El reto de Sicilia

Habrá que ver si logra cambiar el enfoque policial en ambos lados de la frontera ante el tema de las drogas

¿Cuántos muertos ha dejado la llamada guerra contra el narcotráfico en México?

A ciencia cierta nadie lo sabe. Según el Gobierno de Felipe Calderón, que desde hace un año ha dejado de dar sus cifras oficiales, hasta septiembre de 2011 se habían contabilizado 47,500 víctimas mortales. Pero cálculos independientes estiman que hasta ahora han fallecido al menos 70 mil personas y otras 20 mil han desaparecido. Y debido al recrudecimiento de la violencia son muchos los que vaticinan que este año el número de muertos podría llegar a los 80 mil.

Son tantas las muertes que se reportan a diario en el país que no sólo se ha perdido el conteo exacto, sino la capacidad de asombro e indignación ante la violencia desmedida. Tan sólo en el transcurso de la semana pasada, por ejemplo, se reportó la aparición de 14 cadáveres mutilados dentro de una camioneta en San Luis Potosí. Días después se informó del asesinato a sangre fría de siete integrantes de una familia, incluyendo a tres niños, en el estado de Veracruz y posteriormente nos enteramos del homicidio del alcalde de Matehuala, Édgar Morales, electo apenas el pasado 1 de julio. Cada una de estas noticias, por supuesto, impacta en el momento en que se da a conocer, pero después se olvida y muy pocos recuerdan a las víctimas que, en el mejor de los casos, pasan a formar parte de una fría estadística.

Detrás de cada una de estas muertes y desapariciones existen, sin embargo, personas que viven un verdadero viacrucis no sólo porque les mataron o les desaparecieron a su hija, a su esposo, a su padre o a su hermana, sino porque saben que están solas, que a ninguna autoridad les importa su suerte ni sus lágrimas y que, por lo tanto, nadie les hará justicia.

Muchos de ellos han encontrado en el poeta Javier Sicilia al líder que buscaban para encauzar su dolor. Por eso decidieron unirse a la Caravana por la Paz con Justicia y Diginidad, para dar a conocer sus historias y crear conciencia sobre la necesidad de cambiar la estrategia en la lucha contra el narcotráfico, que sólo ha sembrado más destrucción. A su paso por Los Ángeles dejaron claro que este problema no sólo es de ellos ni de México, sino también de Estados Unidos que, con su apetito insaciable por las drogas, su indiferencia ante el imparable tráfico de armas y el lavado de dinero proveniente del narco es, en gran medida, responsable de la tragedia mexicana.

Con sus testimonios desgarradores, los miembros de la Caravana por la Paz han logrado ya convencer a vastos sectores de este país sobre los tremendos daños que ha causado la guerra contra el narcotráfico. Pero el verdadero reto será que puedan persuadir a los legisladores de ambos países de colocar en la agenda binacional la necesidad de cambiar la actual política contra las drogas de un modelo policíaco a uno de salud pública.