El triunfo de la teoría

Si Paul Ryan fuese un liberal, los conservadores lo describirían como una criatura de Washington que ha pasado prácticamente toda su vida profesional como asesor del Congreso, un integrante de un centro de estudios ideológico y, por último, como un miembro del Congreso. En resumen para la derecha, como alguien que enfrentó una nómina de pago.

Si estuvieran en un estado de ánimo bueno, soleado, estos conservadores admitirían que Ryan es un buen tipo que es alguien divertido para hablar. Pero también insistirían que es un ideólogo poco práctico. Que tiene un punto de vista casi en su totalidad teórico de un mundo definido por las grandes ideas que nunca tocan tierra y dedica muy poca energía para considerar cómo sus proyectos de presupuesto podrían afectar a las vidas de la gente que él nunca ha conocido.

Mitt Romney, al convertir a Ryan como su compañero de fórmula, garantizó que esta elección será una de grandes principios, pero también destacó un a transformación poco reconocida en la política estadounidense: los liberales y los conservadores han intercambiado bandos en la cuestión de qué campo es el partido de la teoría y cuál es el de la práctica. Los estadounidenses suelen rechazar la parte de la teoría, que es en lo que el conservadurismo se ha convertido.

A finales de 1960 y 70, los liberales se metieron en problemas porque era fácil burlarse de ellos como ideólogos imprácticos con una confianza excesiva en su rectitud moral. Se les acusó de ignorar la ley de consecuencias no deseadas y de no mirar con cuidado a quién se vería favorecido y que estaría perjudicado por sus grandes planes.

Como yo soy un liberal, me gustaría señalar que estas críticas no siempre fueron justas. Muchos de los logros duraderos de los liberales -desde los derechos civiles a las leyes ambientales y a Medicare- crecieron bajo una audacia de su confianza que los inspiraron.

Pero, sí, hubo arrogancia en la negativa del liberalismo de tomar en serio a los conservadores.

Mientras tanto, los conservadores ganaron terreno haciendo preguntas difíciles y prácticas: ¿Este programa funciona como se había prometido? ¿Tiene este alguna relación en como funciona el mundo? Y, por cierto, ¿quién se beneficia?

Ahora, son los liberales los que cuestionan los planes maestros conservadores y apuntan a los costos de los sueños conservadores. Y con Ryan, y sus propuestas de presupuesto, se les ha dotado de una oportunidad perfecta.

¿Cómo se puede justificar los recortes de Ryan a Medicaid, cuando una organización apartidista como la Kaiser Family Foundation encontró que probablemente dejaría de 14 millones a 19 millones de personas pobres sin cobertura de salud? ¿Cómo puede justificar las propuestas fiscales que, como señaló Alec MacGillis, del The New Republic, sería una reduciría la tasa impositivo a un ingreso sustancial como el de Mitt Romney a menos de 1%? ¿Cómo puede afirmar que sus presupuestos son antidéficit cuando, como lo mostró Matt Miller del The Washington Post, sus recortes de impuestos añadiría billones a la deuda y no habrá un equilibrio hasta alrededor del año 2030?

Para Ryan estas preguntas (y muchas otras que surgen) no vienen al caso porque sus propósitos son mucho más grandes. “Sólo asumiendo la responsabilidad de uno mismo, en la mayor medida de lo posible, puede uno ser libre”, escribió en la introducción a su Plan de trabajo para el Futuro de América en 2010, “y sólo una persona libre puede tomar decisiones responsables -entre el bien y el mal, ahorrar y gastar, dar o tomar-“.

Esto se acerca a la definición de la libertad ofrecida por Ayn Rand – cuya filosofía es una de las más admiradas por Ryan- en su libro, La virtud del egoísmo. Ryan no citó a Rand, pero como observó Ryan Lizza, del New Yorker, él citó a muchos intelectuales, incluyendo a Milton Friedman, Adam Smith, Max Weber, Emile Dukheim y George-Eugene Sorel. ¿No habían rechazado los conservadores con anterioridad este tipo de “proyecto escolar”?

Nada de esto quita el encanto o la seriedad de Ryan. Mi única experiencia extensa con él – hace siete años moderé una discusión seria y excepcionalmente civil sobre política entre Ryan y su colega liberal también de Wisconsin, Tammy Baldwin- me recuerda por qué Ryan es tan popular en persona. Él es es muy bueno para conversar y realmente cree lo que dice. Pero el tema en esta elección va a ser cómo los estadounidenses quieren ser gobernados.

Los republicanos se burlan de Obama por seguir pensando que es el profesor que alguna vez fue . Sin embargo, en esta carrera, Obama -mucho más que los teóricos conservadores de hoy y ante la consternación ocasional de sus partidarios más liberales- es el pragmático. Él está hablando de ventajas y desventajas difíciles: entre los impuestos y el gasto, el Gobierno y el sector privado, los sueños y los hechos sobre el terreno. Al adoptar a Ryan, Romney se ha ligado al mundo de la alta ideología conservadora. Tal como los liberales aprendieron hace mucho tiempo, la ideología por lo general pierde.