El fin del mundo

Eso de acabarse el mundo un viernes no es serio. Las malas noticias se deben dar los lunes cuando la siquis tiene el chip de la pereza activado

Papeles

La primera noticia de la que tengo memoria la escuché a los tres años en una radio de pedal: “El mundo se va a acabar”. La radio, entonces, era al mismo tiempo radio, televisión e internet, un invento que no figuraba en la cabeza del más audaz Julio Verne enrazado en Bill Gates.

La noticia radial no aclaraba si el mundo se acababa en la mañana o en la tarde, o después de que pasara el último tren a ninguna parte. ¿Esperaría a que me salieran todos los dientes o se insinuara mi complejo de Edipo? Ahora que soy más listo (¿¡) que en mi niñez, sospecho que el último que saliera tenía la obligación de apagar la luz.

In illo témpore, no me preocupó la noticia del fin del mundo. No sabía qué era el mundo. La voz “fin” tampoco figuraba en mi disco duro. Ni se llamaba así el sitio donde archivamos las cosas útiles y las inútiles, que le quitan espacio a las que verdaderamente sirven.

(Antes de que se acabe el mundo de verdad-verdad, les tengo una idea a los inventores para que labren su propia inmortalidad: diseñen un mecanismo que insertado, o tomado en pastillas, en gotas que hace menos daño,, nos permita borrar la basura informativa inservible que nos acompaña a todas partes, como la cédula, el mal aliento, o la sombra, cuando calienta el sol).

Cuando escuché la noticia del fin del mundo, mi léxico cabía en una caja de fósforos. Tal vez por eso vivía feliz. Además, algo me ladraba en mis entretelas que la niñez es la única época en la que somos inmortales . Nadie piensa en la muerte. Después puede ocurrir cualquier cosa. Por tal motivo, muchos tenemos listo el seguro exequial.

Ese primer fin del mundo que viví ocurrió hace 64 octubres. Desde entonces se ha “acabado” muchas veces. Se ha acabado tanto, que cuando se acabe de verdad, le pasaría lo que al pastorcito mentiroso cuando se salió del libreto y empezó a disparar verdades: nadie le creyó. Entonces regresó a sus ficciones y se volvió poeta.

Pero eso de acabarse el mundo un viernes 21 no es serio. Las malas noticias se deben dar los lunes cuando la siquis tiene el chip de la pereza activado.

O en enero. Las peores alzas ocurren durante el primer mes del año. ¿Quién interrumpe una fiesta para tirarle piedras al establecimiento por subirlo todo, o trepar los impuestos?

En este 2012, le atribuyeron el punto final a los mayas que no tienen posibilidad ni interés alguno en rectificar. Hicieron su tarea. Ahora chupan gladiolos en sus plácidos cementerios.

La que nos ocupa, es una noticia recurrente como la pólvora en diciembre, la celulitis de las reinas en Miss Universo que ha vuelto a ganar una gringuita, el invierno en abril, lluvias mil, los corruptos todos los días.

Tengo razones para dudar de que el mundo no vaya más. Si se acabó el viernes que ya pasó, nos vemos en próxima encarnación. Si no, feliz año.