Regalos que caminan

A todos nos hacen regalos que no le daríamos algo parecido al peor amigo ni al mejor enemigo

Papeles

La palabreja la encontré en el horizontal de algún crucigrama. Se llama oniomanía y retrata a los compradores compulsivos que se dan silvestres estos días de Navidad, Año Nuevo y Reyes.

Los oniómanos practican la concupiscencia de dar y recibir. Sobre todo lo primero. Comprar, dar en el clavo, demorarse un semestre empacando, escribir la dedicatoria con demorada y pulida letra de monje, entregar el regalo, mirar la sonrisa de satisfacción del asombrado destinatario. Suficiente nirvana para ellos.

El diccionario de la Real Academia desconoce el vocablo oniomanía. Wikipedia llena sus vacíos. Debería darle vergüenza a los rostros de madera de la academia con el niño de cinco años que definió certeramente a esta fauna de despilfarradores.

Pontificó así el pequeñín cuando vio salir a su madre de compras: “Mi mami va a comprar cosas necesarias que no necesita”.

Va una primera recomendación: rechace con un rotundo “vade retro” esas llamadas en las que una voz varonil —o femenil— dice de pronto que gracias al excelente manejo de su tarjeta de crédito, comprando ahora usted podrá pagar dentro de varios meses.

Las tarjetas de crédito, lobos vestidos con piel de oveja, nos convierten en ricos sin plata. Nos meten en un disneylandia financiero al cual es difícil resistirse. Los banqueros trabajan con ese deseo irreprimible que todos llevamos por dentro de ser una copia, asi sea mala, de Bill Gates.

A todos nos hacen regalos que más parecen una venganza. No le regalaríamos algo parecido al peor amigo ni al mejor enemigo. Nunca los usamos. No los botamos al cesto de la basura porque Dios es muy grande.

Revise su escaparte, el cuarto de san Alejo, debajo del colchón, la intimidad del clóset, viole la caja de seguridad.

Allí puede tener verdaderas joyas: portarretratos para la foto del perro del vecino, brasieres regalados que les servirían a unos pechos más prepotentes, licuadoras que han rodado de un matrimonio al otro, cortapapeles, floreros, lapiceros con preservativo, mancornas, corbatas, cortaúñas con conexión a internet, libros que ni su propio autor se atrevería a leer.

Otros regalos han sobrado de algún viaje cuando decidimos comprar “esta maricaíta para fulano, otra maricaíta para mengano”… pero el destinatario nunca apareció. Con estos obsequios no sobra agregar frases imbéciles del corte “es apenas un detallito”, “no vale la pena pero…”, “faltaba más que te fuera a olvidar”.

Eso sí, se sugiere mentir, impresionar a la hora de empacar: un buen papel se encargará de darle estatus al obsequio. Sucede lo mismo con ciertos libros de los cuales lo mejor es el prólogo. O el punto final.

Espero no haber llegado tarde con la idea. Si así fue, guárdela en el cuarto de los olvidos o de sus recuerdos para sacarla el próximo diciembre: siempre habrá quién cumpla años, o se divorcie, o se gradúe de algo. De nada. Felicidades.