Quino visto por Mafalda

A sus primeros 80 años que cumplió el 17 de julio, mi Quino es la suma de los pibes de su tira cómica. No hay duda de que su alma está tomada por todos nosotros, como en el cuento de uno que me habría gustado que me inventara: Cortázar.

Se retiró de nosotros como el Pep Guardiola, el churro ese del Barcelona: cuando estaba en el curubito. No resistió el voltaje y solo nos mantuvo al aire 10 años y monedas. Un buen día de junio del 73 se acostó aliviado y se levantó con cara de “yo ya no doy más”.

No quería repetirse. Y colgó la pluma. Cuánta honradez, che. Otros habían seguido el camino fácil de contratar plumas mercenarias para que pensaran por él. Casos se han dado.

Siempre pensé que Quino, un clon de Felipe, sería como esos toreros de dos pesos que jubilan la espada y vuelven, presionados por la nostalgia de los aplausos. Y por cuentas bancarias por el piso.

Mujer que no se equivoca es hombre, y yo me equivoqué. Menos mal nos dejó instalados en la leyenda. De ella vivimos hace 39 años. “Parece que fue ayer”, para decirlo en letra de bolero.

Cuando se cortó la Mafalda, quiero decir, la coleta, el mundo estaba enfermo de sus cuatro puntos cardinales. Como ahora. “En el mundo hay cada vez más gente y menos personas”, como digo en alguna parte de mis viñetas. “El mundo se repite porque carece de imaginación”, digamos con otro autor al que castigo con el olvido.

Las viñetas se venden pirateadas en los semáforos. Como cualquier bestseller. En Bogotá hay gente que ha pagado hasta 15 dólares, aproximadamente, por Toda Mafalda. Me leen de corrido como una novela porno. O de ficción. No sé si alegrarme o preocuparme.

Tampoco sé, pero me late que los derechos de los niños están en ese libro. Si la humanidad tuviera un ataque de sensatez, lo adoptaría como tal.

Me asusta pensar que si no existieran los electrodomésticos, tampoco existiría yo. Pero me fue mejor que a mamá Eva quien fue hecha de una falsa costilla de Adán. Como todos los hombres, incluido Quino, Adán sigue en obra negra, sin inventar del todo.

Pero ellos están hechos para ser un mal necesario. Nunca pierden. Pobres hombres, tan imprescindibles que se creen, sin saber que el cementerio está lleno de ellos, según leí en una revista de peluquería a la que sigue yendo la arribista del paseo.

Me refiero, claro, a Susanita, llena de hijos, pero con marido desechable. Susanita es de esas espléndidas minas (mujeres) que merecen ser viudas.

Quino, con su humor y sus monos le mejoró la hoja de vida a la aldea global como hay que decir ahora. Le puso una sonrisa de oreja a oreja. Sonrisa sarcástica, amarga, malévola, muchas veces, para estar a tono.

Desde mi silencio nada mudo trato de tener buena salud y mala memoria para ser feliz. En mínima reciprocidad, le comparto a papá Quino esa receta que tomé de una actriz del cine mudo. Che, Joaquín Salvador: creo que no le quito más tiempo a tu creativo ocaso. Solo quería cantarte el monótono japiberdi, Quinito. Mafalda y tu tribu.