La lucha contra el narco: reinventando la rueda

Hace 14 años, el Banco Mundial publicó un estudio que concluía que a menor número de años de escolaridad promedio por habitante, más altos los niveles de violencia.

En 2012, basta dar un vistazo a los niveles bajos de educación, y a los niveles altos de desempleo, para aterrizar en uno de los detonantes de la violencia. No quiere decir que todas las personas sin educación formal, o desempleadas, son delincuentes, pero sí que la falta de educación y empleo contribuyen a que más jóvenes se involucren en actividades ilegales. Otros optan por emigrar sin documentos legales a EE.UU. No es casualidad que la edad de la mayoría de migrantes indocumentados oscila entre los 18 y 24 años.

Pero Guatemala sigue proponiendo a la comunidad internacional desde la despenalización hasta la regulación de algunas drogas, un enfoque antinarcótico más orientado a la salud que a lo penal, y la atención a comunidades tocadas por el narco. Quiere decir “comunidades en las que el Estado no satisface necesidades básicas”, pero el narcotráfico sí lo hace—muchas veces, con la instalación de centros de salud, alumbrado eléctrico, y hasta con empleo.

En cuanto a atender comunidades que el Estado abandonó, Guatemala propone la reinvención de la rueda: cumplir con sus obligaciones de proveer servicios de salud y educación, y condiciones que generen fuentes de empleo. Pero ahora la vende con un enfoque de la lucha anti-narcótica, en el cual la discusión de la despenalización o regulación de algunas drogas le pone un traje nuevo a un problema viejo. Resta saber si parte de la intención es no reconocer que se le ha fallado a la población más allá del contexto de la lucha antinarcóticos.

En Centroamérica, la tasa de desempleo oscila entre el 3.52% de Guatemala y el 12.1% de Belice. Aunque entre los jóvenes de 15 a 24 años de edad, el desempleo es mayor. En Belice, uno de cada cuatro jóvenes no tiene trabajo, y el promedio de asistencia escolar secundaria ronda el 59%, según Unicef. En Guatemala, aunque el desempleo es bajo, el subempleo alcanza el 21%, con ingresos menores a $8 por día. Además, el 25% de las personas desempleadas no completaron la secundaria, y el 26% de la población entre los 7 y 14 años de edad no asiste a la escuela primaria.

Según el BCIE, Guatemala tiene “algunos de los peores indicadores en educación de Centroamérica”, como la tasa de matrícula neta a nivel escolar secundario, que es del 39.9% (además sólo el 30% de los niños estudian en las escuelas públicas a nivel secundario). Mientras tanto, tiene la tasa más alta de analfabetismo con 25.2% en la población mayor de 15 años de edad. En Honduras, el promedio de asistencia escolar secundaria ronda el 40%, peor que Belice y levemente mejor que Guatemala.

Un informe del PNUD concluyó que sólo el 3.1% de los jóvenes en Latinoamérica, cuyos padres no terminaron la primaria, termina sus estudios universitarios. El informe también registró que, de los 15 países más desiguales del mundo, 10 son latinoamericanos. A ello se suma que varios países centroamericanos figuran entre los más violentos del mundo, siendo Honduras el más mortal de Centro y Latinoamérica y el mundo con 86 muertes violentas por cada 100 mil habitantes, según datos oficiales de 2011.

Entonces, es innecesario reinventar la rueda como Guatemala propone. La medicina curativa (decomisos de drogas, capturas, atención a los adictos, la regulación de algunas drogas) siempre ha sido inútil a largo plazo sin medicina preventiva: la atención a necesidades básicas (además del control de la corrupción). No es física nuclear. Un joven sano, con oportunidades educativas y profesionales, estará menos propenso a involucrarse en el narcotráfico.