Aunque sean adultos, los hijos resienten el divorcio

A la edad que sea, los hijos experimentaran miedo y resistencia al divorcio de sus padres.
Aunque sean adultos, los hijos resienten el divorcio
Los hijos resienten el divorcio de sus padres, no importa su edad.
Foto: thinkstock

Sin importar la edad que tengan, los hijos se ven afectados por el divorcio de sus padres. Mientras los pequeños experimentan culpabilidad por la separación, los adultos jóvenes sienten que ellos deben resolver la situación, especialmente del que queda en estado de desamparo.

Los hijos adultos sienten la necesidad de hacer algo, de resolver lo que está sucediendo. Esto provoca que en lugar de acompañar a sus padres en el proceso, carguen con él y se hagan responsables de éste, lo cual es un error, pues no es su papel, asegura Gabriela Garmendia, psicoterapeuta del Instituto de Entrenamiento en Pareja y Familia.

La especialista indica que, además, no vive de la misma forma el divorcio de los padres un hijo independiente que ha salido del hogar para crear su propio sistema familiar que el que sigue dependiendo de los papás.

“Por ejemplo, el divorcio puede afectar la capacidad de los padres para ayudar a éstos últimos financieramente, porque se da una separación de los bienes”, comenta.

Ante esto el hijo que no es autosuficiente y se queda con el padre en situación de desamparo decide trabajar para mantener a ambos, en lugar de sólo hacer dinero para hacerse cargo de él mismo.

La economía del hijo con familia se ve afectada porque decide ayudar a su mamá deprimida llevándosela a su casa o dándole una mensualidad.

“Los hijos deben tener claro que están para escuchar y apoyar, no para resolver. Su papel tampoco es ser intermediarios entre uno y otro padre, ni son quienes deben tomar las decisiones.

“Esto es muy común en la cultura latina. Existe la creencia de que amar a los padres significa hacerse cargo y responsable de ellos y lo mismo sucede por parte de los padres hacia los hijos. A los hijos les debe quedar claro que los padres no viven lo que están viviendo como algo fortuito, ellos lo decidieron“, precisa.

Menciona que ante la separación, el hijo que no es autosuficiente en lugar de que esté enfocado en su proceso de formación, en su desarrollo, en su independencia, en su futuro, se ve forzado a detener su mirada en la relación de los padres y en su proceso de ruptura, lo que podría afectar seriamente un adecuado crecimiento y madurez emocional, advierte Garmendia.

El divorcio, además, puede significar para él el inicio de una serie de planteamientos sobre lo que es la relación de pareja y el matrimonio.

“Si en el matrimonio los padres se enfocaron a tratar de resolver los conflictos en la intimidad y de aparentar que la relación era buena puede representar un fuerte impacto para el hijo, porque idealizó la relación. Esa ruptura va a causar una gran desilusión y sentimientos encontrados. Se sienten engañados”, asegura.

Ahora si la relación se caracterizó por conflictos, en ese momento el divorcio podrá representar la esperanza que el matrimonio no es una cárcel de la que no es posible escapar.

Cuando los hijos ya formaron su propia familia se establecen una serie de hábitos respecto al funcionamiento familiar, por ejemplo: cómo se celebran las navidades. Ante el divorcio, éstos hijos enfrentan la disyuntiva de con quién pasarán esta celebración, por ejemplo.

La dinámica de su propia familia se verá muy afectada porque en lugar de estar pendiente de solucionar los problemas de su familia, ahora tratará de solucionar el problema de los padres.

Los hijos deben tener claro que cuando los padres se divorcian es normal que experimenten una gran cantidad de sentimientos diferentes, como enojo, miedo y tristeza.

Hablar con alguien sobre cómo se sienten puede resultar útil. En ocasiones, el solo hecho de hacerlo representa un gran alivio. Garmendia recomienda tanto a los papás como a los hijos pedir apoyo y orientación profesional para transitar este proceso.

“El divorcio en cualquier circunstancia y a cualquier edad de los hijos es un proceso difícil porque trae como consecuencia pérdidas simultáneas e implica una reorganización de la dinámica familiar que afecta de una y otra manera a todos los miembros de la familia”.

Gabriela Garmendia, psicoterapeuta