¿Vuelve el PRI a Los Pinos?

Unos cincuenta millones de mexicanos acudirán en diez días más a las urnas para elegir a un nuevo presidente que gobernará el país en el periodo 2012-2018.

Será la tercera elección presidencial desde la estrepitosa derrota del PRI en el año 2000, cuando el guanajuatense Vicente Fox (PAN) ganó la Presidencia luego de setenta años de dominio tricolor.

Son poco más de 84 millones de votantes registrados, es decir el 74 por ciento de la población mexicana calculada en 112 millones de habitantes y se estima que cerca del 60 por ciento de los ciudadanos con credencial para votar acudirá a las urnas.

Lo extraño es que bajó el porcentaje de votantes en las últimas dos elecciones presidenciales a pesar de la transición democrática.

En 1994 votó el 77 por ciento de los electores en un año por demás incierto y dramático. En el año 2000 la participación fue del 64 por ciento mientras que en el 2006 descendió al 58%.

Si calculamos una participación del 60 por ciento de los electores para el domingo 1º de julio, la afluencia de votantes ascenderá a cincuenta millones, cantidad suficiente para legitimar un proceso democrático en tiempos cuando el abstencionismo ondea en las más avanzadas democracias del mundo.

El problema en México, sin embargo, es que los votos se fraccionan en cuatro coaliciones y sus candidatos sin que ninguno obtenga la mayoría simple, es decir más del 50 por ciento.

Tampoco existe la llamada segunda vuelta de tal manera que el candidato ganador llegará a la Presidencia con una votación menor al 50 por ciento. En esta ocasión el resultado podría ser más fragmentado toda vez que la brecha entre los tres principales partidos tiende a acortarse.

De acuerdo a las encuestas recientes el candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, aventaja por una diferencia promedio de diez puntos a sus adversarios, aunque en México nada está escrito y pueden pasar muchas cosas durante los días y horas previas al primero de julio.

De ganar Peña Nieto, el PRI retomará el poder en momentos sumamente complicados para la población mexicana. Inseguridad, narcotráfico, pobreza, desempleo y la crisis en la educación, son solo algunas de las calamidades que enfrentará el próximo gobierno.

Lo paradójico es que varios de estos problemas se gestaron durante la hegemonía priista por lo que resulta muy difícil creer que serán resueltos en los siguientes seis años.

Peña Nieto se formó a la sombra de priistas de la vieja guardia y a diferencia de los neoliberales Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, carece de estudios en el extranjero y de una formación cultural sólida.

Ya vimos el resbalón que tuvo en la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara, cuando no pudo citar las tres obras y sus autores que más impactaron en su vida. El recién fallecido Carlos Fuentes tuvo duras palabras contra Peña Nieto al señalar que tenía derecho a no leer sus obras pero “no a ser presidente de México a partir de la ignorancia, eso es lo grave”.

Sin embargo los mexicanos no parecen estar muy preocupados por la capacidad intelectual de los candidatos, sino por su imagen y su habilidad política. Sea lo que sea el regreso del PRI a Los Pinos parece inminente a pesar de los pesados lastres que dejó luego de setenta años de gobierno.