera rudimentaria, mientras los saqueos y la destrucción crecían.
Foto: Emilio Flores / La Opinión

El 29 de abril de 1992, a media tarde, se prendió la mecha que llevaba mucho tiempo empapada de gasolina en la ciudad de Los Angeles.

Ese día, poco después de las 3 p.m., un jurado formado en su mayoría por anglosajones del suburbio de Simi Valley dió un veredicto de inocencia en caso de cuatro agentes del Departamento de Policía de Los Angeles (LAPD) juzgados por una brutal golpiza a Rodney King, un conductor negro detenido el año anterior por los agentes en el area de Lake View Terrace.

Todo el mundo había visto entonces el video de George Holliday, un vecino de la zona, que con una cámara casera capturó la golpiza a King y la entregó a la televisión local, KTLA Canal 5, que la transmitió en un noticiero nocturno de marzo de 1991.

Esa imagen borrosa y en claroscuro, que muestra a un grupo de policías rodeando a un hombre que se agita, trata de levantarse y gatea erráticamente,mientras le caen sobre el cuerpo y la cabeza patadas, golpes eléctricos y más de 50 macanazos, sacudió a Los Ángeles hasta sus cimientos y resumió décadas de tensión entre policía y comunidad.

Cuatro agentes habían sido acusados criminalmente por asalto y abuso de autoridad. Un sargento, Stacey Koon y tres patrulleros: Laurence Powell, Timothy Wind y Theodore Briseño fueron juzgados, pero no en Los Ángeles. La defensa pidió un cambio de sede debido a la intensidad de sentimientos sobre el caso en Los Ángeles. El caso de juzgó en Simi Valley, un suburbio blanco y conservador del condado de Ventura.

El 29 de abril de 1992, se dió el veredicto: no culpable para los cuatro. Lo que ocurrió esa tarde, pocas horas después del veredicto y durante los siguientes 5 días es un fenómeno conocido como los “LA Riots” o los disturbios de Los Ángeles.

Miles de personas, en su mayoría afroamericanos y también latinos, se lanzaron a las calles en una reacción violenta que resultó en la muerte de 53 personas, 2000 heridos y 1000 millones en perdidas ecónomicas por destrucción, incendios y saqueos en el sur.

La peor violencia de ese día tardó un par de horas en generarse luego del veredicto en el lejano suburbio del condado de Ventura.

Yo era reportera de asignaciones generales y a las 5 de la tarde acudí a cubrir una protesta frente al viejo Parker Center, el antiguo cuartel general del LAPD.

Eran otros tiempos, sin Internet, sin Twitter, sin teléfonos celulares ni cámaras en cada aparato electrónico a nuestra disposición. A lo sumo una grabadora de mini cassette. Si hubiera sido hoy tendría imágenes en mi cuenta de You Tube y Facebook. Los documentos que tenemos se los debemos principalmente a la televisión pre era digital.

Como eran las cosas entonces lo que tengo es mi memoria y algún artículo en microfilm recordándome la ira de los manifestantes, que venían a cobrarle al LAPD y a su jefe de entonces, el arrogante Daryl Gates, todas las injurias cometidas en su carrera policial, más a tono con el estilo del “viejo oeste”, que a un jefe policial moderno en una ciudad multiracial.

Para que Los Ángeles llegara a tener un departamento policial más a tono con los tiempos tendrían que pasar por lo menos 10 años y muchas reformas a una institución muy apegada a su imagen de la serie “Dragnet” de los años cincuenta. El profesor Rudy Acuña, historiador del mundo chicano los llamaba “la pandilla de azul” (the gang in blue), por el color de su uniforme.

El LAPD tenía una relación tensa con las comunidades minoritarias de Los Ángeles desde tiempos inmemoriales. Aún cuando el ex policía afroamericano Tom Bradley era el alcalde desde 1973, esa relación seguía tan dificil como siempre. Las acusaciones de excesiva fuerza policial se multiplicaban pero rara vez resultaban en consecuencia alguna para la policía. Los líderes políticos de Los Ángeles no se atrevieron por años a tocar a Gates porque el paranoico y agresivo jefe mantenía archivos secretos sobre las actividades personales de muchos de ellos: un J. Edgar Hoover de los años ochenta.

Para el momento de los “riots” la relación entre Gates y el alcalde Bradley estaba tan deteriorada que no se hablaban.

Entre las 5 y 6 de la tarde llegó la noticia –por radio- de que algo grave estaba ocurriendo en el sur de Los Angeles, el “surcentro” como le llamábamos entonces, la policía se enfrentaba con una creciente multitud de manifestantes cada vez más violentos.

En el Parker Center, a dos cuadras del tribunal criminal –donde no había sido el juicio, pero donde se tendría que haberse llevado a cabo, en vez de ser movido a Simi Valley en busca de “objetividad”- y a una cuadra de City Hall, las cosas se caldeaban cada vez más. Los manifestantes gritaban consignas contra el LAPD y el jefe Gates y se acercaban cada vez más a la puerta del viejo edificio, tan obsoleto y manchado como el departamento que lo contenía. Comenzaron las pedradas contra las ventanas del edificio y un grupo arrancó y prendió fuego a una caseta en la que a diario se apostaba un vigilante en la entrada del estacionamiento del edificio. La situación se volvió cada vez más inmanejable.

De pronto salió una armada de policías antimotines, cubiertos por su traje especial, sus cascos, sus escudos, sus bastones y macanas y sus armas de fuego y rodearon el edificio. En vez de calmarse, la manifestación se enardeció. Los anti motines avanzaron y todo el mundo empezó a correr.

En la esquina de Florence y Normandie, a pocas millas de distancia, grupos enardecidos atacaban a los motoristas que pasaban. Un camionero anglo de nombre Reginald Denny y un conductor guatemalteco de nombre Fidel López fueron agredidos y atacados con furia. Las minorías pobres se volcaron contra otros de su misma clase en un intento desesperado de atención y descarga. La tensión entre la creciente comunidad coreana y los afroamericanos, y los latinos surgió a la superficie y explotó en agresión

Durante cinco días, Los Ángeles ardió, fue saqueada y ocupada por la Guardia Nacional.

Cuando pasó el polvo quedó una gran destrucción y se inició un largo proceso de evaluar, reformar y reconstruir la fibra de la ciudad. Daryl Gates perdió su trabajo como jefe y pasó a ser parte del polvo de la historia. Al año siguiente caería en desgracia y en retiro –por otras razones- el alcalde Tom Bradley. Líderes de la ciudad evaluaron las fisuras y encontraron la necesidad de una policía más diversa y moderna, más responsable de sus actos.

Fueron años de crisis para la ciudad y los golpes contra Rodney King nos llegaron a todos.

Unos meses después, el Departamento de Justicia, presentó cargos federales contra los policías y un nuevo juicio se llevó a cabo, esta vez en Los Ángeles. Allí pasé cuatro meses escuchando los testimonios y viendo el famoso video de Rodney King varias veces al día.

Al final, dos de los policías, Koon y Powell, fueron hallados culpables de violar los derechos civiles de Rodney King y condenados a servir 30 meses en prisión federal. Los otros dos policías fueron absueltos.

La ciudad de Los Ángeles jamás volvería a ser la misma. Y el cambio sería para bien. El caso Rodney King y los disturbios fueron el parto. La ciudad de hoy, lejos de ser perfecta, es el producto ya adulto, mejor avenido y más harmónico de una metrópolis multirracial.