‘Django Unchained’ se alarga en exceso

'Django Unchained', el nuevo filme de Quentin Tarantino con Leonardo DiCaprio, Jamie Foxx, Christoph Waltz y Samuel L. Jackson, podría haber sido mucho mejor si alguien hubiera agarrado unas buenas tijeras y cortado 45 minutos de metraje

Jamie Foxx y Christoph Waltz, cazadores de recompensas en 'Django Unchained'.
Jamie Foxx y Christoph Waltz, cazadores de recompensas en 'Django Unchained'.
Foto: The Weinstein Co.

Django Unchained dura 165 minutos, lo que significa que se trata de la película más larga de Quentin Tarantino, quien siempre se ha caracterizado por metrajes de considerable duración, como Pulp Fiction (154 minutos), Kill Bill Vol. 2 (136 minutos, tras los 111 minutos de la primera entrega) e Inglourious Basterds (156 minutos).

No solo el filme se une a otros recientes que sobrepasan las dos horas y media, como Lincoln, Les Miserables o Zero Dark Thirty; también deja claro que, en ocasiones, cineastas de prestigio necesitan un toque de atención con respecto a sus intenciones y ambiciones.

Porque hay algo que resulta casi indiscutible: no hay razón por la que Django Unchained —que se estrena mañana y ha sido clasificada R— tenga que ser tan larga.

La historia nos presenta a un cazador de recompensas, el Dr. King Schultz (Christoph Waltz, que ganó el Oscar al Mejor Actor de Reparto por la antes citada Inglourious Basterds), quien libera a Django (Jamie Foxx), un esclavo que conoce el aspecto de tres hermanos a los que aquel pretende dar caza.

La efectividad de Django es tal, que Schultz lo contrata como su mano derecha. Este acepta, pero con una condición: que tarde o temprano se dirigan a la plantación de Calvin Candie (Leonardo DiCaprio) donde está cautiva su esposa, Broomhilda (Kerry Washington), para poder retornarle la libertad.

Hay mucho qué alabar en Django Unchained… desafortunadamente todo queda difuminado por un guión —como siempre en su carrera obra del mismo Tarantino— que carece, en su conjunto, de la garra de trabajos previos como Pulp Fiction o, de nuevo, su obra maestra, Inglourious Basterds, debido a una obsesión por no dejar ni un solo cabo desatado.

Así, las “set pieces” que integran la cinta en ocasiones se extienden durante minutos por razones inexistentes (como aquella que incluye un tema de la banda sonora de Under the Fire, del compositor Jerry Goldsmith, que no aporta nada al relato; o el epílogo en el que interviene brevemente Tarantino y que obliga a Django a terminar con su venganza).

Es una pena, porque algunas de esas (largas) secuencias incluyen momentos extraordinarios, como Candie diseccionando el cerebro de un mono y comparándolo con el de los esclavos afroamericanos (es de una dureza perturbadora); el inicio, con el Dr. Schultz topándose con Django y otros esclavos en medio de ninguna parte; o la misma presentación del personaje al que da vida DiCaprio, de forma sensacional, todo hay que decirlo, y donde también aparece brevemente Franco Nero, el actor italiano que encarnó a un Django muy distinto en el filme italiano con el nombre del pistolero que se estrenó en 1966.

Si DiCaprio sobresale en su terrorífica actuación como el villano del largometraje, no menos relevantes resultan las actuaciones de Waltz (a quien quizás se le empiezan a descubrir sus trucos como actor, aunque aún así siempre es un placer verlo en la pantalla), Foxx (siempre sutil) y un Samuel L. Jackson en el papel del mayordomo de Candie, más racista si cabe que este (el retrato del sur de Estados Unidos a finales del siglo XIX es desgarrador y el análisis sin miramientos de la esclavitud, así como el empleo de cierta palabra que define peyorativamente a los negros, logran su objetivo de incomodar a las audiencias).

Quentin Tarantino es un cineasta muy listo: acumulando al final una serie de violentos enfrentamientos entre los principles protagonistas, altera la percepción del público con respecto a lo que ha tenida que esperar hasta llegar a esos momentos hilarantes.

Si bien es cierto que una película fallida de Tarantino es mejor que muchas de buenas de una gran mayoría de directores, no es menos acertado considerar que, en esta ocasión —y quizás porque esta es la primera vez que su editora hasta ahora, Sally Menke, no lleva a cabo tan función porque, desgraciadamente, murió hace unos meses—, el autor de Reservoir Dogs no ha conseguido ir más allá de un homenaje al “spaghetti western” tan histriónico como irregular.