Yo, el primer perro

La convivencia de Barney Bush con el expresidente no ha sido tan simple como se cree

Papeles

Murió hace poco Barney, el que fuera primer perro de Estados Unidos durante la presidencia de George W. Bush. En sus mejores días, el propio Barney se autoproclamó:

Ya que nadie me otorga el título de animal del año, me tocó autoadjudicármelo a mí, Barney Bush. No es gran cosa ser el primer perro de Estados Unidos, pero me figuró andar con ese karma.

Menciono algunas de las razones para reclamar tan sospechoso honor. A principios de año, cuando mi mascota, el presidente Bush, se atragantó comiendo pretzels y sufrió un desmayo mientras veía televisión, le salvé la vida avisándole a la CIA que mi jefe yacía en tierra cuan texanamente largo es. Si no aparezco yo, quizá no habríamos bombardeado a Irak. Nadie me tiene que decir lo que haré en caso de que la comida le vuelva a jugar una mala pasada.

Muy a mi pesar, volví al primer plano noticioso cuando “my little George”, como le dice doña Laura, su mujer, me utilizó miserablemente en vísperas del bombardeo al paraíso terrenal. En vivo por CNN se dedicó a jugar conmigo en los jardines de la Casa Blanca. Yo le seguí el juego persiguiendo el palito.

Mientras jugábamos, nuestros aviones de la libertad (¡¿) prendían motores para dejar caer todo su horror sobre Bagdad y otras ciudades, dizque porque nuestros intereses estaban amenazados.

Aunque el reglamento interno de White House me lo prohibe, juro que si hubiera sabido que Bush me estaba utilizando para despistar al enemigo, le dejó tirado su palito. Me dolió más lo que me hizo el presidente cuando supe por un científico distraído de Harvard que investigó el asunto, que el cínico Diógenes se refería a uno de mi raza cuando dijo que mientras más conocía a los hombres más quería a su perro.

No terminan ahí mis cuitas: la lealtad que tengo por cárcel porque me viene en los genes, me ha obligado a ser solidario con los “bushismos” o metidas de pata de mi superior. Qué tal lo que dijo un día: ” Sé que los seres humanos y los peces pueden coexistir pacíficamente”.

Por ósmosis, todos esos bushismos arruinan mi biografía. Lo mismo diría del enriquecimiento que ha registrado el diccionario a partir de la invasión. Menciono sólo uno: cuando los soldaditos nuestros mueren por equivocación de los computadores que disparan contra nosotros mismos en una especie de haraquiri cibernético, los generales hablan eufemísticamente de que lo ocurrido fue producto de “fuego amigo”….

En fin, este año me tocó entrar a la historia por la puerta de atrás. Ahora, si bien reclamo la condición de perro del año, quiero dejar constancia histórica de que todo fue a mis caninas espaldas. Menos mal que los amos terminan pareciéndose a sus perros. Y no al revés…