Diatriba contra babosos

Una de mis propuestas es llevar paraguas para ciertas citas con urracas humanas

Papeles

Llegó la hora de desenmascararlos. Todos los hemos padecido: son sujetos que cuando hablan van soltando un Niágara de babas que se van a estrellar contra el rostro del interlocutor.

El damnificado soporta la afrenta, pero discretamente se lleva la mano a la cara para limpiarse. El baboso ni cuenta se da. O se hace el loco y sigue disparando los incómodos proyectiles que a veces incluyen restos de la última cena.

Este borrador de manual para enfrentar dicha fauna, sugiere no ubicarse nunca en la trayectoria de esas balas perdidas que es la saliva del prójimo. También se aconseja sacar al que nos escupe del libro gordo de nuestros afectos.

Los que más escupen, por supuesto, son los más parlanchines. “Cotorras de Dios” los llamó en una homilía Darío Silva, pastor de la Iglesia Casa sobre la Roca, quien propone “racionamiento de la energía eléctrica”, o sea, reprimir la lengua, sobre todo las viperinas. O “triperinas”.

En su charla no perdonó la cita de Santiago 3.8: “Ningún hombre ha podido domar la lengua, es un mar turbulento”.

Domaríamos la sin hueso si tuviéramos en cuenta la función “social” de la saliva: ablandar los alimentos y facilitar su deglusión.

Cerraríamos más la lengua si tuviéramos en cuenta los elementos que se atropellan para formar la saliva: agua, sulfocionato de potasio, albúmina, tialina, globulina, leucocitos, restos epiteliales, carbonatos y fosfatos alcalinos, toxinas y, pásmese usted: mucina, que no sé en qué consiste, pero algo se debe traer entre manos.

Los salivosos profesionales viven amancebados con la palabra. Hablan y se responden. Se hacen visita ellos mismos como ciertas espléndidas conversadoras.

Esos especímenes escupen escribiendo o leyendo un tuit, amarrándose los cordones, viendo pasar entierros ajenos o resolviendo crucigramas.

¿Y qué tal los cochinos sin remedio que almacenan saliva en las comisuras de los labios a manera de banco de babas que van consignando en el rostro que tienen enfrente? Quienes de ñapa tienen halitosis o pecueca en el aliento, merecen que se les incaute el celular por un semestre.

Cuando el horóscopo anticipa que hay un salivoso en el inminente futuro, cargue su chaleco antibabas: el pañuelo. O colóquese a años luz del agresor para que las goticas sigan de largo.

Un amigo sugiere llevar máscaras de soldador o cascos de motociclistas, “para usar cuando se prevé un encuentro con alguno de estos gárrulos de esfínter oral incompetente”.

Me divierto espiando conversaciones ajenas, solo para medir el grado de salivación de quien habla. Y para observar el rostro perplejo del “catcher” o receptor de semejante aguacero.

Como toda columna debe incluir “mensaje”, propongo llevar paraguas para ciertas citas con urracas humanas. O cortarles el saludo y la mirada a los sujetos que hablan como con escopeta de regadera.

Ahora, si quien va a salivarnos es la bella colombiana Sofía Vergara o su par la espléndida neoyorkina Scarlett Johansson, musa de Woody Allen, me alquilo para atenderlas. (Sospecho que esta columna me quedó autobiográfica).