Nunca es tarde para cambiar

Cambiar los hábitos o los aspectos de nuestra personalidad que no nos gustan o nos hacen daño, no es tarea fácil, pero tampoco es imposible.

La gente puede descubrir si ya está instalada en la mítica etapa del ‘así soy’ -la cual en nada ayuda a la convivencia con alguien-, cuando renuncia públicamente a emprender cualquier cambio en su conducta o sus hábitos.

Hay personas que sencillamente viven la impuntualidad o la desorganización como características de su personalidad sin ningún pudor, e incluso pulen, cual profesionales de las relaciones públicas, un sinnúmero de pretextos y disculpas para justificar su proceder.

¿Qué se desea hacer? Quizá, jamás perder las llaves, hablar mejor, llegar a tiempo a cualquier compromiso, disminuir el consumo de golosinas o refrescos… el objetivo puede ser tan ambicioso como bajar de peso y mejorar la salud, hasta algo un poco más sencillo como tener ordenado el automóvil o siempre dar respuestas a tiempo a los correos electrónicos.

Charles Duhigg, autor del libro “El poder de los hábitos” de Editorial Urano, explica que no existe una serie de pasos específicos que garantice que a todos nos funcionará.

“Sabemos que los hábitos son más maleables cuando se aplica la Regla de Oro para cambiarlos: Mantener la misma señal y la misma recompensa, e insertar una nueva rutina”, explica el autor.

Por ejemplo si al momento de que suena el despertador, en vez de apagarlo e intentar dormir más, uno se pone de pie, se sentirá satisfecho y con la tranquilidad de saber que se llegará a tiempo.

El autor expone que para que el hábito se afiance, se debe creer que el cambio es posible y que esa creencia es más fácil de adquirir con la ayuda de un grupo, así como que si se encuentra una rutina alternativa, las probabilidades de éxito aumentarán espectacularmente cuando una persona se compromete a formar parte de un grupo, pues compartir la experiencia fortalece la intención y el esfuerzo orientado a modificar lo que se ha propuesto.

Es muy difícil imaginar una persona emprendedora, líder o creativa, peleada con el cambio, cuando justo esto es parte de su materia de trabajo, así como de su desarrollo personal.

Corregir y mejorar son dos elementos que cualquier deportista de alto rendimiento tiene incorporados a su vida cotidiana, como también lo tienen muchos profesionales que saben que ajustar y modificar lo que hacen, característica que constituye el principio del camino a la excelencia.

Sin importar a lo que una persona se dedique, siempre existe la oportunidad de pulir ciertas áreas de la personalidad que pueden ser obstáculos de crecimiento o problemas con los demás; de hacer las modificaciones necesarias, se abrirán nuevas posibilidades de desarrollo.

El autor expone que algunos hábitos son fáciles de analizar y de influir sobre ellos. Otros son más complejos y obstinados, y requieren de un estudio más prologando. Para otros, el cambio es un proceso que nunca acaba de concluir, pero que eso no significa que no pueda ocurrir. Y para lograr este proceso con éxito, recomienda:

• Identificar la rutina: Cuando se ha detectado un patrón de conducta particular que está vinculado a aquello que se desee variar, hay que transformar la rutina.

• Experimentar con recompensas: Esto es un paso importante, ya que si se tiene claro el beneficio que se recibe sobre el nuevo modo de actuar, será más fácil continuar.

• Aislar la señal: Hay que detectar la señal que desencadena el hábito que se quiere abandonar, para hacer que la nueva respuesta sea la recompensa establecida.

• Tener un plan: Es recomendable establecer las acciones que se emprenderán para fortalecer el proceso del cambio, así como calendarizarlas o poner horarios.

Nunca se es demasiado joven o ‘grande’, para dejar atrás la impuntualidad o la desorganización, por el contrario: está en la voluntad de cada persona darse a la tarea de pulirse a sí misma como un diamante.

“El cambio puede que no sea rápido y no siempre es fácil. Pero con tiempo y esfuerzo casi todos los hábitos se pueden cambiar”, finaliza el autor.

Mejor imposible, director James L. Brooks (1997).

Colaboración de Fundación Teletón México.

“El principio de ser paciente es empezar con uno mismo”.

Bojorge@teleton.org.mx