Las carga el diablo, pero las descarga el dinero

Cambiaron armas por efectivo en San Mateo

SAN MATEO.— El arma se llama Streetsweeper: barredora de calles. Vista de lejos, hace recordar escenas de Los intocables, de la Chicago de Al Capone. Y de cerca, las imágenes que evoca son aún más inquietantes, por próximas en el tiempo: los uniformes de combate negros de la policía antimotines, los cascos brillantes con viseras opacas, hombres anónimos disparando contra una multitud en Sudáfrica, en Israel, en América Latina. O los combates callejeros de las pandillas. Bang, bang, bang, un tiro, dos, tres, múltiples perdigones que se incrustan en varias víctimas… de un solo disparo.

Un Streetsweeper “casero” estaba entre las 680 armas que los empleados y oficiales del alguacil del condado de San Mateo compraron al público el sábado 26 de enero pasado. No es una ametralladora, ni un arma de asalto, ni un rifle deportivo. Está calificado como dispositivo de destrucción por el gobierno nacional. Nunca se sabrá (al menos oficialmente) quién lo trajo al Centro de exposiciones del condado, donde se hizo el evento, porque la condición principal era que usted entregaba su ‘fierro’ por poderoso que fuera, recibía su dinero (100 o 200 dólares según el tipo de arma) y se volvía contento a casa. No questions asked: sin preguntas, sin documento de identidad, sin que siquiera lo mirase un policía a la cara. Todo, al estilo estadounidense: drive thru, una línea de carros que en un momento de la mañana llegaba según testigos a la salida de la carretera 92, un par o más millas hasta el lugar del evento.

La compra de armas fue organizada por la congresista demócrata del área Jackie Speier. Al igual que su colega de Arizona Gabby Giffords, pero mucho antes, Speier supo lo que es ser baleada. Sucedió en Guyana en 1978, a manos de los sicarios del reverendo Jim Jones, aquél del suicidio colectivo con Kool-Aid envenenado. Cuando se subía al avión que iba a rescatarla del infierno (era parte de una comisión investigativa del gobierno norteamericano) Speier recibió cinco balas en su cuerpo y tuvo que esperar 22 horas a que la rescataran.

Para entregar las armas era necesario cargarlas en el baúl del carro o en la caja de la camioneta, manejar hasta el lugar, hacer la larga cola en un estacionamiento, y al llegar adonde estaban los policías, abrir la cajuela y esperar. Tres oficiales del alguacil se encargaban de chequear escopetas, pistolas, o los tristemente célebres rifles de asalto (que los hubo también), de llevarlos hasta una mesa de inspección y control cercana, y de regresar al coche del ciudadano con el dinero prometido.

Entre las 10 y media y las 12, un recorrido por la línea de carros permitía comprobar que la mayoría de los presentes eran anglosajones. Además de los blancos, había muchos orientales y muy pocos latinos.

El oficial Walter Rosales nos decía que “no esperaban” la cantidad de gente que ese día se acercó a entregar armas. Y que le daba “mucha alegría” el hecho de recoger —más allá de las escopetas de caza, rifles deportivos, revólveres, municiones, etcétera— una cantidad importante de armas de asalto “porque ésas son las que queremos retirar de las calles”.

Un señor mexicano de mediana edad que no quiso ser identificado comentó a El Mensajero que había comprado una pistola “para defenderse del Night Stalker, ¿se acuerda?”, preguntó. Se refería a Richard Ramírez, un asesino serial convicto apresado en 1985, acusado de 13 homicidios, once violaciones y catorce robos. Pasados esos días de miedo en mitad de los ochenta, el arma quedó olvidada, hasta que encontró su destino final en el mediodía del sábado 26.

Otro méxicoamericano de unos cuarenta y cinco o más años, comentó que las armas que iba a dejar “pertenecieron a mi papá, fallecido hace poco. Estaban en un clóset, pero decidí entregarlas porque tengo niños en la casa, y no quiero que estén expuestos a un posible accidente”.

Según el sheriff del condado de San Mateo Greg Munks, otro de los patrocinadores del evento, las 338 pistolas de mano, 371 armas largas, 24 rifles de asalto, un cargador de 100 balas, varios cargadores de 30 disparos, una escopeta recortada y el Streetsweeper, todos ellos serán destruidos.

Pero antes que pase eso, la policía del condado prometió chequear los números de serie de las armas de fuego para determinar si algunas son robadas, e “intentar retornarlas, si ese es el caso, a sus dueños”.

Los 63,500 dólares que se dieron a cambio de las armas fueron donados “por particulares y entidades comunitarias”, aseguró el departamento del sheriff.