Por un nuevo comienzo

Hay que agradecer por la posibilidad real de que pueda haber una reforma bipartidista

Inmigración

En la semana de Acción de Gracias estoy agradecida por muchas cosas y una de esas es poder sentir que el cinismo todavía no me ha consumido totalmente cuando de cuestiones políticas se trata.

Desde el 7 de noviembre, pasadas las elecciones, escuchar las declaraciones de los dos partidos en favor de una solución a nuestro dilema migratorio me ha dado esperanzas de que esta vez las piezas parecen comenzar a caer en su sitio y de que sería posible un arreglo legislativo bipartidista al escurridizo asunto.

El desfile de legisladores, funcionarios y ex funcionarios Republicanos hablando de la necesidad de resolver el asunto migratorio como forma de comenzar a granjearse el apoyo de los votantes latinos que espantaron con años de posturas antiinmigrantes es esperanzador, independientemente de las motivaciones de supervivencia política que tengan.

Habría sido mejor que a principios de año, cuando arrancó con fuerza la lucha Republicana por la nominación presidencial, estas mismas figuras hubieran asesorado a sus candidatos, particularmente al puntero Mitt Romney, de que favorecer la autodeportación y prometer vetar el DREAM Act, entre muchas otras cosas, sólo solidificaría la imagen antiinmigrante y antiminorías de los republicanos, pero a estas alturas lamentarse en nada ayuda.

Lo que sí ayuda es reconocer los errores y aceptar que el mal manejo del tema migratorio y el ignorar la nueva realidad demográfica y política del país, costó a los republicanos la elección.

El partido de Ronald Reagan, el único presidente en haber promulgado una verdadera amnistía en 1986 y quien llegó a decir que los hispanos son republicanos pero todavía no lo saben, se fue tornando en una entidad de hombres blancos y mayores donde las minorías son una rareza.

Debo admitir que no sé si admiro o cuestiono a los hispanos que se mantienen fieles a un partido que vapulea a su propia gente. En mis años de reportera presencié la elección del entonces senador republicano de Florida, Mel Martínez, como presidente del Comité Nacional Republicano, y no fue alentador ver el proceso ni el descontento que su gestión generó entre el ala republicana más recalcitrante. Martínez, después de todo, había cometido uno de los pecados capitales para ellos: apoyar la reforma migratoria y trabajar de forma bipartidista con el León liberal del Senado, Edward Kennedy. Martínez finalmente dimitió al cargo.

Pero nada como una sacudida para aprender la lección: sin hispanos y sin otras minorías el Partido Republicano no volverá a pisar la Casa Blanca.

En la semana de Acción de Gracias agradezco la posibilidad real, algo que no he visto en muchos años, de que los dos partidos puedan sentarse a buscar una solución migratoria que para ellos supone beneficios políticos pero para millones de personas supone alivio, respiro y esperanza. Doy gracias por la posibilidad de un nuevo comienzo.