Disparates sobre la pelona

Me he impuesto una tarea que no acabo de cumplir: vivir como si acabáramos de sobrevivir a una muerte segura
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TEMA COLUMN

Como hoy amanecí “aceptablemente póstumo” me dio por reflexionar sobre la muerte aprovechando la coyuntura novembrina que empieza a tocar la retirada. Es un truco para que el que baraja y da las cartas, me prolongue la estadía en este acabadero de ropa que es el mundo. No le tengo bronca a la vida. Es más, estoy amañado.

Mi contacto inicial con la eterna parca se remonta a mis primeras películas de vaqueros. Me asombraba que el muchacho (actor principal) que había muerto en una película, apareciera vivo en otra. A la par que me impresionaba el acontecimiento, esa insólita forma de inmortalidad me quedó gustando. Tanto que quería que a mi la muerte me la dieran en vida. Y parte en plata, para gastar en golosinas.

Con la pelona está relacionado mi gran primer pensamiento filosófico (¿¡): ¿Después de muerto quién vive?, preguntábamos los “anticristos de la calle”, como les dicen en Brasil a los muchachos. Y seguíamos viviendo. O sea, jugando.

El primer entierro al que asistí fue al de mi abuela Amalita. Siempre vestía de negro. No permitía que le tomaran fotos alegando que algo se iba de ella en los retratos. Nos llevábamos de maravilla. Cuando nací ordenó que me bañaran todos los días en leche de la vaca “Mariposa” para que creciera sano. He sido tan aliviado que me late que tendré que morir aliviado.

En principio había dado instrucciones a mis herederos: nada de horno crematario. Soy de tierra fría, Montebello, un pueblo de 8 mil habitantes, y sería una traición con mi terruño. Como envejecer es rectificar, ahora, por razones de pragmatismo creo que es mejor volver ceniza estas carnitas.

Aunque me sigue pareciendo poético el ataúd, máxime si es de madera buena calidad, con incrustaciones de algo, una pinturita aquí, otra allá. En el ataúd está uno en la única posición aceptable para vivir plenamente la eternidad: decúbito dorsal.

¿Ceder órganos? Lo pensé, pero mejor no encartar a nadie con esta derruida armadura. Ahora, si alguien me convence de que a los 67 años hay alguna pieza aprovechable, con gusto me echo p’atrás. Ahora, si la buena salud es endosable, interesados favor pasar hojas de vida.

Citemos el mantra de Santa Teresa para aplazar la cita con ese viaje con tiquete de ida nada más: “Ven, muerte, tan escondida, que no te sienta venir…”. Sabía la santa que lo malo no es la muerte, sino la “morida”, o sea esos momentos anteriores a la partida.

Dicen que lo malo de la muerte es que es para toda la vida. ¿Pero qué tal estar eternamente vivos?

Si el sueño es una muerte hechiza, inventada, en cada despertar reencarnamos en nosotros mismos.

Me he impuesto una tarea que no acabo de cumplir: vivir como si acabáramos de sobrevivir a una muerte segura. Al fin y al cabo la muerte no es más que la cara oculta de la vida.