Obama en Redwood City: más que votos, dinero

Es el primer presidente que visita la ciudad en 80 años.
Obama en Redwood City: más que votos, dinero

REDWOOD CITY.— ¿Apoyando o protestando? “Pues, las dos cosas” contesta José Sandoval, vestido con la eterna playera turquesa de Voluntarios de la Comunidad y llegado de San José para ver desde afuera el arribo de Barack Obama a Redwood City, el miércoles 23 de mayo.

El presidente de Estados Unidos llegó a la Península con unas cuantas horas de retraso: estaba previsto que se presentara en el teatro Fox de Redwood City a las 6 de la tarde pero recién cerca de las nueve comenzó su discurso.

Sandoval y cientos de personas se congregaron en las calles cercanas al Fox con el fin de ver, aunque sólo fuera de lejitos, al presidente. Sin embargo, para verlo de verdad había que desembolsar un mínimo de $250. Para tomarse una foto con él, siete mil quinientos. Y no al aire libre sino dentro del teatro, previo control de tickets por parte de la autoridad.

Así que la puesta en escena semejaba esa paradoja del 99 y el 1 %: de “este lado” de las barreras policiales, manifestantes del Tea Party, de Occupy, familias latinas sencillas, estudiantes asiáticos, gente afroamericana, muchachos en bici. Del lado “de adentro”, a espaldas de los policías firmes y con cara de póker, parejas jóvenes vestidas de fiesta, políticos locales, bellas mujeres enjoyadas y señores con ropa de ejecutivos.

“Estamos buscando apoyo, con una protesta, sería, para hacer ver que nuestra gente tiene necesidades” dice Sandoval, al que se acerca mucha gente para saludarlo y tomarle fotos.

Pero el hombre está solo y no trae carteles. “No me sorprende [que no haya gente hispana organizada y manifestándose]. Sabemos que nuestra gente latina es así. Es algo que todavía no crece, [el hecho que] se tienen que manifestar, y más en estos momentos en que se está viviendo este periodo de candidatos otra vez”.

Apoyados en la cerca y con la ilusión de ver llegar a un presidente en funciones a su ciudad, los integrantes de la familia Ávalos, originaria de Michoacán, eran pura expectativa. “En lo que cabe él [Obama] ha hecho lo que pudo. El Congreso es el que no está funcionando. Los republicanos, todo lo que le pongan en la mesa, dicen no, no y no” afirma seguro Alfonso, el papá, señor de mediana edad. ¿Hubieran querido ingresar, conocer y saludar a Obama?

“Claro que sí, pero a veces no se puede”. ¿Va a votar? “Por supuesto, en cuanto pude me hice ciudadano”. ¿Se volvería a México? “Aquí, este país, me ha dado lo que allá no pude obtener”. Entre otras cosas, un hijo estadounidense, Alfonso Junior: “Sí me gusta que no haya subido los taxes del dinero que necesitamos para la escuela”. Jr. asiste a St. Mary’s College, universidad católica lasallista ubicada en Moraga.

Los únicos que pudieron ver la caravana presidencial —y sólo eso— a una distancia de dos cuadras fueron quienes se apostaron en la estación del Caltrain desde temprano. Porque Obama vino por tierra, desde Atherton, a toda máquina por El Camino Real, e ingresó por la parte trasera del Fox.

Allí en ese enclave de ricos y poderosos había cenado en casa del heredero de la fortuna de los jeans Levi’s. Para compartir el pan con el presidente era imprescindible aportar a su campaña $35 mil.

Una vez en Redwood City y en su elemento natural —el podio de orador— lo primero que hizo fue pedir un aplauso para la alcaldesa latina Alicia Aguirre. Y alentado por un auditorio que pedía “¡Cuatro años más! y le gritaba “Te amamos”, se envalentonó. “En Redwood City se puede ver que hay gente no sólo de todo el país sino de todo el mundo. En Estados Unidos compartimos la creencia que tu éxito no puede estar determinado por el lugar donde naciste. Que si estás dispuesto a trabajar mucho, puedes crear una [buena] vida para tu familia. No importa de dónde vienes, cómo es tu apariencia, a quién amas…”

“Se ve parejo: unos sí lo quieren y otros no” nos había dicho más temprano otro joven nacido en México, Agustín Arroyo. Se refería a los carteles que llevaban pequeños grupos de manifestantes en las afueras del teatro Fox. “Obama 2012” convivía junto a “Obama es el Judas de Estados Unidos”. “Nobama”. “Derechos para los inmigrantes”: éste no lo portaba gente latina sino estudiantes filipinos que cantaban El pueblo unido/jamás será vencido, en español.

“Tax reform” (reforma tributaria) era el que tenía en sus manos Silvia Montenegro, nicaragüense. En un castellano con dificultades por los años que lleva en este país, Silvia se quejaba: “Ya estamos cansados de los taxes (impuestos), sobre todo la gente trabajadora. Estamos estancados. Yo pensé que él [Obama] iba a hacer más. Pero sólo viene a pedir para su reelección. Si no tiene dinero, que se lo deje a otro”. La señora Montenegro votará por Mitt Romney: “Hasta la buena apariencia tiene” dice con sonrisa pícara. “Hay que hacer cambios, crear trabajos como en Oregon” donde según ella pusieron a muchos jóvenes a laborar vendiendo gasolina.

Terminó la jornada, el presidente partió a San José, y después de descansar se reunió en la mañana del jueves con representantes de las comunidades asiática y de las islas del Pacífico. Este evento tuvo lugar en el hotel Fairmont y no en Palo Alto como había sido planeado. Los $35 mil que cada participante tuvo que pagar, eso sí no cambió .

José Sandoval, los manifestantes en contra y a favor, los Ávalos, los curiosos y los muchachos de las bicicletas no vieron a Obama aunque esperaron horas. Pero queda una frase de Sandoval como recuerdo, y tal vez síntesis, de la histórica visita del presidente a Redwood City: “Esto que se repite cada cuatro años es prácticamente una farsa. Ya lo sabemos: el que recoja más dinero y el que pague más publicidad es el que logra tener más apoyo”.