Malestar en Venezuela

En medio de los 'caserolazos' de la oposición, Maduro es proclamado
Malestar en Venezuela
Manifestantes sostienen un cartel del candidato de la oposición Henrique Capriles y confrontan a la policía.
Foto: AP

CARACAS, Venezuela.— El país ha quedado partido en dos y mirándose a cara de perro, con una tensión como no se sentía desde hace una década. Tras un día intenso, en medio de una crisis política de envergadura, la “arrechera” (enfado) del país opositor estalló en una monumental cacerolada, que se escuchó de extremo a extremo del territorio.

“Nosotros ganamos. Sin embargo el Consejo Nacional Electoral (CNE) anunció al país un resultado muy cerrado. Pedimos nuestro derecho a que cada voto sea contado”, había marcado Henrique Capriles ya en la mañana del día después.

El chavismo, asustado ante la exigencia del recuento del 100% de los votos, apretó las filas y movió ficha. A mitad de la tarde y de forma precipitada (48 horas antes que en octubre del año pasado), el CNE proclamó presidente a Nicolás Maduro. Una decisión institucional de alto contenido político, donde la presidenta del ente electoral dejó muy claro que no se va a repetir el conteo, pese al compromiso realizado por el propio Maduro en la noche electoral.

Un compromiso que incluso fue pactado por ambos candidatos al final de la noche electoral. En una conversación telefónica de 15 minutos, Maduro y Capriles llegaron a un acuerdo, hoy incumplido por el oficialismo, según adelantó el propio líder chavista y confirmó anoche el comando electoral opositor.

“Cumpliré con el legado de Chávez”, clamó el que fuera guardaespaldas del comandante golpista en un discurso de absoluta confrontación. Ante todas las autoridades del Estado y frente a sus compañeros políticos, Maduro acusó de “golpismo” a Capriles y adujo que la oposición “está ahorita con ganas de matar”.

Exhibiendo un crucifijo pegado a una estampa de Chávez, Maduro cargó contra los “líderes del odio”. “El odio es un delito y vamos a combatirlo”, adujo el heredero de Chávez.

En unas pocas semanas, Maduro ha acusado al “enemigo imperialista” de inocular un cáncer a Chávez, a la “oligarquía” venezolana de tramar una “guerra económica” contra el estado, a saboteadores de provocar apagones eléctricos, a grupos de mercenarios salvadoreños y paramilitares colombianos de preparar atentados y a exdirigentes estadounidenses de preparar magnicidios contra él mismo.

La orden de no realizar el conteo partió, una vez más, de Diosdado Cabello.

“No vamos a contar voto por voto, es un caprichito de la burguesía”, ordenó el presidente de la Asamblea y líder del ala militar del PSUV, marcando la hoja de ruta del oficialismo para los próximos días y desdiciendo al propio Maduro.

“Aquí no hay ninguna duda de quién ganó, Nicolás Maduro. Es una victoria clara, limpia y moral frente a la guerra sucia, económica, el sabotaje eléctrico, además de nuestro profundo dolor por la muerte de nuestro comandante”, añadió el canciller Elías Jaua.

El oficialismo buscó de inmediato legitimidad internacional, apoyándose en sus habituales aliados: Kirchner, Correa, Morales, Castro, Putin, Ortega, Lukashenko, Ahmadeniyad, Al-Assad…

Casi todo el país se frotaba ayer los ojos, tras comprobar cómo el gran favorito ganaba in extremis las elecciones presidenciales más competidas de la historia.

La mínima victoria del “apóstol del comandante perpetuo”, por sólo 1.77% de los voto,s pero sacudida por 3,000 denuncias por distintas “incidencias tramposerías e irregularidades” del oficialismo, ha sumido al país sudamericano en total incertidumbre cuando sólo han pasado 41 días desde la muerte de Hugo Chávez.

En sólo seis meses, Maduro dilapidó la confianza de 650,000 electores y perdió los 17 puntos de ventaja con los que partía tras la muerte de su líder. Todo se empezó a torcer con sus “visiones”: Chávez se le apareció en forma de “pajarito chiquitico” para anunciarle la gran victoria.

Al final, el ya famoso pajarito se equivocó. Maduro fue mezclando error tras error. Lanzó una maldición a todos lo que le adversan, equivocó ciudades y estados, se calzó ridículos sombreros con pajaritos pegados a su copa, inventó conspiraciones imposibles…

En el otro lado del cuadrilátero político, Henrique Capriles perdió la inocencia y endureció su discurso para denunciar los problemas económicos y sociales que asolan Venezuela. Primero recuperó a los opositores todavía noqueados por las dos derrotas de 2012 y luego convenció a casi 700,000 chavistas light hasta alcanzar 7,298,491 votos y el 48.98%. Un resultado histórico para la alianza democrática.

El discurso del líder opositor, tan firme y enérgico como a lo largo de una campaña que ya ha pasado a la historia política de América Latina, contrastó con el titubeante de Maduro, que parecía un boxeador al borde de la cuenta de diez.

Un resultado con el que Capriles no se conforma: “Esta lucha no ha terminado, yo no pacto con la ilegitimidad”, denunció el líder opositor tras conocerse los resultados.

Los reconocimientos internacionales no amedrentaron a Capriles, empeñado en que el gobierno no pase página. Incluso, el gobernador de Miranda contó con una ayuda inesperada, que se imaginaba imposible de estar vivo Hugo Chávez.

José Miguel Insulza, secretario general de la OEA, mostró “su respaldo a la iniciativa” para “realizar una auditoria y un recuento completo de la votación”. Estas palabras fueron duramente criticadas por el canciller bolivariano.

“Convoco a todo el pueblo de Venezuela a una gran movilización en Caracas. Me quiero juramentar frente al pueblo, frente a millones. Los invito a las mismas calles, a una gran movilización del amor, de la paz de la victoria popular. El 19 de abril estaremos cumpliendo 203 años del grito de la independencia”, adelantó Maduro.

Pero a esa hora, el único grito asemejaba una tormenta metálica, a cacerolazo limpio, en la gran mayoría de los barrios caraqueños. La noche acabó igual que fue el día: con las dos Venezuelas enfrentadas.