Muere activista centroamericana

Fue fundadora del movimiento de madres en busca de hijos desaparecidos
Muere activista centroamericana
Emeteria Martínez (der.) durante una de las caravanas a través de México busca de migrantes desaparecidos en ese país.
Foto: La Opinión - Gardenia Mendoza

MÉXICO, D.F.— Horas antes del primer infarto que la llevó al hospital en la provincia de Progreso, en su natal Honduras, Emeteria Martínez, de 74 años, volvió a su infancia en el atrio de la Basílica de Guadalupe, en esta capital, donde después de rezar por los inmigrantes centroamericanos desparecidos peleó codo a codo con otros niños por un botín de dulces.

El padrino de un bautizo lanzó las golosinas por los aires para cumplir la tradición después del sacramento y así Emeteria dio una pueril batalla entre risas, enaguas, manoteos y girones que relegaron su papel de activista y fundadora del movimiento de madres hondureñas en busca de sus hijos por México.

“La vida nos empuja a peleas en cada momento”, comentó sin imaginarse que enfrentaría la batalla final en los días siguientes. El 27 de noviembre de 2012 tuvo el primer infarto, luego una embolia y finalmente un sangrado interno antes de morir la madrugada de ayer (a las 4:15) en su país.

“Al final siempre te llevas algo”, dijo aquella mañana en La Villa después de ocupar sus manos con paletas, mazapanes y chocolates envueltos, aunque en su mente llevaba algo más: el resumen de 21 años de lucha por encontrar a su hija Ada Martínez, quien emigró en busca de empleo en Estados Unidos, pero el destino la varó en México, donde parió tres hijos.

Uno de ellos vio las fotos de la búsqueda de la desconocida abuela por internet y y finalmente el reencuentro se concretó en el municipio de Ecatepec, conurbano al Distrito Federal.

“No había un solo día en que mi madre no rezara y llorara por su hija”, recuerda Marcia, otra de sus muchachas en entrevista telefónica previa al funeral que será este miércoles.

“El Día de las Madres y la Navidad era una tortura para ella, aunque estuviera con sus otros ocho hijos: el dolor de la pérdida de uno solo era insoportable”.

Lidia Souza, responsable de la Pastoral de la Movilidad Humana en Honduras, que acompañó los primeros pasos de la Red de Comités de Familiares Migrantes del Progreso – integrada en 1999- la recuerda como un “líder llena de fuerza, esperanza y alegría” que a pesar de sus humildes orígenes logró dominar el arte de la comunicación.

Al final de sus días hablaba por igual a multitudes y gobernantes; por radio y televisión vestida con pulcras faldas y blusas de holanes que acompañaba con un inseparable sobrero negro de alas caídas tejido a mano.

“No puedo andar fea”- decía desde tiempo atrás- “en algún momento voy a encontrar a mi hija y qué va a pensar de mi si estoy desarreglada”.

Emeteria partía de un lucha “tan genuina que no podía ser cuestionada por alguno de los funcionarios a quienes exigía justicia”, afirma Marta Sánchez, del Movimiento Migrante Mesoamericano, organización civil que apoyo la Caravana de Madres Centroamericanas desde el 2006, junto con el sacerdote Luis Ángel Nieto.

Desde 2011, la búsqueda de más de un millar de inmigrantes que se extraviaron por este país cuando intentaban llegar a Estados Unidos, cuenta con el financiamiento de la organización Médico Internacional, que permitió llevar a la caravana desde Honduras a Guatemala; al sur de México por Chiapas, Tabasco, Oaxaca, Veracruz, el Distrito Federal hasta los estados del noreste, donde se han extraviado por centenares.

Lejos quedó el año 2000, cuando Emeteria y otras 200 madres viajaron con dinero de sus bolsillos desde Progreso a Tegucigalpa para entregar a la cancillería de su país las fotos y documentación de sus parientes extraviados que con el tiempo desapareció.

“Fue muy triste porque muchas de esos papeles y fotografías eran las únicas evidencias con los que contaban las madres”, recuerda Souza, de Movilidad Humana, para describir la falta de sensibilidad con la que arrancó la lucha que dio un vuelco por el tesón del amor.

Emetería sabía de ello en cada momento desde el primer minuto en que volvió a ver a Ada después de dos décadas. “Perdóname, mamá”, pedía la hija ausente mientras la otra replicaba. “No hay nada que perdonar, sólo agradecer”.

También lo supo minutos antes de partir, cuando estrechó la mano del activista Rubén Figueroa, uno de sus aliados y le dijo en el hospital: “Lleva todos mis agradecimientos a México”.