Protestas empañan inicio del gobierno
Jornada de actos vandálicos y violencia deja más de 95 detenidos
MÉXICO, D.F. Las mejillas del oficial Hernández de la Policía Federal, temblaron como gelatinas y sus ojos enrojecieron en un proceso gradual de dolor que los encogió hasta cerrarlos. Retrocedía encorvado, asfixiado, asustado e incrédulo, ¿por qué no llevó la máscara antigás?
Volteó la cabeza y vio que otros compañeros uniformados también retrocedían en un espectáculo de lágrimas, tos, botas y escudos plásticos. Unos a otros se echaban agua sobre la cabeza en una improvisada medida que los estremecía aún más.
Una lluvia de piedras llegaba del otro lado de la valla donde cientos de manifestantes iban con todo: cócteles molotov, palos y un camión de basura en llamas que estrellaron contra los contenedores metálicos que los separaban del recinto legislativo donde tomaría posesión el presidente Enrique Peña Nieto.
Hernández no pudo más, el gas pimienta hacía muy bien su trabajo: vómito y desorden. Un vehículo con aspersor de agua iba y venía, indeciso para abrir la válvula mientras las rocas se estrellaban aquí y allá contra el piso y algunas cabezas. “Nos sorprendieron”, dijo un federal.
Los petardos estallaban del otro lado como arma de los contrarios a la investidura del mandatario que regresa al Partido Revolucionario Institucional (PRI) al poder y que se tomaron la calle al tú por tú con los antimotines del Gobierno del Distrito Federal mientras los federales, sin equipo necesario, sólo observaban.
De lado de los granaderos, lanzaban gas pimienta y balas de goma; los civiles, prendían mechas de botellas cargadas de combustible y las arrojaban con furia.
En el barullo cayó herido Carlos Yahir Valdéz justo debajo del puente donde se encontraban los fotógrafos de prensa que activaron sus veloces lentes sobre el objetivo: un agujero en el cráneo del tamaño de una moneda por el cual se divisaba parte del cerebro que dejó el impacto de una bala de goma.
Paramédicos de la Cruz Roja lo llevaron al hospital junto con otro herido de gravedad, aunque había otros sangrando de brazos, piernas o cabeza, ya policías, ya rebeldes.
“Los granaderos nos provocaron”, resumió Roberto Luna, un joven estudiante de la Universidad del Valle de México. Sus ojos negros brillaban de rabia al describir las razones de su participación como lanzacohetes.
“Ellos bajaban sus escudos al piso y los golpeaban en señal de burla, de buscapleitos, toreándonos”.
Las autoridades opinaron lo contrario.El jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard deslizó comentarios en los que dejó en duda la participación de infiltrados o radicales en las manifestaciones “pacíficas” convocadas por estudiantes de Yosoy132 y simpatizantes de izquierda hubieran sido infiltradas.
“Vamos a ver quién los mandó y con qué propósito”, dijo poco después de que el ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador se deslindara de los diversos zafarranchos que salpicaron el día y que dejaron como saldo ocho heridos de hospital (cuatro policías y cuatro protestantes) y 65 detenidos, según cifras oficiales.
“Esto no tiene que ver con la protesta política aceptable, condenamos todos los actos de barbarie”.
Poco después de las 11:00 de la mañana, cuando el nuevo presidente se encaminó blindado por escoltas y camionetas al Palacio Nacional para dirigir su primer discurso, los rebeldes lo siguieron para seguir la gresca en el Zócalo.
Se contaban por cientos, pero sólo algunos iban encapuchados o con pañuelos en la boca; con garrotes, piedras y pintura en aerosol.
Así atacaron bancos, hoteles, restaurantes y comercios. Rompieron vidrios, rayaron paredes y pisos y destruyeron parte de la estructura del Hemiciclo a Juárez, ubicado frente a la Alameda Central, un monumento que recientemente había sido remodelado con una inversión de alrededor de 18 millones de dólares.
¡Fuera Peña!, ¡Muera el capital!, coreaban.
El avance de su marcha fue bloqueado tres cuadras antes de llegar al Palacio Nacional, otra vez por las filas de los antimotines en espera de la ofensiva que se fue matizando a los insultos verbales.
Ahí arremetieron antes de pasar a otra lucha, ahora con el ministerio público para liberar a los detenidos por actos vandálicos. El desorden público es castigado con prisión de hasta 30 años.


