Medio siglo del “boom’

A nadie extrañó aquella literatura que narraba sucesos inverosímiles de personajes también inverosímiles

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Cultura

Este año se conmemoran 50 años del pistoletazo de salida del más importante movimiento literario continental, bautizado por el crítico argentino Luis Harss como el “Boom de la literatura latinoamericana” en el libro Los nuestros, instituyendo así un nuevo canon literario.

En 1962 se publican dos novelas fundacionales, La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, y La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes. En 1963, Rayuela, de Julio Cortázar y en 1967, Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

Estos cuatro escritores y países, Perú, México, Argentina y Colombia, son los pilares sobre los que descansará el “Boom”, que revolucionará a nivel mundial la literatura de ficción y cuyas repercusiones lanzarán a Latinoamérica, un continente hasta entonces tenido como un conjunto de repúblicas bananeras, hasta las primeras páginas culturales y literarias de todos los medios de comunicación del planeta.

Hay otros convidados de piedra en este festín literario, como el cubano Guillermo Cabrera Infante, que publica en 1968 su magistral obra Tres tristes tigres o el chileno José Donoso, quien lanza en 1970 su novela El obsceno pájaro de la noche.

La frase, acuñada por el cubano Alejo Carpentier tipificando a Latinoamérica como un continente de “lo real maravilloso”, fue la que inspiró el llamado “realismo mágico”, que se entronizó como “marca de la casa”, a partir de Cien años de soledad.

No todo sin embargo es producto del azar, pues antes de estos cuatro magníficos de la literatura continental, había ya una tradición cimentada por padres fundadores como el Premio Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias, autor de Hombres de maíz, el peruano José María Arguedas y su novela Los ríos profundos, el mexicano Juan Rulfo y su novela Pedro Páramo, el cubano Alejo Carpentier y su obra Los pasos perdidos, así como el uruguayo Juan Carlos Onneti, La vida breve, el argentino Jorge Luis Borges, Historia universal de la infamia, el peruano Ciro Alegría, El mundo es ancho y ajeno, el paraguayo Augusto Roa Bastos, Hijo de hombre o el argentino Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel (1940).

En esta misma década de los sesenta, sin embargo, hay dos grandes escritores que curiosamente no entran en el “boom”, debido a que ya están ocupadas las cuatro sillas de sus propietarios. Nos referimos al argentino Ernesto Sábato(1961) y su novela Sobre héroes y tumbas así como a la obra cumbre de la literatura latinoamericana del siglo XX, Paradiso, del cubano José Lezama Lima, publicada en 1966.

Paralelamente, el “boom” tuvo un soporte poético con gigantes de la poesía universal que continuaron la tradición de Rubén Darío como Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Octavio Paz, Nicanor Parra, Roque Dalton García, Jaime Sabines o Ernesto Cardenal.

Acompañado por una máquina publicitaria de gran calaje, y aupado por la agente literaria española Carmen Balcells así como por el editor catalán Carlos Barral, el “Boom” fue, excepcionalmente, un excelente negocio con excelente literatura, que rompió esquemas, puso la periferia latinoamericana en el centro de la metrópoli del español y arrasó todo el planeta con historias increíbles contadas como lo más natural del mundo.

Como transfondo político está una época de cambios en el mundo. A nivel latinoamericano, está la revolución cubana y la gesta del comandante Ernesto Che Guevara, así como la matanza de Tlatelolco en 1968 en México, D.F. Pero a nivel mundial también es una época de cambios, el mundo se rejuveneció con las revueltas estudiantiles de mayo del 68 en París y Alemania, con la Primavera de Praga aplastada por los tanques soviéticos, pero además con la lucha contestaría de la contracultura norteamericana que protestaba por la intervención estadounidense en Viet Nam, que clamaba por la liberación de la mujer a través de la píldora y el derecho al aborto y que exigía lo imposible, legalizar el LSD, la mariguana y las drogas sintéticas.

El “boom” de la literatura latinoamericana, vistas así las cosas, es hijo de su época y respondió a las exigencias históricas de un mundo en crisis que exigía un cambio de valores, de sociedad y de políticas.

Por ello, en todo el mundo, a nadie extrañó aquella literatura que narraba sucesos inverosímiles de personajes también inverosímiles, como un sueño pasado en agua donde lo real maravilloso tenía sentada sus reales. No en balde provenían del continente de los siete colores, territorio del realismo mágico, donde la ficción supera con creces la realidad, y los sueños son la mejor manera de interpretar esa realidad.