Una fiesta cívica

La tranquilidad con que se realizó la segunda toma de poder de Obama, es motivo de honra para todos.

Burbujas

Como otros millones de personas dediqué todo el día 20 a ver y oír en radio y televisión todo lo posible sobre la toma de posesión de Obama, para su segundo término como presidente de este país.

Tenía verdadera curiosidad no exenta de preocupación de que las calles de Washington se pudieran convertir en campo de enfrentamientos entre extremistas de ambos partidos y que aflorara la enorme división que existe en nuestro mundo político.

Afortunadamente nada pasó…

Por la importancia mundial de la imagen de la democracia americana se impone un comentario positivo sobre el acto de juramentación para el segundo periodo de gobierno de Obama.

El evento, siendo eminentemente un acto político se convirtió en una fiesta cívica.

En pocos países del mundo se puede llevar a cabo una renovación de poderes sin que existan protestas y interrupciones de los grupos perdedores. Aquí, pese a los cientos de miles que asistieron, a que el Partido Republicano casi empató la elección presidencial, y a que muchos de sus dignatarios no asistieron al evento, este se llevó a cabo en absoluta tranquilidad; lo que honra a todos.

¡Qué diferencia de actitud de los cientos de miles que estuvieron presentes, entre ellos de seguro Republicanos, y la lamentable muestra de nuestro eterno inconforme, Manuel López Obrador, en México!

La lección dada a todos es clara: En la democracia se gana o se pierde una elección, pero perdura la aceptación cívica de los resultados.

La caminata del presidente, y su esposa, entre el gentío que llenaba las graderías de Pensilvania Avenue que aplaudía y procuraba ver lo más cerca posible al presidente, debió haber sido una pesadilla para los encargados de su seguridad.

Pero nada desagradable sucedió.

Durante la ceremonia Sonia Sotomayor, mujer latina, jueza de la Suprema Corte de Justicia de la Nación le tomó el juramento al vicepresidente John Biden, seguido por John Roberts, presidente del Alto Tribunal, que juramentó a Obama.

Tuve la impresión que Roberts en su intervención fue muy cortés, pero seco y protocolario; y que, en su felicitación, expresó poco deseo de que Obama tuviera éxito.

Tras ello vino el discurso del reelecto presidente como un anticipo al que va a pronunciar en unos días en el Congreso para informar como está la nación.

Su discurso fue corto, como de unos 20 minutos, que aprovechó al máximo para mencionar algunas de las cosas que pretende hacer, “si lo hacemos juntos” insistió varias veces.

Sin profundizar ofreció acción en migración, en protección del clima y en la reglamentación de armas de fuego.

El presidente me dio la impresión de estar más asentado. Su agenda fue liberal, pero menos agresiva y sus muchos llamados a hacer las cosa juntos parecieron indicar que espera encontrar problemas cuando trate de implementar lo prometido. Es de esperar una seria oposición Republicana, pero ante la reacción aprobatoria de los miles de presentes —que pudieran reflejar el sentir del pueblo—, tienen que actuar con cuidado para conservar la mayoría en la Cámara de Representantes.

Esto, especialmente, en migración y la contaminación atmosférica con el consecuente alza del nivel de los mares, que los Republicanos no creen.

Los primeros efectos del cambio de clima están a la vista y urge despolitizar la discusión. Son problemas de científicos y no de políticos. Actualmente si un partido dice que sí, automáticamente el otro dice que no; convierten así una preocupación mundial en un “show” de politiquería local.

La migración es el más complicado de todos los problemas y aunque el presidente haya prometido acción en ese campo, insisto en lo que he dicho muchas veces: Migración no es un problema, son miles de problemas en uno que requieren soluciones diferentes.

Creo que en el campo migratorio va a haber algunos Republicanos interesados en encontrar soluciones, especialmente si en sus distritos hay muchos latinos, pero habrá que definir que puede hacerse, el cómo y el con qué.

De poder escoger yo empezaría por legalizar el llamado DREAM Act por justicia elemental. Esos jóvenes no violaron ninguna ley. Los trajeron de niños, aquí han vivido, estudiado y no conocen más patria que esta.

Seguiría con un grupo de inmigrantes que tuvieran muchos años aquí, que no han tenido problemas con la justicia, que tienen formada una familia, que tengan hijos nacidos aquí y que por ello son estadounidenses.

Esto legalizaría a una buena parte de los actuales indocumentados y evitaría el separar a hijos de sus padres en casos de deportación.

Estos inmigrantes, como se ha dicho en el campo político muchas veces, estarían sujetos a una multa por haber violado la ley de migración, algo que no mancharía su expediente.

Los demás, entre los que hay gentes muy respetables, estarían sujetos a la aprobación en cada caso y, como puede suponerse, el proceso se llevaría mucho tiempo.

Supongo, porque se ha dicho en repetidas ocasiones, que todo el programa estaría sujeto a que no lleguen más inmigrantes sin documentos, algo difícil de evitar.

Hacer todo eso no solo se lleva tiempo sino que está sujeto a la aprobación del Congreso, por lo tanto no depende solo de la voluntad del presidente.

Hay que tener claro que quienes están aquí violado la ley solo pueden “pedir” su regularización no “demandarla” con gritos y carteles que solo producen oposición a que se logre.

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