Política en los Juegos Olímpicos

El poder económico no es un prerrequisito para ser potencia olímpica, pero sigue teniendo una correlación positiva con la multipolaridad deportiva

Existe una relación ¿entre el poder económico y las medallas olímpicas? ¿Acaso está surgiendo una forma de multipolaridad en los deportes a medida que se consolida la multipolaridad política?

En 1992, inmediatamente después del fin de la Guerra Fría, los Estados Unidos y el “equipo unificado” de la ex Unión Soviética ganaron una cuarta parte de las medallas en Barcelona. La bipolaridad global aún no había desaparecido. Para los juegos de Beijing en 2008, el mundo había cambiado significativamente. El duopolio soviético-estadounidense había cedido el paso a uno sino-estadounidense, que logró un 20% de las medallas.

Los juegos de Londres confirmaron esta tendencia. El duopolio sino-estadounidense ha tenido una proporción considerable en el conteo de medallas (22% del total, pero no exorbitante. Europa sigue siendo fuerte, mientras que Asia y el Caribe han tenido avances significativos.

De hecho, hay cuatro factores que forman a una potencia olímpica: el tamaño de la población, la tradición deportiva, la política deportiva y el nivel de desarrollo. Por separado, ninguno de estos factores puede explicar el récord olímpico de un país. Sin embargo, colectivamente, su poder de explicación es relativamente grande.

Primero, el tamaño de la población es una fuente importante de poder simplemente porque los países grandes pueden aprovechar su mayor potencial humano para sobresalir en una amplia gama de disciplinas. Por consiguiente, los países con un gran potencial demográfico tienen inherentemente un enorme potencial olímpico. En cambio, Australia parece ser el único país con menos de 50 millones de habitantes que gana más del 3% de las medallas en los juegos olímpicos de verano.

No obstante, una población grande no siempre es la receta del éxito. El ejemplo más impactante es India, uno de los países del mundo menos orientados al deporte, dado su número de habitantes: seis medallas para más de 1,200 millones de habitantes -las mismas que Croacia, que tiene una población de tan solo 4.3 millones.

Sin duda, la sociedad india tiene una relación compleja con los deportes. Sin embargo, la disparidad entre el tamaño de la población y el éxito en las olimpiadas también muestra que la multipolaridad política y la multipolaridad en los deportes no tienen los mismos fundamentos.

Tal vez India es el contraejemplo más sorprendente, pero no es el único. Países como Brasil, Argentina, Turquía y México, se ven eclipsados por naciones como Corea del Sur. En conjunto, se puede decir que América del Sur y Medio Oriente siguen siendo actores marginales en los Juegos Olímpicos. El Caribe, por ejemplo, supera por mucho a Brasil.

Las tradiciones nacionales son el segundo factor más importante en el éxito olímpico. Primero, están las realidades físicas y naturales. Los etíopes corren desde la infancia para llegar, por ejemplo, a una escuela en las montañas. Además, el Caribe no tiene muchos deportes además del atletismo, para el que se necesitan relativamente pocos recursos materiales para formar campeones. Esta es una de las razones por la que África Oriental, el Caribe y, en menor grado, el Magreb, destacan en las pruebas de velocidad de los juegos olímpicos.

Sin embargo, las tradiciones también se pueden crear. Los franceses no están predispuestos física o culturalmente para dominar en deportes como judo, canotaje y natación, en los que se han distinguido durante más de cincuenta años. Una política nacional de deporte puede ser conducente a lograr buenos resultados.

Dichas políticas incorporan la decisión de un país de desarrollar uno o varios deportes. Pueden ofrecer una gran autonomía a varias federaciones (como en los Estados Unidos o Gran Bretaña); dedicar recursos públicos considerables a los deportes por razones políticas (como en Rusia y en otras dictaduras); o aislar instituciones deportivas con financiamiento público de la política partidista a fin de garantizar continuidad (como en Italia y Francia).

Por otro lado, la ausencia de una verdadera política deportiva (o su colapso) puede convertirse en una desventaja grave. En efecto, de otro modo, ¿cómo se puede explicar la pobre actuación de un país tan bien dotado como Suiza, o de uno con una población tan grande como Nigeria? ¿Y qué más puede explicar la excepcional actuación de Corea del Sur si no es su política deportiva coherente?

Finalmente, el nivel desarrollo de un país, como lo hemos visto, no es determinante para tener éxito en los Juegos Olímpicos, especialmente en las disciplinas de velocidad. Los corredores pueden viajar y entrenar individualmente en las mejores pistas.

Sin embargo, es claro que el desarrollo sí tiene un impacto significativo. Mientras que los deportes como las pruebas de velocidad son relativamente asequibles, otros -incluidos la gimnasia, la natación, o en mayor medida los juegos en equipo y eventos ecuestres- necesitan muchos recursos. No es por nada que el Caribe y África no tienen presencia en estas disciplinas en los niveles competitivos más altos.

En efecto, de los 10 países que ganaron más medallas en los juegos olímpicos de Londres, todos, salvo China y Rusia, son miembros de la OCDE. No hay países menos desarrollados, exceptuando tal vez a Ucrania, en los primeros 15 lugares.

Por consiguiente, si bien el poder económico no es un prerrequisito para ser potencia olímpica, este sigue teniendo una correlación positiva con la multipolaridad deportiva. África solo tuvo el 3% del total de las medallas en Londres. No obstante, si ese continente logra mantener su reciente crecimiento económico, ese porcentaje sin duda aumentará.