El que plancha camisas

“Me tomaría una cerveza con él”, ha sido la vara de medir la simpatía y accesibilidad de los candidatos presidenciales desde las elecciones del 2000. George W. Bush, que en una época empinaba demasiado el codo en la vida real, le ganó a Al Gore que parecía muy serio y deshidratado. En el 2004, Bush volvió a ganar al descubrirse que John Kerry bebía -¡horror de horrores!- vino francés. En el 2008 ganó Barack Obama a pesar de que prefería el zumo de naranja porque nadie quería darse un palo de Geritol con su contrincante, John McCain.

Este año se dificulta la decisión, ya que el candidato republicano Mitt Romney es mormón y esa religión prohíbe el consumo de alcohol y cafeína. Quizás por eso es tan soso y aburrido. Según las encuestas, Obama le gana en la categoría de simpatía. Definitivamente el eslogan de “Me tomaría un vaso de agua con él” no tiene ni una gota de sexapil.

Por eso es que sus estrategas políticos han lanzado una campaña publicitaria para “humanizarlo” ante los ojos de los votantes. La apoteosis de la desrobotización de Mitt Romney ocurrió en la Convención Nacional Republicana en Tampa, Florida.

Pero ya hace meses que su esposa Ann, sus cinco hijos y 18 nietos, han sudado la gota gorda tratando de presentar a Mitt Romney como una persona común y corriente. Los pobres tratan, pero en cuanto él entra con ese caminadito de geisha con los pies vendados y trata de hacer un chiste, la campaña vuelve a cero.

Es hora de cambiar de táctica. Por eso en una entrevista hace unos días, Ann Romney dijo que Mitt plancha sus propias camisas, esas que ella en persona compra en Costco. Eso se llama matar dos pájaros con una sola piedra. No solo nos deja grabada la imagen del candidato en calzoncillos ante la tabla de planchar minutos antes de dar un discurso sobre cómo salvará al país, sino que también borra la imagen de los Romney como millonarios que muy bien pudieran ordenar camisas del catalogo de L. L. Bean o mandar a un asistente a Sachs Fifth Avenue.

En su discurso en la Convención, Ann Romney presentó una versión empalagosa de lo mucho que se aman y lo maravilloso que es Mitt como esposo, padre y abuelo, y cómo la hace reir. Garantizó a la nación con profunda convicción de que Romney no fallará como presidente.

Todo esto es una ridiculez. Mi padre y mi abuelo eran maravillosos, pero yo no votaría por ellos para presidente. Las campañas electorales ya no son los circos partidistas que eran antes. Ahora se han convertido en una competencia de personalidades, una telenovela mojigata de familias perfectas y perritos fotogénicos y nietecitos juguetones y gran habilidad para voltear pancakes en la cocina.

Nada de eso garantiza que alguien sea buen presidente. Bill Clinton fue el Mujeriego en Jefe y se atosigaba las arterias con donuts y costillitas de cerdo, pero fue el mejor presidente de los últimos 40 años.

Hay que volver a poner el énfasis en los partidos políticos y no tanto en el carisma y simpatía de los individuos. Las plataformas aprobadas por los partidos deben ser el mapa y la agenda de lo que el candidato oficial de cada partido tratará de hacer una vez gane.

Si fuera así, una lectura de la plataforma republicana aprobada en Tampa nos mostraría que Romney ya perdió, planche o no planche, beba o no beba.